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lunes, 15 de marzo de 2021

PARAR, TEMPLAR Y MANDAR

 

Desde aquel célebre: “pues ya ve usted, degenerando, degenerando…”,  con que el Pasmo de Triana, Juan Belmonte, explicaba el ascenso a Gobernador Civil de Huelva del que había sido subalterno suyo Joaquín Miranda, hasta el: “hay gente pa to”, del torero cordobés Rafael el Gallo, cuando le presentaron a Ortega y Gasset como filósofo, el mundo de la tauromaquia con su jerga y gentes han enriquecido el idioma que hablamos seiscientos millones de personas, tanto estética como comprensiva y conceptualmente.

Si su peculiar terminología, entre lo mundano, filosófico y poético, y hasta  lo vivificador y ecologista: “campos enverdinaos”, se adapta por sentido común a lo que entiende el pueblo llano, aunque suene a vulgarote, al intelectual o ilustrado con mayor razón.  

Los equipos sólidos saben a lo que juegan desde el primer minuto y empiezan por parar el empuje inicial de sus rivales. Después, intentan templar la pujanza contraria para adaptar el ritmo, la cadencia y la velocidad del juego a lo que conviene a sus virtudes y cubre carencias, que nadie es perfecto, y finalmente, se imponen mandando sobre el césped. Y en el fútbol manda quien mejor administra los goles a favor y en contra.

En la liga, que es un torneo de regularidad, se corona quien mejor administra sus baches de forma y juego, que son inevitables salvo casos tan escasos como excepcionales en el tiempo. Solo los equipos de época los disimulaban alguna vez. Y en la presente, hasta ahora, “el más en tipo y menos acochinao” es el Atlético de Madrid. Solo le falta lo más caro: cuadrarse de frente bien perfilado y entrar a matar por derecho sin miedo, haciendo la cruz con los brazos, para meter la espada hasta los gavilanes y tocar pelo. O lo que es lo mismo, rematar la faena.

Tiene al Barça tan cerca que pudieran temblarle las piernas, como evidenció ante el Getafe. Solo tuvo oportunidades claras cuando los de Bordalás se acularon en el área por jugar con uno menos, pero los aciertos del portero y defensas contrarios, más indecisiones e imprecisiones y la fortuna en contra, le birlaron dos puntos cruciales. Veremos si los echa de menos en este último cuarto de liga.

Y ya sabemos lo que es el Madrid de siempre, esté bien, mal o regular —partido infumable contra un Elche solo voluntarioso con deslumbre postrero de Benzema—, que es como apunta también ahora: no te puedes fiar ni de su sombra y te hace sentir el vaho en el cogote aunque le saques seis puntos, que solo son dos partidos por aquello del golaveraje particular.

Afortunadamente para los colchoneros, el Atleti como institución alberga pocas dudas y eso tiene mucho que ver con la confianza plenipotenciaria que atesora Simeone. Y el argentino, perseverante en su humildad y pragmatismo, paradigmas personales, haría bien confiando a sus hombres más templados el arreón final de esta temporada. Las prisas, para chorizos y malos toreros.

A falta de sol y moscas, tanto en la calle como en corrales y patios de cuadrillas —ahora redes sociales y chiringuitos varios—, se especula sobre los sorteos de lotes que vienen. Pero poco nuevo bajo el sol. Acaparan el panorama el ya caduco deshoje margaritero de Messi, con la santa encomienda culé al carismático Laporta y el factor favorable de la querencia familiar por Barcelona y el clima mediterráneo; el enésimo chirrío de Cristiano, con amago de pasmoso retorno blanco incluido; los emergentes Mbappé y Haaland, tan manidos ya como las sempiternas figuras de turno de todos los tiempos; los futuros banquillos merengue y blaugrana, con Zidane de don Tancredo privilegiado y Koeman de sobresaliente por aquello de las meritorias alternativas dadas a jóvenes talentosos; el esperado retorno a las gradas o el dinero en juego que motiva innovaciones competitivas o inventos para no perder pastel ni comba.

El fútbol tiene en su realidad poliédrica los resortes básicos para que no deje de interesar y apasionar semana tras semana. Y a veces, hasta emociona. Basta una estética, un gol singularísimo, una jugada excepcional o una parada inverosímil en cualquier categoría para que se conozca inmediatamente en cualquier confín del mundo.

Parar y templar, pero en todo caso, hay que recordar que siempre mandan los goles. Y como le decía un apoderado a su torero sobre la importancia de matar bien, sin esa rúbrica no hay cheque que valga, como tampoco cortijo sin espada.

Que Dios reparta oportunidades, valor y suertes.

lunes, 8 de febrero de 2021

DESINFORMACIÓN SOBRE MESSI, PARIDAS ILUSTRES Y MARCELINO

 

Revelar información de interés general debe ser una máxima periodística irrenunciable. Como repercusión vendrán debates esclarecedores, escándalos, hipocresías, gozos y lamentaciones de unos y otros, según les vaya, pero hay que agradecérselo siempre al periodismo libre, aunque haya perjudicados.  

Informar de que Messi gana quinientos cincuenta y cinco millones brutos en cuatro años, en un sistema fiscal como el nuestro, implica deducir que la mitad se la lleva limpia el futbolista y la otra mitad el Estado, lo que debería alegrar a la ciudadanía. Tal vez quienes se escandalizan, al margen de envidias, reconcomes, impotencias y demás debilidades humanas, o incluso de falsarias ideologías igualitarias, deberían pensar en cuánto contribuyen o han contribuido en su vida al mantenimiento de nuestro estado del bienestar.

Eso, al margen de que como es viejo y archisabido, en cualquier espectáculo el dinero lo gana quien es capaz de hacer que entre por el agujero de la taquilla. Sería entendible el hipócrita escándalo generado en algunos si lo pagáramos con nuestros impuestos o discriminando caprichosamente a unos sobre otros, pero ese dinero sale de quien paga a gusto una entrada, un abono o una suscripción a cualquier canal televisivo para ver jugar al Messi de turno. O de quien paga millonadas porque les es rentable anunciarse en sus actividades, camisetas, estadios o lo contratan para que protagonice su publicidad. Es decir, querido lector, ni a usted ni a mí nos mete nadie la mano en el bolsillo para pagarle nada a los futbolistas de élite Ojalá que muchos de los que se escandalizan pudieran decir lo mismo para justificar sus sueldos o prebendas.  

Se escuchan al respecto opiniones fuera de lugar, alterándose porque un deportista pueda ganar ese dineral en comparación con un científico o cualquier profesional con carreras y años de estudio y dedicación benefactora a la sociedad, pero volvemos a lo mismo. Por explicarlo con sencillez, una plaza de toros se llena por ver a un torero actuar y nadie paga nada por ver al cirujano que puede salvarle la vida sentado en la barrera, por ilustre e importante que sea a todos los efectos. ¿Habrá diferencia entre uno y otro? Pues claro, toda la del mundo, pero cada cual ocupa su lugar en ese espectáculo y en su economía.

Y sin tener en cuenta, además, que la vida de un deportista es limitada en comparación con la de cualquier otro profesional, que también es importante para establecer comparaciones y oportunidades de ganar dinero, al margen de los riesgos específicos de cada dedicación. Una lesión en cualquier momento puede cortar de raíz el futuro y hasta el presente de alguien que expone su físico tan a diario. También va en el sueldo.

Cuestión distinta es si el contrato de Messi es rentable para un club como el Barça. Pero esto ya está contestado. Un tercio de sus actuales ingresos, el que más del mundo, son producto de contar con él. Es decir, en números redondos, el doble de lo que les cuesta cada año el argentino sin contemplar los aspectos meramente competitivos. Poco más que añadir.

La ruina culé tiene responsables con nombres y apellidos porque la pandemia tal vez sea lo más venial. Y otro absurdo es culpar a la prensa madrileña de la filtración, sin recordar que el mismo periódico fue quien sacó a la luz los problemas fiscales del madridista Cristiano Ronaldo, que también tuvo su importancia en la fuga posterior del portugués hacia una Italia más permisiva con los deportistas.   

En el mercado libre que vivimos, afortunadamente y que nos dure, quien gana más dinero legalmente sin vivir de los impuestos ni de subvenciones es quien es más capaz de generarlo con su trabajo o arriesgando en sus empresas.

Otra cosa son los engañabobos, trincones y corruptos, a quienes habría que encerrar largas temporadas, al menos hasta que devolvieran lo robado.

Y llegamos a Piqué. Un tipo inteligente que sale al quite de cuanto negativo afecta al Barça. El problema es que retuerce la demagogia barata contra supuestos intereses anticulés. Ni él mismo cree que el ochenta y cinco por ciento de los comentaristas o ex árbitros sean madridistas, como tampoco es cierta la queja de cierto madridismo militante —Pérez en su última Asamblea— sobre el supuesto antimadridismo actual en los medios ni el antiguo favoritismo hacia aquel Barça triunfal.

Menos mal que luego viene un tal Marcelino y vuelve a enraizarnos con el futbol. ¡Enhorabuena, campeón!

lunes, 1 de febrero de 2021

DE RENOVACIONES, DESALMES, RUINAS, FORTALEZAS Y REGALOS

 

La demagogia y el verbo fácil son recursos dialécticos ventajistas para ocultar intenciones o cubrir carencias argumentales. Otra cosa es mentir y una tercera sería hablar por boca de ganso.

En la renovación de Sergio Ramos se está utilizando con profusión todo lo anterior. Que si el club está por encima de sus futbolistas, por señeros que sean; evidente, siempre fue así desde Bernabéu y Di Stéfano y es una bandera institucional de cualquier club que se precie.  Que si el Madrid está mejor gobernado en lo económico que el Barça y no quiere caer en sus errores; tan claro como comparar balances y perspectivas a corto. O que si el ejemplo de la marcha de Cristiano es un precedente valioso; debería serlo, pero no para suponer que el Madrid hizo bien, que es muy discutible, sino para evitar la misma imprevisión y sumarle al descosido de los goles un roto en propia puerta. A veces, la concordia es más fácil de lo que parece si no median choques de soberbias, como fue aquel caso y puede serlo este.

Lo último ha sido la afectada afirmación seudodramática de Pedrerol sobre que el Real Madrid da por perdido al futbolista.  Solo le faltó un pajarito a lo Chaves y Maduro con gafas florentinianas posado en su hombro para escenificar la gansada. Porque este chiringuitero hace años que representa una destacada boca de ganso mediática para reproducir la voz del amo Pérez.

El presidente blanco, en un juego de estrategia negociadora, está lanzando sondas como aviso a navegantes. Pero no es el único. Ramos también lo ha hecho en el pasado e incluso recientemente. Como la filtración de una supuesta oferta del PSG con intenciones, según sus voceros mediáticos, de hacer un equipo campeón incorporando también a Messi.

Ni el Madrid da por perdido a Ramos ni este ha recibido ninguna oferta real desde París, aunque esté maniobrando para poder sentarse a negociar con Pérez guardando algún as en la manga.  Meras estrategias, tan lógicas como legítimas.

Por otra parte, el Madrid sigue arrastrando su desangelo sobre el césped. Es un equipo sin alma o con el pecho hueco. Un aburrimiento de espectáculo sobre una desidia colectiva. Y ese desalme tiene un responsable manifiesto. Zidane, aparte de devaluar el patrimonio deportivo del club aferrándose a su desgastada guardia pretoriana y aburriendo a los jóvenes hasta hacerlos mediocres —Vinicius es tal vez el mejor reflejo—, haría bien en abreviar el trasteo y entrar a matar cuanto antes con su dimisión en ristre; tanta mansedumbre cansa al respetable.  Si un Bernabéu abarrotado fuera el escenario, hace tiempo que hubiera dictado sentencia, aunque el francés ocupe para siempre un lugar merecido en la mejor historia blanca.

Por el Barça tampoco repican campanas a gloria. Al desastre global que dejó Bartomeu se suma ahora el navajeo entre candidatos y hasta las discrepancias con su Gestora. Tusquets es quien mejor conoce la realidad blaugrana y maniobra para evitar la quiebra. Por eso no debe extrañar la filtración del contrato de Messi. Como ningún aspirante se atreve a afrontar la realidad de tan inasumibles cifras en el contexto actual, les ha puesto frente a la contradicción entre la incontestable ruina y su bienqueda forofista. Messi será historia en junio y cuanto antes lo interioricen todos mejor. Ni él quiere quedarse chapoteando en penurias ni ellos pueden soslayarlas ni tienen argumentos palpables para convencerlo. ¡Adéu, nen!  

La fortaleza Simeone sigue inexpugnable. El Atlético es el clásico equipo que sabe a lo que juega con fe en sus posibilidades sin cambiar el guion aunque varíen los actores. Sale a ganar siempre con la misma seguridad, apuntando a los cien puntos.  

Decíamos hace meses, cuando pareció flojear, que si mediara un delantero eficaz de los que ha lucido en la luenga y fructífera etapa del argentino enlutado estaríamos ante un equipo campeón. Y con el tiempo lo ha encontrado en Suárez. Y es que, a pesar de su visible cojera, el uruguayo lleva catorce goles recién empezada la segunda vuelta. Una cifra importante para un goleador de raza. Y sin ninguna duda, de seguir así el generoso regalo del Barça, el Atlético ganará la Liga; otra cosa será la más exigente Champions.

Los obsequios de Bartomeu hacen felices al fútbol madrileño. El año pasado echando a Valverde, para gozo del Madrid, y Simeone debería encargar un camión de flores para enviárselo a tan excelsa lumbrera culé.

¡Cuánto disparate!    

lunes, 14 de diciembre de 2020

DE LAS ·AMOTOS" DE MESSI AL REAL ZIDANE

 


Cuando deseamos elaborar tesis al gusto propio o no queremos confesar intenciones inadecuadas, perversas o de mal encaje, somos dados a vender “amotos”, “veciletas” y burras viejas.

A Tusquets, gestor circunstancial del Barça, lo critican por decir que económicamente hubiera sido bueno vender a Messi. Una verdad catedralicia que solo ignoran quienes piensan que el fútbol es un espectáculo grandioso para disfrutar pagándolo otros. Justificamos aquel irredento de la tierra para quien la trabaja, pero no sabemos conjugar que el fútbol profesional debería ser para quien lo pague.

Y el futuro próximo tampoco es alentador. Aún no ha reconocido ningún aspirante a presidir el Barça esa verdad palmaria. Dicen que hablarán con él para convencerlo, forofismo y bien queda obliga, pero no miran al frente para decir que el Barça es antes que nadie y que el futuro aguarda con o sin Messi.

Tal vez sería suicida reconocer que su etapa blaugrana ya es historia, pero ante una época tan crucial para el devenir culé se necesitan personas con enjundia y coraje. Decir la verdad a sus aficionados sería valeroso, honesto e inteligente si se hacen las cosas bien. El fiasco del Madrid con Cristiano por no reemplazarlo con garantías debería ilustrarles.

El primer fracaso del elegido y la primera decepción de los barcelonistas será no lograr retener a Messi. No hay dinero ni los que vienen lo aportarán ni están en disposición de hacerle el equipo que exige para reverdecer laureles, aparte de que él mismo desconectó hace meses. Hasta la mala gestión de las próximas elecciones empuja. Cuando la nueva directiva aterrice, a finales de enero, la suerte estará echada.      

Y el Zidane Campeador, que decíamos hace meses, cabalga de nuevo. Ha bastado que la sombra de su abandono se proyectara sobre sus futbolistas de cabecera para renovar bríos y voluntades. Huir de posibles buitres ha sido mano de santo.

Hace días enfilaba el Madrid cuatro finales y las ha salvado con sobresaliente. En Sevilla empezó el martirio, con un partido mediocre, y contra el Atlético alcanzó la santidad con un partidazo para enmarcar. Gloria que se atisbó en Milán y cuajó en el Di Stéfano ante el Monchengladbach.  Espectáculo grandioso para deleite del madridismo y de los amantes del buen fútbol. Ese fútbol que solo atesoran los privilegiados de cualquier tiempo.

El pasillo de seguridad de Zidane, que diría Luis Aragonés: Courtois, Ramos, Casemiro y Benzema lució galas contra los de Simeone, magníficamente secundados por los artistas Kroos y Modric y los subalternos de lujo Carvajal, Lucas Vázquez, Varane y Mendy y un esforzado Vinicius, al que se le nota demasiado el ninguneo al que le tienen sometido los franceses de la escuadra blanca; no le pasan balones francos. Una pena, porque el brasileño se limita a recibir y entregar fácil en vez de insistir en su virtud: desborde y regate vertical a riesgo de perder balones; reivindicar a la desesperada el churro de Sevilla lo retrata.

No obstante, insisto en que ni el Atlético tiene la Liga en la mano, y no por perder el sábado, que entraba en una normalidad histórica y tampoco menoscaba su excelente momento, en cuya continuidad serán fundamentales la motivación e inteligencia emocional de Simeone; ni el Madrid ha ganado nada todavía. Es más, creo que a los blancos les aguarda una temporada difícil porque es improbable que los de Zidane puedan continuar el ritmo de los últimos partidos inmensos. Si así fuera, que ojalá, el fútbol habría recuperado la mejor versión de un Real Madrid que ya está en la historia.

Las “amotos” sobre los blancos vendrán de tesis oportunistas, como que Simeone se ofuscó —una simple circunstancia parcial—, buscando explicación a su última metamorfosis. Y la realidad es más sencilla. Sus figuras se motivan contra los grandes y la sombra carroñera sobre su líder es revulsivo potente; no ha sido uno, sino cuatro partidos seguidos. El problema es que luego tocan los equipos menores en la Liga y los verdaderamente grandes en Europa, aparte de que las piernas de las figuras blancas no dan para aguantar veinte o treinta partidos al nivel de la excelencia alcanzada; al técnico francés se le agotan los prodigios.

Así, el Barça y el Madrid están en las previas de unas renovaciones sangrantes. La era post Messi y la post Zidane. Tiempo para valientes.

El nuevo presidente culé y Florentino Pérez deberán encajar bolillos para que continúe el espectáculo.

El fútbol competitivo, como el agua, no pide escrituras cuando se desborda. Es el amo y el futuro ni se apiada ni espera a nadie.        

lunes, 7 de diciembre de 2020

LA DIFICULTAD DE LO SENCILLO

 

En un seminario de economía para periodistas, decía un eminente profesor que cuando no se entendía cualquier información económica era porque el primero que no la entiende es el firmante. Y esto es aplicable a todo.

Quienes realmente saben tienen más fácil explicar con sencillez.  Y luego están los majaderos que aparentan saber, aquellos otros carentes de generosidad para compartir conocimientos y quienes se dan importancia haciendo complicado entenderlos; vean todos esos anglicismos para definir cualquier cosa.

El fútbol no es una excepción. Johan Cruyff afirmaba que jugar al fútbol era sencillo, pero que jugar un fútbol sencillo era difícil. Y lo explicaba: si en un rondo juegas a un toque, muy bien, si lo haces con dos, bien, y si necesitas tres, mal asunto. Y Di Stéfano, también tan inteligente como futbolista excepcional, exhortaba a sus compañeros a bajar el balón al prado porque se juega con los pies y a ganar marcando goles en la portería del arquero que menos conocieran. Me gusta la escuela holandesa de fútbol por su apuesta juvenil. Además, saben explicar con sencillez sus conceptos; Cruyff era un ejemplo. Y me aburre la argentina por su retórica y disparates; pretenden hacer ciencia o guerra de un simple juego; don Alfredo era excepción.

En España, lo más parecido a los holandeses es la escuela bilbaína y ahora la donostiarra, aunque por diferentes motivos, pero hubo un tiempo en que los gurús sudamericanos que nos invadían hicieron escuela, para nuestra desgracia —también sucede en esa ristra infame de falsarios que adocenan con sus supuestas guías de auto ayuda—, y proliferaron los españolitos pretendiendo emular las gilipolleces de aquellos con teorías bíblicas sobre fútbol, tanto entrenadores como periodistas. Lo pretencioso de llamarle gol de estrategia a un buen remate en el segundo palo en un córner, como se ha hecho siempre sin tanto estudio, y a veces a uno de rebote en cualquier jugada a balón parado, son exponentes de lo que expongo. Cuestión diferente es ensayar jugadas de cierta complejidad.

Igual en las crónicas. Si un equipo gana, aunque sea por la mínima o con la suerte como aliada, cualquier decisión que haya tomado su entrenador será elevada en la mayoría de los casos a categoría de sapiencia futbolística y, por el contrario, si ha perdido, será sacrificado en el altar de la supuesta sabiduría de quien lo enjuicia; incapacidad manifiesta de quienes deberían analizar el bosque y no solo el árbol más cercano que les cobija.

Yendo a la actualidad, la base del Real de Zidane es un equipo con años de más y hartazgo por estómagos llenos. El propio técnico está sobrepasado por el fundamento de sus éxitos: eficiente gestión de egos y creación de buen ambiente, que es piedra angular para un tiempo. Pero cuando hay que renovarse o reinventar hace falta una imaginación de la que carece; él mismo no ha sabido sustraerse de sus rutinas. Resultado: reo de su gente, juego previsible, desprecio a futbolistas jóvenes que triunfan en otros clubes —solo pone y a regañadientes a los que fichó su jefe—, equipo fulero y aburrimiento.  Otra cosa es que gane de chiripa en Sevilla en un partido para olvidar o que pierda por mala suerte en cualquier sitio jugando mejor, como en Kiev.

El Barça zozobra en una doble crisis. El desastre institucional y Messi despidiéndose. Ahora faltan dirigentes que sepan afrontar el duelo y organicen el caos.

Y el Atlético sigue creciendo baja la batuta del incontestable Simeone, apercibido a tiempo de que la garra es solo un complemento de la calidad y capaz de reinventar futbolistas y reinventarse; ¡chapeau!

Decíamos que en el Madrid mandaba Florentino, en el Barça Messi y Simeone en el Atlético. Pues bien, el presidente dedica sus meninges al nuevo estadio y a la economía, donde mejor se mueve, mientras aguarda la digna dimisión de su talismán; sabe que el tiempo de Zidane agoniza. El faro del Barça ya no piensa en blaugrana. Y por el Wanda tuvieron la virtud de la paciencia hasta la reconversión del Cholo. La clasificación aclara dudas.

Otra moda hueca es sacar siempre el balón jugado desde el portero; el guardiolismo elevado también a ciencia estéril.

Donde hay que perfilarse bien es al matar, como en los toros. Toque preciso y veloz cerca del área contraria y fuera cuentos tikitakeros. Eso ya es viejo.

El gol es la única verdad, y la rapidez y verticalidad su credo.

martes, 1 de diciembre de 2020

DE BARRO Y ORO


 

Aconsejaba Ibarra a jóvenes que empezaban a su lado que no trataran de imitar a nadie. Y lo hacía, culto, didáctico y magistral él, personalizando una célebre sentencia de nuestro premio Nóbel de literatura y dramaturgo excepcional Jacinto Benavente: “bienaventurados sean mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”.

Seguramente, algo parecido subyacía como enseñanza hacia deportistas en el dolor que mostraba Maradona cuando preguntó a un entrevistador: ¿Sabés qué futbolista hubiera podido ser yo sin la coca?

La diferencia entre dos personajes tan inimitables como únicos en sus respectivas profesiones, y salvando todas las distancias, es que Juan Ignacio lo hacía desde su magisterio y Diego —así me lo refirió Schuster en una comida en Jerez, cuando le pregunté por el mejor con el que había jugado— desde la decepción más lamentable y el desencanto menos autocompasivo. Buen consejero uno y desgarrador otro, pero ambos aleccionadores.

Llevamos días escuchando comparaciones ventajosas entre Maradona y Messi, o con Pelé, Di Stéfano y Cruyff como máximos exponentes de la excelencia futbolística. Y echando mano del refranero, hay que concluir con el anónimo de que todas las comparaciones son odiosas.

Como ejemplo, ensalzan al apodado Pelusa sobre los demás por ganar dos ligas italianas con el modesto Nápoles, olvidando que cuando Di Stéfano llegó al Madrid los merengues solo habían ganado dos Ligas, en 1931 y 1932, y veinte años después, la Saeta rubia les hizo ganar ocho en sus diez años de blanco, además de cinco copas de Europa consecutivas. O que tras ellos, el Nápoles apenas ha vuelto a brillar y el Real Madrid inauguró con don Alfredo una trayectoria culminada con el reconocimiento de mejor club del siglo XX.

También podríamos reflexionar sobre qué era el Ajax en Europa antes de sus tres máximos triunfos consecutivos con Cruyff, en los primeros setenta. O sobre las tres copas del mundo de Pelé; la primera en Suecia con diecisiete años. Y sobre los seis balones de oro de Messi, los cinco de Cristiano o los dos de Di Stéfano, con superbalón posterior, por el único que concedieron a Maradona y a título honorífico.

También se recuerdan los permisivos arbitrajes y los deficientes campos de su época, contraponiéndolos a los actuales. Pero sus anteriores tampoco jugaban en moquetas ni a cubierto ni recubiertos de acero. Ni competían setenta partidos por temporada y jugando cada tres días, como sufren los velocísimos atletas de ahora.  Cada tiempo, lo suyo.  

Los importantes suelen tener dos caras y hasta reversos tenebrosos. Maradona también, lo que no embarra su oro. Oro que inició con un Mundial juvenil y rubricó en el 86 con el absoluto en México: su culmen histórico con veintiséis años, para iniciar después la cuesta abajo hasta la ciénaga. Malas compañías, drogas, escándalos, desvaríos, sanciones…

En definitiva, el barro y oro que vistió durante su vida lo señalan como el personaje más relevante de su generación deportiva. Y no fue mejor ni peor que nadie. Listo como era —así lo definen sus compañeros, y hasta generoso en extremo, dentro de sus excentricidades, filias y fobias—, aprovechó su tirón mediático para enseñorearse entre un pueblo argentino deprimido tras el desatino de las Malvinas. Aquella guerra absurda de unos subsistentes ciudadanos, comandados por militares enloquecidos, contra la soberbia imperial de una Gran Bretaña al borde de la quiebra, también necesitada de algún éxito rimbombante para renovar ilusiones colectivas.

Por eso, más allá del fútbol, su gol humillante ante Inglaterra, con mano de pícaro incluida, llevó al éxtasis a esa extraordinaria nación que define el suicidio por precipitación como la caída de un argentino desde su ego. 

Y se aprovecharon de él más que él de nadie. A su carro se subió gente de la catadura de los Castro o los Chávez y Maduro, entre otros, para mitificar falsariamente en el Diego Armando Maradona que salió de la nada para brillar como pocos, la lucha de los pobres contra los poderosos.

Sin embargo, ni los parásitos de su figura y de su persona ni el barro podrán quitarnos nunca el goce que supuso Maradona para los amantes del fútbol. Su oro más valioso. 

Como diría el Maestro Ibarra, rememorando de alguna forma al Cid, ¡qué buen tipo si hubiese tenido buena compañía!

Por cierto, lean el espléndido libro recién presentado, La palabra, en homenaje a ese murciano irrepetible —y también de oro—, y descubrirán al Ibarra más íntimo, revelado por setenta amigos y conocidos. Pura delicia.    

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

CASTRADORES EN LA DICTADURA DE LA NORMALIDAD

 

Me gustan las novilladas y los partidos de juveniles porque el genio aflora. Sin embargo, cuando aprenden a torear o a jugar con profesionales, la mayoría se malvan.

Cuando se curtían en capeas y calles, en vez de pisar escuelas de toda ralea, escanciaban después las esencias atesoradas. Y los buenos, todavía ahora, visten de luces o portan camisetas importantes encaramados a su genio si tienen la suerte de maestros inteligentes y respetuosos con su personalidad. De lo contrario, si les enseñan los intríngulis del oficio profesionales del días y ollas y del prohibido inventar o molestar, se tornan en burócratas de lo mediocre en lugar de crecer. Y hay demasiados castradores del arte en la dictadura de la normalidad.

He coincidido con aficionados veteranos siguiendo a novilleros y toreros, y uno de ellos, en uno de esas sentencias de sabiduría popular, me dijo: “en cuando le han enseñado a torear ha dejado de gustarme”.

Recuerdo los primeros partidos de Vinicius y de Ansu Fati como estallidos ilusionantes. Eléctricos en sus regates, veloces, sin complejos ni miedo a perder balones, perseverantes en los encares y perfilados siempre hacia adelante. Desgraciadamente, conforme juegan partidos cogen poses y vicios conservadores, aunque todavía amagan genio; seguramente más veces de las que quisieran sus técnicos e incluso algunos de sus compañeros.  Guardo en mi retina muchos casos parecidos en sesenta años de fútbol.

Por eso, cuando disfruto de Messi o de Cristiano casi tanto como el primer día, doy gracias a Dios de que nadie les haya “enseñado” nada. A ellos, afortunadamente, ningún funcionario del balón ha conseguido castrarles. El argentino dribla con la misma perseverancia que cuando tenía diecisiete años y le importa poco perder uno o diez balones. Y el portugués ve portería por todos sitios, aunque a veces se desespere por no hacer gol pese a infinitos intentos. Si acaso, algún entrenador inteligente les ha cambiado de posición para explotar mejor sus condiciones o los ha ido centrando conforme pasan años. 

Hay técnicos que se trastornan con la pérdida de balones en ataque, pero les importa poco trastornar a sus genios o aburrir a los aficionados que deben soportar un estilo mal copiado de aquel gran Barça de Guardiola y de nuestra Selección desde Luis, queriendo controlar siempre el juego tocando y tocando, saliendo desde atrás, sin tener en cuenta si tienen o no futbolistas adecuados: Xavi, Iniesta, Senna, el mejor Busquets

Y también hay futbolistas veteranos o con más nombre que fuerzas que les trastornan los jóvenes recién llegados queriendo explotar sus condiciones de descaro y velocidad. Las palabras de Benzema a Mendy respecto a Vinicius son un claro ejemplo. El francés, buen jugador sin lugar a dudas, prefiere el pase corto y la pared futbitera al juego largo o la velocidad. En su especialidad es un genio también, pero nunca le han dado las piernas para llegar al remate tras una carrera de cuarenta o cincuenta metros. Por eso, aunque destila arte en su estilo, jamás ha sido un goleador regular de veinticinco o treinta goles por año. Y ya lleva alguna decena jugando con los mejores del mundo. Si a cualquier otro delantero centro de los que han pasado por el Madrid en esos años le hubieran dado las infinitas oportunidades de las que ha disfrutado por ser quien es, seguramente hubiera hecho más goles que el ojito derecho de Pérez. Solo en sus últimos dos años se ha convertido en esencial, con justicia, pero en sus primeros seis o siete tuvo a la afición blanca dividida por indolencia persistente.

Y llegamos a la sinuosa selección de Luis Enrique: ni está ni se le espera entre las mejores de Europa. No se trata del facilón recuerdo de los ausentes, pero tal vez con Thiago y su generación: Canales, Aspas, Koke, Parejo, Alcácer…, mezclados con jóvenes, podría mejorar. En todo caso, el fútbol español está en transición, pero no ayuda dejar a Traoré —imprescindible— en el banquillo o sacarlo por la izquierda cuando el carro zozobra, como ocurre con varios de sus compañeros que lo buscan solo a la desesperada.

Tampoco es camino empecinarse en sempiternos jugadores de club; siempre los hubo. Buenos en sus equipos, pero romos y faltos de genio para conquistar mundos. Y el sábado ante Suiza sacó demasiados: Olmo, Oyarzabal, Merino

Además, como sentenció un técnico de culo pelao, Paco Jémez, “¿si tengo un buen delantero, por qué voy a inventarme otro falso?” 

 

 

martes, 10 de noviembre de 2020

DOBLES PAREJAS PARA LA HISTORIA

 


Ojalá reiniciáramos la vida cada semana; renovaríamos ilusiones a menudo. O que nuestra memoria fuera corta; los buenos recuerdos nos moldearían de sonrisas. O que renaciéramos con cualquier chispazo de genio, acierto o suerte. Y que cualquier adversidad se midiera en horas; disfrutaríamos oportunidades continuas. O que una simple clasificación nos calibrara instantáneamente. Pero no es así. Esa es la cara de la vida aparente y del fútbol simplón. Nada importante se cuece en la vida ni en nuestro apasionante juego sin constancia y sacrificio. Son el combustible de su fuego. Y su cerilla, la suerte.

El Barça sigue de duelo, pero esta semana ha vestido a los blaugranas de fiesta. Han bastado una victoria pírrica en Europa y una goleada en la Liga para levantar expectativas. A Messi le han servido cuarenta y cinco minutos excelsos contra el Betis para volver a encabezar el podio del mundo. Y no importan el carnet de identidad, que arrastre al paso su tristeza circunstancial por el césped, que haya demorado un gol en jugada o que se le note en la mirada, como a los grandes toreros en su primera huida, que ande despidiéndose de los culés en cada partido.

Y claro que sigue siendo el número uno. Pero no porque el sábado sonriera o luciera destellos geniales, como el pase de gol a Griezmann sin tocar el balón. Messi es el mejor porque nunca ha dejado de serlo. Como tampoco se le ha olvidado al francés jugar al fútbol, aunque no tenga la fortuna de golear. Un ejemplo, si se fijan, en cada partido ejecuta ocho o diez desmarques en profundidad que no son capaces de ver sus compañeros o no arriesgan un pase. Lástima que ya no estén Xavi ni Iniesta; pregunten al propio Messi cuánto les debe. Es la otra figura de esta pareja condal y el único que podría hacerlo ahora, pero normalmente juegan de espaldas. Y, además, comparten vocación de juego y de protagonismo. Precisamente, cuando Messi no esté lucirá el Griezmann de la Real y del Atleti. Si lo aguantan y no viene ningún listo para echarlo, deberán buscarlo sus compañeros porque nadie tiene más gol en el Barça y pocos en el mundo.

Y la otra pareja del fútbol patrio anida en Madrid. Simeone barruntaba crespones negros hace semanas, pero como el carro parece que dejó las piedras y rueda sobre el majestuoso juego de Joao Félix, a quien como anticipamos hace tiempo solo le faltaba continuidad y confianza, vuelve a encender las luces rojiblancas y a sus ojos amanece una aspiración a todo. Pero la realidad no tiene raíces tan recientes. El cambio del Atlético, como cualquier obra importante, empezó a cimentarse hace años. Los que median desde que dejó de ser un club vendedor de figuras a conservador de calidad y comprador de talento, empezando por el propio Simeone —uno de los entrenadores mejor pagados del mundo— y terminando por la joven estrella portuguesa. Si a ello le unimos que ha convencido a Gil Marín, porque sus resultados lo avalan, de que con el antiguo fútbol de guerrillas y de vuelta a empezar proyectos distintos cada temporada no iban a terminar con el recurrente “pupas”, hallaremos las claves que explican su realidad: juego sedoso en ataque sin descuidar la irrenunciable reciedumbre atrás. Así lo han convertido en vistoso y le dotan de la vitola de campeón en ciernes. La reconversión del Llorente peleón en el medio campo a media punta virtuoso es, tal vez, lo que mejor define el nuevo paradigma colchonero.

La otra figura de esta pareja madrileña es Zidane, que sigue en su montaña rusa. Tener que crear diez ocasiones de gol para marcar uno es sinónimo de mediocridad. Que sus defensores deban levantar partidos lo demuestra. A veces, resulta que el gabacho es un resucitador o un resucitado; suertudo para muchos o inepto para algunos, pero es más sencillo. Aunque yerre, es el mejor entrenador del mundo para un Madrid en transición por ayuno de gol desde la marcha de Cristiano. A ningún otro le aguantarían lo que su figura protege, empezando por el propio emperador del todavía Bernabéu: el inmarcesible Florentino Pérez. También lo tiene ganado a pulso.

Lo aparente cambia pronto, como en la vida, pero lo auténtico es menos liviano. El Griezmann añorado no puede ser con Messi y los actuales Atlético y Real no serían sin Simeone ni Zidane.

Cruz y cara de dobles parejas para la historia.

martes, 3 de noviembre de 2020

MESSI COGERÁ UN OLIVO AZUL

 


Acaba la historia del argentino en el Barça. Como señala la canción de Rafa Serna, se le nota en la mirada. Y en el cansancio anímico, que arrastra al físico. En la rabia por impotencia. En el desconsuelo hasta cuando gana. Al felicitar a compañeros; las últimas lunas son tristes. Y hasta en el gesto taciturno cuando le sale algo bien; un cuentagotas.

El Barça es un equipo más en descomposición que en recomposición. Las crisis deportivas circunstanciales se arreglan con un par de resultados positivos, pero cuando los problemas derivan del final de una etapa devienen en estructurales. Máxime cuando se les une una crisis institucional, y la blaugrana es brutal de arriba abajo y a izquierda y derecha. El club culé es en conjunto un problema esférico; por donde lo mires chirría.

Si acaso, solo luce la esperanza en algunos futbolistas jóvenes como Ansu y Pedri que podrían ser figuras en torno a las que hacer un proyecto ilusionante. Pero eso necesita años, paciencia y el brazo ejecutor adecuado. Un técnico inteligente, con carisma y el respaldo importante e incondicional de un presidente para la historia. A Koeman no le faltan condiciones, pero ha llegado en el peor momento. Lo trajo quien pasará seguramente por el peor presidente histórico porque, además de los desmanes deportivos de los últimos años, ha dejado al club al borde de un concurso de acreedores que podría derivar en la quiebra del modelo basado en la propiedad de sus socios. Ni resultados ni dinero y ni siquiera prestigio, perdido en poco tiempo por el desagüe de las indignidades de Bartomeu.

Y todo eso lo sabe, lo vive y lo sufre Messi. Aparte, a su edad, es natural que mire por lo suyo porque el tiempo se acaba. Y eso no quiere decir que no sienta el club como algo propio, que lo ha demostrado suficientemente hasta donde cabe en un profesional. Si le unimos que su ambición deportiva no ha bajado su auto exigencia, tendremos la tormenta perfecta que le empuja a salir del equipo de su vida. La necesidad de ganar es el ansia que mueve su ánimo y, por lo tanto, su mente, su corazón, su talento y sus piernas. Y ese combustible vital ya no lo halla en el Barça. Ni lo espera, llegue quien llegue.

El entorno de Messi hace maletas. Le aguardan un contrato espectacular—retiro dorado incluido— con muchos millones por ausencia de traspaso, y el reto de demostrar y demostrarse que tiene cuerda para ser el mejor algunos años más. O, en todo caso, para defender su estatus ante quienes llegan desde abajo con pretensiones, aunque todavía no se vislumbre sucesor. Con él se eclipsa una generación de futbolistas para la que aún no hay relevo. Hablamos de goleadores que después de una docena de años todavía hoy siguen mandando; Cristiano, Lewandowski o Ibrahimovic, como ejemplos. Pero de su figura trasciende, además, un jugador sin igual de medio campo hacia adelante. Y no solo en su generación, sino en la historia del fútbol mundial. Los ha habido quizás mejores, o más completos, pero no con tantos años en primera fila acaparando los máximos galardones individuales: doce años seguidos entre los mejores del mundo, la mitad de ellos el primero.

Pero todo tiene su fin. Y el de Messi y el Barça llegará en junio de 2021. No obstante, los culés seguirán siendo un gran equipo y afrontarán su verdadera y necesaria revolución. Solo falta que señale claramente su destino. El lugar donde calme las ansias de gloria dirigido por quien puede volver a frotar sus talentos. El mismo que sacó lo mejor de él, reinventándolo al sacarlo de la banda, hasta hacerlo el mejor del mundo. Y hay mensajes subrepticios delatores. Son tantas las ganas de unos y otros y la ilusión generalizada que les traiciona el subconsciente. Por no hablar del dinero que generará y los triunfos que se auguran. 

Lo acordaron hace meses Mansour bin Zayed, el dueño del club, Ferrán Soriano, el director ejecutivo, Beguiristain, Manel Estiarte, tal vez el muñidor en la sombra, y Guardiola con el propio futbolista y su padre.  El olivo que cogerá el argentino es brumoso, pero apasionante. Lluvioso y frío, pero cálido de afectos blaugranas añorados. Finalmente, es un equipo huérfano de reconocimiento mundial y Messi puede ser su Mesías. Estén atentos a tales personajes.

El olivo que cogerá Messi está en Manchester y atiende por City.          

 

 

lunes, 19 de octubre de 2020

CA UNO ES CA UNO


Esa frase tan del pueblo atribuida al torero Rafael el Guerra explicita que no se le pueden pedir peras al olmo.

De Isco no esperen pases a la primera sin antes amagar hacia cualquier lado o medias vueltas con el culo como centro de su juego. De Marcelo, tampoco que sea tan buen defensa como atacante fue antaño, y últimamente ya ni eso; hace mucho que ni uno ni otro están para jugar en el Madrid. Y lo peor es que Zidane lo sabe mejor que nadie. Si a esas minusvalías le sumamos que el multiusos Nacho ya vivió sus mejores lunas de blanco y que Lucas Vázquez sigue en la plantilla por aquello de cubrir las exigencias europeas del cupo de canteranos para la Champions, tendremos el cuadro que explica parte de la debacle blanca contra el Cádiz; pero solo parte, porque en la segunda ídem el técnico cambio medio equipo y tampoco subió nivel.

La explicación también la resumió el mítico torero citado con aquello de “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. O lo que es lo mismo, andando no se juega. Ni velocidad ni garra ni desmarques ni juego con y sin balón ni ganas. Ese es el resumen del partido que hicieron el sábado los merengues contra los entusiastas y bien ordenados cadistas del tan modesto como extraordinario Álvaro Cervera. Que otro Álvaro, el ex madridista Negredo, con más mili que Cascorro y de vuelta de todo les diera a los blancos una lección de pundonor y saber estar de delantero a sus treinta largos, refleja la birria que protagonizaron los madridistas actuales. Solo Benzema, más solo que la una en sus meritorios esfuerzos, parecía tener el otro día vergüenza torera junto al lesionado y sempiterno Ramos mientras estuvo. Y eso también lo sabe porque lo sufre el entrenador gabacho.

¿Soluciones? Paciencia franciscana y que pase pronto este año a ver si para el siguiente llega la caballería en forma de dos o tres fichajes que galvanicen el panorama. Porque, a ver, ni Vinicius ni Asensio ni Rodrygo ni el propio Benzema ni ningún otro delantero actual garantizan veinte o treinta goles por temporada. Y ni Modric ni Kroos ni Valverde ni Casemiro, por buenos que sean o hayan sido hace años los primeros y sean también los segundos en tareas esforzadas, pueden manejar la brújula blanca con la exigencia que comporta aspirar a todo. Falta ver a Odegaard ocho o diez partidos seguidos de titular en el eje del juego blanco para calibrarlo.

El Barça tampoco tira cohetes, aunque tiene varios brillos que pueden iluminar el horizonte. Ansu Fati pudiera ser, el jovencísimo Pedri apunta maneras, Coutinho parece otro y Messi, aun desganado, aún le sobra categoría para arreglar descosidos en cualquier fogonazo. Sin embargo, Busquets ni entonado está cerca de su mejor versión, De Jong no termina de coger el mando y anda fallón, Griezmann no encaja, a Trincao le falta un buen partido, Aleñá y Pjanic están desaparecidos y a Riqui también le faltan ocho o diez partidos de titular y confianza para vislumbrar sus posibilidades. ¿Resultado? Pues que sin gol y escasas ocasiones, un Getafe sólido, legionario y bien aleccionado le baila tres puntos que podían haberle hecho engancharse a la cabeza tras el gatillazo del Madrid antes del duelo sabatino próximo, que pinta gris.  

El Atlético, aunque sume con los goles de Suárez, que tampoco baja el pistón, es una incógnita dados sus titubeos iniciales. El nuevo medio centro Torreira, mientras tuvo fuerzas, hizo un partido para la esperanza y la zaga colchonera continua en su línea de seguridad jueguen quienes jueguen. Sello Simeone, que tampoco descolore. Y el Sevilla euro campeón de Lopetegui dio la de arena ante el sorprendente Eurogranada, con un juego tan ramplón para sus intereses como la expulsión de Jordan y la derrota final; mal asunto para sus renovadas aspiraciones.

Con este preocupante panorama, la Champions que empieza puede ponernos en nuestro sitio.

Finalizamos con el petardazo de nuestra Selección ante la mediocre Ucrania. Luis Enrique, aunque quiera disimular la carencia de remate, debe reinventar la faceta goleadora de sus excelentes medios o probar a Traoré por el centro —en banda tapa a Navas— porque ni Rodrigo ni Gerard ni Olmo ni Oyarzabal ni otros son Villa o Raúl ni goleadores de garantías para su nivel de exigencia.

En el fútbol, como en los toros, sin espada no hay cortijo.

   

 

martes, 6 de octubre de 2020

LA PASIÓN MANDA

 

Se dirige con la cabeza, se ejecuta con las entrañas y juegan el tronco y las extremidades. Pero si no se le echa pasión, el fútbol y cualquier deporte, como todo en la vida, resulta anodino, reiterativo y cualquier cosa menos emocionante. Tanto si te llamas Ansu Fati y tienes menos de dieciocho como si te llaman leyenda por otros tantos años en activo y respondes por Jesús Navas.

Con las entrañas se nace, y en ellas también van de serie las capacidades de cada cual. Por eso dijimos que así como Vinicius vino equipado de la imaginación y el desborde, nunca tendrá el gol de Raúl, por ejemplo, que lo traía enredado en sus entretelas. Ni tampoco el del blaugrana Ansu. Como tampoco Benzema, magnífico futbolista, media punta vocacional y normalito goleador. Por eso pasó algunos apuros el Madrid contra el Levante. Así, aunque marcaron un par de goles excelentes en un buen partido de los merengues, si fueran matadores ambos delanteros los blancos hubieran cosechado una goleada de época.

Hablábamos de que la pasión marca diferencias en cualquier actividad vital. Como exponente, el arte en cualquiera de sus manifestaciones. La afición despierta inquietudes, las capacidades señalan caminos, la técnica otorga profesionalidad y la constancia y la suerte trayectorias, pero solo la pasión, que se manifiesta en detalles tan deslumbrantes como sugerentes, es capaz de emocionar al que la regala y al espectador. En el fútbol tampoco es diferente.

Messi, que todos sabemos que juega a remolque de sus circunstancias recientes en el Barça, tiene en su pasión por el juego al que dedica la vida el verdadero resorte de sus ansias. Y como no lo puede remediar, le brillan los ojos cuando marca, a la par que emociona a sus seguidores piensen lo que piensen de su amago de deserción de hace unas semanas.

Y eso es lo que distingue también a los aficionados irreductibles de cualquier club. Una vez aseguré que los forofos, por criticables que sean algunos hechos y actitudes que censuro, en los que la ausencia de autocrítica de parte no es lo menor, sin embargo, me producen ternura. Y es que, emociona la honestidad de lo auténtico.

El artista, y un gran futbolista lo es, emociona cuando desnuda sus propias pasiones y lo transmite generosamente en sus obras. Y ese don no entiende de edades ni circunstancias. La verdad sin matices se consume en el incandescente fuego de la eternidad. Eso nos ocurre cuando recordamos a los grandes: Pelé, Di Stéfano, Maradona, Cruyff, Eusebio, Ronaldo, Zidane, Beckenbauer, Puskas, Boby Charlton, Luisito Suárez, Gento, Xavi y compañía.

Esta liga se antoja competida porque la pandemia que nos asola ha cerrado el grifo de los grandes desembolsos a los poderosos. Y cuando rebuscan en el bolsillo de sus canteras y alargan la idea de sus veteranos tanto los grandes como los pequeños las diferencias se acortan. Un canterano bueno vierte su pasión en el césped lleve la camiseta que lleve, y esa cualidad, como la clase, no entiende tampoco de dinero en sus primeras lunas. Otra cosa será cuando despierte apetitos y se mezclen la ambición con la lógica y las miras de futuro. Así que disfrutemos de los chavales que ponen en liza unos y otros, así como de las penúltimas correrías de los mayores.

Finalmente, ilusiona que Luis Enrique piense lo mismo y no mire carnets de identidad ni currículos ni procedencias en sus listas. Reitero que algunos jugadores maduran antes y otros después, y es apasionante que compitan por defender nuestros colores en el intento que anhelamos de reverdecer laureles. Esos mismos seleccionados corroboran lo anterior; hay algunos futbolistas desconocidos para muchos aficionados porque no pertenecen a clubes señeros ni han estado en candelero en la última década, pero no por ello son menores en su juego; Campaña y Traoré, por ejemplo.

Hasta ahora la Selección está cumpliendo expectativas y enseguida la veremos de nuevo en liza. Me gusta la elección que ha hecho el asturiano mal encarado, que una cosa no quita la otra, así como su empeño en no perder las esencias que nos hicieron grandes hace un decenio añadiendo la verticalidad precisa al carecer de goleadores consumados en el panorama mundial.

Y hay un detalle que me esperanza: intentan añadir la garra que le imprimió Luis Aragonés, que de alguna forma caracterizó igualmente al propio Luis Enrique jugador. Eso se lleva en las entrañas y es el mejor argumento para emocionar.

Suerte y ánimo.

jueves, 2 de julio de 2020

DE BOQUERAS, INGENUOS, PROFESIONALES Y LLORONES



El Barça empató en Vigo y gracias; pudo ser peor si Nolito no fuera de mayor lo que apuntaba de joven en su filial: solo un proyecto de figura. De lo contrario, la hecatombe ya habría sobrevenido por can Barça; falló a segundos del final un gol cantado para el Celta que hubiera supuesto una derrota bochornosa para los de Setién, jugándose la Liga. Y también se dejó empatar en casa con un Atlético que le dio una lección de bloque y espíritu y hasta pudo ganarle también a última hora, en un partido de penaltitos infantiloides.   

No obstante, es más ajustado hablar del Barça de Bartomeu —ya conocen mi criterio de ir a la cabeza siempre—.  Hace meses, en pleno encierro por el virus, predije que los blaugranas empezaban a perder la Liga por la larga lengua y los despropósitos ficheriles virtuales del presidente blaugrana y el llanto equívoco del técnico cántabro, aduciendo que los cinco cambios le perjudicaban. El seguramente buen empresario de lo suyo, metido a gerifalte futbolero de ocasión, infiltró en el vestuario la carcoma de los fichajes y descartes virtuales; dadas sus penurias económicas solo puede usar el anticuado “cambio espejo por oro”. Y claro, ¿cómo puedes pedir encomio y entrega a la media plantilla puesta en el mercado?

El uruguayo Suárez lo dijo bien claro al despejar hacia los técnicos las causas del bajón culé fuera de casa. Lógicamente, un jugador no puede culpar a sus compañeros de falta de actitud, pero tampoco a quien le ficha, renueva y paga.  ¿Lo fácil?: a un modesto de los banquillos que está más fuera que dentro, aunque pueda decir que le quiten lo bailao volviendo al plácido susurro de vacas.  

Quique Setién, un exquisito y meritorio ex futbolista, pagará la enésima cuenta pendiente de una plantilla messianica. Un técnico aseado para equipos menores, pero inexperto en vestuarios con demasiados egos; los desplantes de las vacas sagradas en las pausas y lo de Griezmann es sintomático. Amén de sus postración ante Messi, que es quien manda.

Es decir, todo por y para el líder y prohibido pensar. Solo hay que verlos jugar: Messi toca, organiza, desmelena y gana, cuando le salen las cosas, y si no, siempre habrá un chiquillo a quien culpar.  Y el que no le devuelva la pelota, invente o mire hacia otro lado ya puede buscarse otro lugar al sol. Pero esa reiterada circunstancia no es nueva. A vuela pluma recuerdo el extenso Madrid de Di Stéfano o el Barça efímero de Cruyff, aparte del reciente Madrid goleador de Cristiano; tres monstruos que protagonizaron épocas doradas de sus clubes. 

Y del boqueras Bartomeu y el ingenuo Setien pasemos a profesionales de éxito y postín. A Simeone ya lo retratamos en exclusiva la semana pasada, por lo que me centraré en Zidane.

El técnico blanco, a quien ya hemos dedicado columnas en estos años, hace continua gala de fútbol sapiente y elegancia humana. Lo primero porque por mucho fútbol que sepa: juego, vestuario, banquillo y despachos, nunca pierde su categoría. En el imaginario colectivo, más allá del negacionismo de los recalcitrantes que pasan de sus éxitos, a algunos les parece fácil lo conseguido en sus pocos años de experiencia; y paso de enumerarlos por universalmente reconocidos, pero seguramente serán tan irrepetibles como los del legendario Gento. Y acentúo dos cualidades: nunca le han dolido prendas en reconocer méritos ajenos y ahora reconoce que fue mejor jugador que técnico, cosa en la que discrepo porque de figura de corto duró un rato —apenas cinco años— y de técnico ya lo ha alcanzado y podría superarse. Más que timidez o humildad, que también, yo lo llamaría señorío, elegancia e inteligencia. Las dos primeras cualidades están demostradas y la tercera llegará con el tiempo:  la eterna y boxística esperanza blanca. Un profesional grandioso al que recurrir siempre.

Y llegamos a los llorones. En Piqué podría coincidir también la de boqueras o bocazas.  El central culé, a quien rindo tributo de gran futbolista y defensor hasta sangrar de nuestra España selección, aunque sorprenda, le pierde su proverbial afán de protagonismo.

Portento físico, inteligente y emprendedor, añade una desmedida ambición si no pensáramos algunos que es una calculada estrategia para unir a su palmarés el brillante eslabón de presidente del Barça.

Es a lo que juega, pero debería tener en cuenta que llorar es una rémora humillante para sí mismo.

Cuando escucho a alguien del Barça o del Madrid quejarse de los árbitros recuerdo a los simplones que escupen al cielo.  


lunes, 9 de marzo de 2020

EL CORONABARÇA



Cuando los astros confluyen para romper a malo todo es melancolía. La pregunta sería quién desató la epidemia que asola a los culés. Ya no basta ser primeros alternos en liga ni estar bien en Europa. Ni siquiera tener al mejor del mundo como seguro de vida. No. Ahora es el momento de los nervios, silbidos y pañuelos; el desconcierto, en suma.

Es evidente que la planificación deportiva se fue por el desagüe del tonteo Neymar en verano. Y por esa misma maloliente cañería se fue también Valverde, víctima colateral de tanto desvarío, que tampoco hizo nada por enmendar la plana a los lumbreras diseñadores de la plantilla para este año. O eso pareció, al menos.

El Barça acabó la pasada Liga con chirríos en su estructura. Tampoco bastó ganar sobradamente la Liga tras la debacle de Liverpool. Y es que, cuando la soberbias se alinean en paralelo cualquier golondrina hace verano. Messi luce sus penúltimas lunas como el incontestable artista mundial del balón. Y en esos estados anímicos hasta la timidez más emblemática, que era su caso, se torna en desconfianza. Bien podría recordar el argentino aquello del incombustible Giulio Andreotti en la política italiana: “tengo conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales y luego están los compañeros de partido”.   Dentro del Barça anidan quienes deberían quitarle el sueño. Y él lo sabe. Unos, los más comprensibles, son y serán quienes lleguen de corto para discutirle el liderazgo en el césped, que eso ha pasado en todos los equipos de élite cuando las cosas se tuercen y al figurón de turno empiezan a pesarle más los años que las botas. Y otros maquinan en los despachos para evidenciar que por muy bueno que sea un futbolista no es el alma del club ni pesa más que su historia. Bartomeu ha llegado al final de su tiempo queriendo figurar por derecho propio en el parnaso de los grandes dirigentes culés. Y para tan ególatra fin no escatima hogueras ni taladros. Tanto le dio hacer un equipo de baloncesto tirando de deuda como aparentar que podía fichar a quien quisiera, de hecho lo hizo con Griezmann aun bajándose los pantalones, sin reparar en que tiene las finanzas blaugranas hechas unos zorros. ¿Objetivo? Ganar una Champions con protagonismo presidencial para indicarle a Messi que sus goles desde el despacho pesan tanto o más que los suyos. El problema es que en el altar de esa vanidad se sacrifica a cualquiera que pase por allí sin santiguarse ante el presidente. Lo mismo da un simple directivo que un vicepresidente o un futbolista sin cualificación que cualquiera de los capitanes del equipo. Piqué se percató hace tiempo y de ahí sus desencuentros con el gerifalte, otros fueron dimitiendo y Messi está cayendo ahora del burro. 

El problema del argentino es que ha vivido por y para el balón sin necesidad de mirar hacia el palco. Y ahora, cuando se remanga en cuestiones que por desacostumbradas le vienen grandes, empieza a vislumbrar el cachondeo de Bartomeu con el asunto Neymar; una sugerencia ilusa del futbolista queriendo potenciar la plantilla con su amigo brasileño sin calibrar más. Ese fichaje ni quería ni podía ni debía hacerlo el presidente. Por haberlo dejado en la estacada — con el consiguiente y ruinoso desacierto de Coutinho y Démbéle—, por falta de dinero y por el escarnio judicial en el que tiene sumido al club. Pero no hubo explicaciones oportunas, que hasta él hubiese entendido, sino un montaje para hacerle creer que deseaba atender su petición, avalada por su mejor socio: Suárez, quien en el pecado de su frágil rodilla lleva seguramente la penitencia de algún ensoberbecimiento.

Al hilo de esa opereta bufa se encadenan los sucesivos desastres cuasi goyescos que ahondan la crisis del club. Los vodeviles Pujol y Xavi, el de Valverde, el de no prever la falta de delanteros largando hasta a Carles Pérez, la empresa filtradora de rumores y maldades de quienes molesten a la soberbia majestad del presidente, el último plato Setién, la apatía de los jugadores, la descompostura del segundo Sarabia, los gestos de algún notable como Alba, los pitos precoces de la grada, los pañuelos y gritos de dimisión en la tribuna  y la sensación de que al Barça ya no le valdría un solo título, y  menos si es el doméstico.

Ese es el preocupante Barçavirus como herencia de Bartomeu para su sucesor, porque él ya no cuenta, con el anochecer de Messi en lontananza. Tierra quemada.    

martes, 28 de mayo de 2019

MESSI, SIMEONE Y FLORENTINO, Y DON MARCELINO



Ganar la Liga con Messi sabe a poco en Barcelona; la rutina del éxito aburre y ciega a los desmemoriados. El fracaso, más que de temporada es de soberbia desmedida porque los dobletes y tripletes forman parte inusual de su esencia reciente. Aunque se cuente con el mejor del mundo, tales multiéxitos nunca fueron normales. Antes, tres dobletes del Madrid de Di Stéfano, dos del Barça de Kubala y uno del Atletic de Clemente, aparte de otros tres en las catacumbas del fútbol español, y pare usted de contar. Es el momento de caer del burro y pensar que lo conseguido por Guardiola fue un hito tan difícil de igualar como repetir las gestas menores de Luis Enrique y del propio Valverde el año pasado. Un poco de humildad sería mano de santo.

Con efectos parecidos, los atléticos viven solo un estado insatisfecho de ambición por su reconocida capacidad de sufrimiento, con el agravante de que ha hecho mella en un vestuario del autor Simeone y paradójicamente ahora huyen del invento en busca de no se sabe bien qué. Años de ilusión reivindicando el lugar que le corresponde en el panorama nacional y europeo han aparejado un vacío en forma de escasez de títulos en el ánimo colchonero, que curiosamente se corresponde con su historia; por algo es el Pupas. Es probable que ni Godín ni Filipe ni el mismo Griezmann lleguen más lejos en ningún club, por mucho que el francés haya sido campeón del mundo con su selección. A estos les recomendaría agradecimiento de bien nacidos.

El Madrid de Florentino hoya la fosa abismal de un fracaso multiorgánico por desastres nacionales junto a sus recientísimos éxitos europeos. Pero han de pensar que las cuatro Champions en cinco años son títulos de autor, o autores, si sumamos a los reiterados goles de Cristiano el de Ramos al Atleti en Lisboa. Esos triunfos no fueron producto del buen juego colectivo ni de una planificación acertada de sus plantillas, bases de un campeonato de regularidad como la liga, aunque uno o dos jugadores tampoco basten.  A los merengues, realismo, inteligencia y sosiego.

Y llegamos al Valencia de Marcelino, que ya es don para la afición che, en una temporada donde pidieron su cabeza en la primera vuelta. Así es el fútbol. Y quizás lo viva pronto el nervudo asturiano en un equipo que para su gloria también es de autor. En estos equipos, como el Betis o el Sevilla, la importancia momentánea estelar de algunos jugadores quita y pone dones. El temporadón de Parejo y Rodrigo en el Valencia se contrapone con el también canterano madridista Jesé en el Betis, que si llega a enchufar la mitad de goles cantados que tuvo en sus últimos partidos, Setién sería igualmente don Quique en el Villamarín. Una lástima, porque el cántabro hace jugar más que bien a sus jugadores. En las Palmas y en Sevilla se recordará mucho tiempo el fútbol sedoso de sus equipos. Marcelino y Setién tienen visiones distintas del juego, ambas muy válidas, pero en clubes de segundo nivel dependen demasiado de la casuística de sus pocas cuasi estrellas. Parejo y Rodrigo representan el éxito de un técnico, como lo podían haber sido Canales y Lo Celso en un Betis donde  Jesé rubrica el fracaso de otro. Y como consecuencia, los dos primeros son ahora mismo de lo mejor del fútbol español, los interiores verdiblancos estarán poniendo velas a sus devociones por un nuevo técnico que los entienda y el canario vuelve al PSG peor que salió. Este deporte, como la vida de los entrenadores, es así de azaroso.

Por tanto, a los tenores longevos de los tres grandes: Messi, Florentino y Simeone, se une ahora un barítono que quizás sea tan efímero como histórico en el cuarto equipo español. Aquellos, desde el césped, el despacho y el banquillo son los emblemas del presente siglo de sus clubes, pero a orillas del Turia reina una añeja e irascible afición —su emblema— que devora desmedidamente entrenadores. Cooper, Benítez, Ranieri y Emery, por citar recientes, como antaño también Di Stéfano, deberían ser espejos para Don Marcelino, que puede pasar a villano en meses. Su recuerdo debería susurrarle aquello de “sic transit gloria mundi” que tan oportunamente le decía el esclavo al emperador de turno en la vieja Roma mientras le sujetaba el laurel por detrás en su victoriosa cuádriga.

La gloria es apenas un suspiro en clubes acomplejados de superioridad.               

lunes, 13 de mayo de 2019

LA IMPRESIBILIDAD ES SU GRANDEZA



De fútbol no entiende nadie porque nunca puede asegurarse nada. Si no, hacer quinielas sería como ir a la oficina. Y su grandeza nos ha chorreado a la mayoría en esta Champions. Y no solo por ser, como juego, imprevisible.

El gol es de las pocas certezas porque mide exactamente la diferencia entre equipos y es el fielato del triunfo y la derrota. Otra es que el coraje puede sustituir con éxito a la táctica, a la estrategia, a los nombres y hasta a la calidad misma. Y la velocidad, que es básica porque se trata de llegar al balón antes que el contrario.

El Liverpool de Klopp, sin sus figuras, barrió de Anfield al Barça de Messi tras un infructuoso baño de juego una semana antes en Barcelona. Y la remontada fue tan sorpresiva que el propio técnico alemán confesó que no se explicaba cómo lo habían hecho sus jugadores. Sin Salah ni Firminho, Origi, por ejemplo, quien apenas ha jugado esta temporada, se marcó un partidazo con dos goles añadidos. El cuarto de su equipo en un sorprendente saque de esquina, explica por qué el fútbol también es de pillos.

Punto y aparte para Messi. Hace dos semanas dijimos que esta Champions podía refrendar su gloria o sería el inicio del declive, como Cristiano había empezado el suyo. La pasada pronosticábamos su sexto balón de oro, y el fútbol ha puesto las cosas en su sitio tan imprevisible como grandiosamente. Además, reconozco otro error de apreciación. Ensalcé que el Ajax y el Barça representaban las dos escuelas de Cruyff, pero así como los holandeses sí lo representan, los culés no juegan a lo mismo desde que todo gira en torno al argentino sin el abrumador dominio del balón por bandera. Los de Valverde, aguardando solo la genialidad de su líder, fueron incapaces de controlar con posesión ni a las figuras ni a los entusiastas de Liverpool en dos partidos apasionantes. Pero Messi, aun con los lamentables pesares del ridículo mundial por dos escandalosas semifinales seguidas perdidas, sigue siendo un futbolista incomparable. En Barcelona fue el mejor de su desvaído equipo y en Liverpool el único que amenazó. Y llegamos a la suerte, otro imprevisible factor diferencial. El Barça, con su escaso impulso, también es cierto, pudo marcar fácilmente varios goles antes de ser goleado. Con uno de ellos, hablaríamos de otra cosa.

Como le ocurrió al Ajax. Los escasos centímetros que llevaron el remate de Ziyech al palo en lugar de a la red determinaron su derrota. La suerte que precisa todo campeón, esta vez estuvo del lado justo de la balanza. Los ingleses la merecieron en una segunda parte donde la aparición del imán Llorente y el retraso de Erikson al medio centro, aciertos indiscutibles de un meritísimo Pochettino sin Kane, también debería enseñarse en las escuelas de fútbol, aparte del tripletazo con la zurda del diestro Moura.  

La última lección es que el fútbol es un juego de plantilla y equipo. Los gloriosos finalistas jugaron con suplentes por tener indisponibles a sus titulares. A partir de ahora, cualquier técnico que justifique así una derrota quedará en mala evidencia. Klopp y Pochettino lo demostraron.

Así ha quedado Marcelino en Valencia, excusándose en otra media falacia, el dinero, para justificar su impotencia ante el Arsenal de Emery. Ayuda, pero no es suficiente. Les pasaron por encima aquí por calidad, pero sumándole velocidad, coraje y cabeza. El fútbol inglés nos ha destronado en Europa.

LA CALOR MURCIANA

Los calores anticipados nos han  hecho perder la cabeza. Así se explica el  plante contra los jugadores del Murcia por parte de su entorno consejero y peñista. Con todos mis respetos ante el murcianismo en acción, que lo merece, pregunto: ¿tienen la culpa de la nefasta gestión deportiva de directivos pasados o actuales, algunos de los cuales reconocieron el previsible desastre que se avecinaba —¡daba igual quedar décimos!— prescindiendo por caros de los que mejor estaban? ¿Se habían fichado  ellos o puestos los sueldos? ¿Es lo que merecen tras luchar bien hasta diciembre sin cobrar desde agosto, y ahora todavía mal jugando con nóminas atrasadas?  ¿Ustedes trabajarían entusiastamente sin cobrar?

Quienes no metan la pierna, censura, pero a quienes hacen lo que pueden en tan difíciles circunstancias, al menos, respeto.Acabemos la temporada dignamente, y después, cabeza. Y en todo. Que desgraciadamente, las bandas se caracterizan por ser un batiburrillo sin mando. ¿Quién maneja el timón en el Murcia? Empecemos por ahí.
 

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