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martes, 5 de octubre de 2021

LOS TRAMPOSOS

 

De Luis Enrique a Laporta, o lo que es lo mismo, de un provocador vocacional a un mentiroso de vodevil, empeñados en jugar al trile con quienes deberían ser sus parroquianos predilectos: los aficionados españoles y los culés. Por eso, y siguiéndoles su juego de feria barata, deberíamos llamarlos trileros o, sencillamente, tramposos.

En aquella inolvidable película de Pedro Lazaga, con tal nombre, en la que un espléndido Tony Leblanc junto a una prometedora Concha Velasco y el inigualable Antonio Ozores brillaron como pocos en nuestro panorama cinematográfico, se reflejaba la clásica picaresca patria, transportada a los tristes decenios de la posguerra. Sesenta años después, para escarnio de algunos, indiferencia de demasiados, cabreo de muchos y pasmo de casi todos, el seleccionador nacional y el presidente blaugrana nos enseñan su bolita junto a tres cubiletes y nos prometen el doble de la apuesta si acertamos dónde la esconden.

Quedan lejos aquellas primeras manifestaciones de Luis Enrique, asegurando que llamaría a los mejores jugadores sin fijarse en edades ni colores, con la premisa de que fueran titulares en sus equipos.  Ya en la pasada Eurocopa, se olvidó de tal condición e hizo jugar casi fijos a varios que eran suplentes habituales en sus clubes. Y ahora, se supera seleccionando a otros por ser de su agrado personal, cosa entendible, pero no necesita adornarse, e incluso por ser promesas de futuro. Sin extenderme, ni Eric García está entre los mejores centrales españoles ni Brais Méndez es el mejor del Celta ni Gavi ha hecho méritos suficientes en el rato que lleva jugando en Primera. Y de los que no están, Brahim, Aspas, Mir, Raúl de Tomás, Williams o Nacho, que no son figuras mundiales —tampoco los seleccionados—, les dan sopas con ondas a quienes ocupan puestos que les deberían pertenecer, atendiendo a los criterios de ser de los mejores en sus respectivas demarcaciones y gozar de la titularidad en sus equipos.

El colmo fue que, según él mismo, estuvo a punto de llamar a Ansu Fati, quien solo ha jugado unos minutos tras estar casi un año parado por una lesión complicada en la rodilla. Sería fácil decir que son cosas de Luis Enrique o que tiene querencia culé, aspecto muy humano por incompatible que sea la bufanda de cualquier club en su responsabilidad, pero el asunto se enturbia si tenemos en cuenta que Eric García y Gavi comparten representante: Ivan de la Peña, íntimo del seleccionador. Y no se trata de una opinión retorcida, sino de simple información. Saquen sus conclusiones.  

Aparte de lo anterior, ya destacamos el buen papel de nuestra selección en la pasada Eurocopa y se le desea siempre lo mejor, pero también es oportuno decirle a Luis Enrique que se meta sus cubiletes y la bolita donde le quepan. Una cosa es ser aficionados españoles, otra comprarle sus trampas y resulta absolutamente rechazable que nos tome por gilipollas.

Joan Laporta llegó al cargo asegurando que tenía un plan serio y que la continuidad de Messi era su piedra angular. Pues bien, pasado casi un año desde sus promesas, cabe compararlo ahora con aquel que tras equivocarse en una llamada de teléfono y repetir el número que había marcado, a requerimiento de su interlocutor, este le respondió;” oiga, no ha acertado usted ni uno”.

Ni Messi está ni contaba con un buen técnico ni tenía el dinero ni los avales necesarios —tuvo que improvisar y rogar sobre la marcha hasta última hora— ni ningún plan bajo el brazo. Todo, mentira. Eso, por no hablar del potreo que lleva con Koeman, seguramente hasta que encuentre un sustituto de nivel dispuesto a ir al Barça; de su reticencia a traer a Xavi — estaría dispuesto con ciertas condiciones lógicas—; ni del reciente esperpento de proclamar su apoyo al técnico actual, cuando el pasado jueves, tras lo de Lisboa, había proclamado a un grupo de notables que estaba muerto. El miedo a quedarse sin parapeto, si lo echa, también cuenta. Como su falta de criterio.

Aunque la triste realidad es que Laporta manda poco en el Barça. Es un títere, manejado con rienda corta y bocado jerezano por quienes, in extremis, hicieron posible económicamente su presidencia.

Uno por provocador, porque le gusta, y otro por embustero, por impotencia, han devenido en trileros.

Sin embargo, lo importante sería que a la Selección y al Barça les fuera bien.  Estos tramposos no actúan en ninguna película divertida. Juegan con los sentimientos y el ánimo de millones de aficionados.

martes, 31 de agosto de 2021

MÁSCARAS, DISFRACES Y ÉCHAME CARTAS

 

En esto de los fichajes y renovaciones futboleras, deberían recordar las siete y media del inigualable Pedro Muñoz Seca en su celebérrima Venganza de don Mendo.

…Y un juego vil/que no hay que jugarlo a ciegas/pues juegas cien veces, mil/y de las mil, ves febril/que o te pasas o no llegas/y el no llegar es dolor/pues indica que mal tasas/y del otro eres deudor/ Más, ¡ay, si te pasas!/ ¡Si te pasas, es peor!

Bartomeu tasó mal y se pasó fichando o renovando futbolistas. Que le pregunten a Laporta. Pérez, de otra forma, también se pasó con los galácticos en su primera época convirtiendo el vestuario en una jaula de egos. Le costó dimitir por ingobernables. Y ahora es el PSG de los jeques quien anda esa senda. Si creen que llenar la plantilla de figurones les asegura éxitos europeos es que no solo derrochan dinero, sino que de fútbol han aprendido poco en sus años de aspirantes. Solo deberían mirar al último Chelsea de Tuchel, a quien echaron de París, ¡vaya vista!, y dio enseguida una lección de fútbol coral en Champions, sin ilustres ni brillos en su plantilla, mientras ellos fracasaban hasta en Francia.

Cristiano llevaba demasiados años eclipsado para su infinito ego en Italia. Nadie le rondaba mientras Messi, Neymar, Haaland o Mbappé copaban portadas y acopiaban suspiros de clubes señeros. Y se ha largado para Manchester dándole igual ponerse el disfraz del City que la máscara del United, como también le hubiesen valido antes el blanco del Madrid o el azulón del PSG. El caso era disfrutar algunos días de gloria, solo horas al fin, y a rebufo del asunto Messi o del culebrón Mbappé.

Pérez está jugando bien su siete y media con los qataríes. Tiene un acuerdo con el moreno francés desde hace tiempo y, amparado por el ferviente deseo del jugador, ha pedido cartas con moderación; dos ofertas de compra consecutivas, cuando en enero lo tendría firmado con una modesta prima de fichaje al lado del disparate ofrecido. Y conociéndole, dudo que suba la puja. Ha dejado tan clara su apuesta por el internacional gabacho que nadie podría echarle en cara nada, y menos su contrincante árabe. Guardadas las apariencias ante el futbolista y su club, se ha cargado de razones para no moverse de ahí y contar con él de cualquier modo. Solo es cuestión de tiempo, y la templanza es un arma imbatible en cualquier negociación. De paso, ha dado su segunda lección tras la de Ramos. No se pasará en ningún caso y todos sabrán que sus ofertas caducan. Este hombre sí ha aprendido de algunos de sus notorios fracasos futboleros y sigue nadando y guardando ropa entre el fútbol y sus intereses empresariales. Como dice mi amigo Ginés Blesa, antes morir que perder la vida. 

Pero en esto del fútbol, se llevan tanto los disfraces y las máscaras como el dinero. Se besan escudos tan fácilmente como cambian de colores, querencias infantiles, clubes y devociones. Como dijo el gran Marx, Groucho; “…estos son mis principios, y si no, tengo otros”.

En lo positivo, Vinicius parece jugar con la máscara de Mbappé.  Tres partidos, tres goles, remates exitosos imposibles, regates inverosímiles, trabajo sin tasa y varias jugadas para el recuerdo. Si mantuviera esta temporada el tono exhibido, por fin habría cuajado el Madrid en estrella mundial a un futbolista joven; su cambio estratégico hace años.

El Barça sigue buscando el arca perdida. Con Memphis pueden haber rastreado bien tras los asomos del pasado curso con Pedri y De Jong. Otra vez el fútbol holandés y la juventud se dan la mano para lustrar a los blaugranas. Solo falta que la Masía aporte dos o tres canteranos con su pedigrí. Mingueza muestra maneras, igual que lo hacía Illaix, pero el maldito parné le ha traicionado. Tiene razón Koeman distinguiendo entre fútbol y dinero a esas edades. Pero el problema también tiene otro lado. Si no vivieran tan lamentables circunstancias, tal vez hubiesen ofrecido al moreno de la casa lo que regalan a los foráneos; otro clásico en el fútbol.

El Atleti continúa sin disfraces plantado en el partido a partido, el negro simeonesco, puntilla eficaz arriba y cuchillo entre los dientes para dejar su puerta a cero. ¡Nunca se traiciona este gaucho gachó!

Bailen, señores, vistan disfraces y máscaras, pero no pretendan engañar a nadie. Se les ve el plumero.

Y no pidan cartas de más, que pasarse tiene mal remedio.   

 

lunes, 15 de marzo de 2021

PARAR, TEMPLAR Y MANDAR

 

Desde aquel célebre: “pues ya ve usted, degenerando, degenerando…”,  con que el Pasmo de Triana, Juan Belmonte, explicaba el ascenso a Gobernador Civil de Huelva del que había sido subalterno suyo Joaquín Miranda, hasta el: “hay gente pa to”, del torero cordobés Rafael el Gallo, cuando le presentaron a Ortega y Gasset como filósofo, el mundo de la tauromaquia con su jerga y gentes han enriquecido el idioma que hablamos seiscientos millones de personas, tanto estética como comprensiva y conceptualmente.

Si su peculiar terminología, entre lo mundano, filosófico y poético, y hasta  lo vivificador y ecologista: “campos enverdinaos”, se adapta por sentido común a lo que entiende el pueblo llano, aunque suene a vulgarote, al intelectual o ilustrado con mayor razón.  

Los equipos sólidos saben a lo que juegan desde el primer minuto y empiezan por parar el empuje inicial de sus rivales. Después, intentan templar la pujanza contraria para adaptar el ritmo, la cadencia y la velocidad del juego a lo que conviene a sus virtudes y cubre carencias, que nadie es perfecto, y finalmente, se imponen mandando sobre el césped. Y en el fútbol manda quien mejor administra los goles a favor y en contra.

En la liga, que es un torneo de regularidad, se corona quien mejor administra sus baches de forma y juego, que son inevitables salvo casos tan escasos como excepcionales en el tiempo. Solo los equipos de época los disimulaban alguna vez. Y en la presente, hasta ahora, “el más en tipo y menos acochinao” es el Atlético de Madrid. Solo le falta lo más caro: cuadrarse de frente bien perfilado y entrar a matar por derecho sin miedo, haciendo la cruz con los brazos, para meter la espada hasta los gavilanes y tocar pelo. O lo que es lo mismo, rematar la faena.

Tiene al Barça tan cerca que pudieran temblarle las piernas, como evidenció ante el Getafe. Solo tuvo oportunidades claras cuando los de Bordalás se acularon en el área por jugar con uno menos, pero los aciertos del portero y defensas contrarios, más indecisiones e imprecisiones y la fortuna en contra, le birlaron dos puntos cruciales. Veremos si los echa de menos en este último cuarto de liga.

Y ya sabemos lo que es el Madrid de siempre, esté bien, mal o regular —partido infumable contra un Elche solo voluntarioso con deslumbre postrero de Benzema—, que es como apunta también ahora: no te puedes fiar ni de su sombra y te hace sentir el vaho en el cogote aunque le saques seis puntos, que solo son dos partidos por aquello del golaveraje particular.

Afortunadamente para los colchoneros, el Atleti como institución alberga pocas dudas y eso tiene mucho que ver con la confianza plenipotenciaria que atesora Simeone. Y el argentino, perseverante en su humildad y pragmatismo, paradigmas personales, haría bien confiando a sus hombres más templados el arreón final de esta temporada. Las prisas, para chorizos y malos toreros.

A falta de sol y moscas, tanto en la calle como en corrales y patios de cuadrillas —ahora redes sociales y chiringuitos varios—, se especula sobre los sorteos de lotes que vienen. Pero poco nuevo bajo el sol. Acaparan el panorama el ya caduco deshoje margaritero de Messi, con la santa encomienda culé al carismático Laporta y el factor favorable de la querencia familiar por Barcelona y el clima mediterráneo; el enésimo chirrío de Cristiano, con amago de pasmoso retorno blanco incluido; los emergentes Mbappé y Haaland, tan manidos ya como las sempiternas figuras de turno de todos los tiempos; los futuros banquillos merengue y blaugrana, con Zidane de don Tancredo privilegiado y Koeman de sobresaliente por aquello de las meritorias alternativas dadas a jóvenes talentosos; el esperado retorno a las gradas o el dinero en juego que motiva innovaciones competitivas o inventos para no perder pastel ni comba.

El fútbol tiene en su realidad poliédrica los resortes básicos para que no deje de interesar y apasionar semana tras semana. Y a veces, hasta emociona. Basta una estética, un gol singularísimo, una jugada excepcional o una parada inverosímil en cualquier categoría para que se conozca inmediatamente en cualquier confín del mundo.

Parar y templar, pero en todo caso, hay que recordar que siempre mandan los goles. Y como le decía un apoderado a su torero sobre la importancia de matar bien, sin esa rúbrica no hay cheque que valga, como tampoco cortijo sin espada.

Que Dios reparta oportunidades, valor y suertes.

martes, 3 de noviembre de 2020

MESSI COGERÁ UN OLIVO AZUL

 


Acaba la historia del argentino en el Barça. Como señala la canción de Rafa Serna, se le nota en la mirada. Y en el cansancio anímico, que arrastra al físico. En la rabia por impotencia. En el desconsuelo hasta cuando gana. Al felicitar a compañeros; las últimas lunas son tristes. Y hasta en el gesto taciturno cuando le sale algo bien; un cuentagotas.

El Barça es un equipo más en descomposición que en recomposición. Las crisis deportivas circunstanciales se arreglan con un par de resultados positivos, pero cuando los problemas derivan del final de una etapa devienen en estructurales. Máxime cuando se les une una crisis institucional, y la blaugrana es brutal de arriba abajo y a izquierda y derecha. El club culé es en conjunto un problema esférico; por donde lo mires chirría.

Si acaso, solo luce la esperanza en algunos futbolistas jóvenes como Ansu y Pedri que podrían ser figuras en torno a las que hacer un proyecto ilusionante. Pero eso necesita años, paciencia y el brazo ejecutor adecuado. Un técnico inteligente, con carisma y el respaldo importante e incondicional de un presidente para la historia. A Koeman no le faltan condiciones, pero ha llegado en el peor momento. Lo trajo quien pasará seguramente por el peor presidente histórico porque, además de los desmanes deportivos de los últimos años, ha dejado al club al borde de un concurso de acreedores que podría derivar en la quiebra del modelo basado en la propiedad de sus socios. Ni resultados ni dinero y ni siquiera prestigio, perdido en poco tiempo por el desagüe de las indignidades de Bartomeu.

Y todo eso lo sabe, lo vive y lo sufre Messi. Aparte, a su edad, es natural que mire por lo suyo porque el tiempo se acaba. Y eso no quiere decir que no sienta el club como algo propio, que lo ha demostrado suficientemente hasta donde cabe en un profesional. Si le unimos que su ambición deportiva no ha bajado su auto exigencia, tendremos la tormenta perfecta que le empuja a salir del equipo de su vida. La necesidad de ganar es el ansia que mueve su ánimo y, por lo tanto, su mente, su corazón, su talento y sus piernas. Y ese combustible vital ya no lo halla en el Barça. Ni lo espera, llegue quien llegue.

El entorno de Messi hace maletas. Le aguardan un contrato espectacular—retiro dorado incluido— con muchos millones por ausencia de traspaso, y el reto de demostrar y demostrarse que tiene cuerda para ser el mejor algunos años más. O, en todo caso, para defender su estatus ante quienes llegan desde abajo con pretensiones, aunque todavía no se vislumbre sucesor. Con él se eclipsa una generación de futbolistas para la que aún no hay relevo. Hablamos de goleadores que después de una docena de años todavía hoy siguen mandando; Cristiano, Lewandowski o Ibrahimovic, como ejemplos. Pero de su figura trasciende, además, un jugador sin igual de medio campo hacia adelante. Y no solo en su generación, sino en la historia del fútbol mundial. Los ha habido quizás mejores, o más completos, pero no con tantos años en primera fila acaparando los máximos galardones individuales: doce años seguidos entre los mejores del mundo, la mitad de ellos el primero.

Pero todo tiene su fin. Y el de Messi y el Barça llegará en junio de 2021. No obstante, los culés seguirán siendo un gran equipo y afrontarán su verdadera y necesaria revolución. Solo falta que señale claramente su destino. El lugar donde calme las ansias de gloria dirigido por quien puede volver a frotar sus talentos. El mismo que sacó lo mejor de él, reinventándolo al sacarlo de la banda, hasta hacerlo el mejor del mundo. Y hay mensajes subrepticios delatores. Son tantas las ganas de unos y otros y la ilusión generalizada que les traiciona el subconsciente. Por no hablar del dinero que generará y los triunfos que se auguran. 

Lo acordaron hace meses Mansour bin Zayed, el dueño del club, Ferrán Soriano, el director ejecutivo, Beguiristain, Manel Estiarte, tal vez el muñidor en la sombra, y Guardiola con el propio futbolista y su padre.  El olivo que cogerá el argentino es brumoso, pero apasionante. Lluvioso y frío, pero cálido de afectos blaugranas añorados. Finalmente, es un equipo huérfano de reconocimiento mundial y Messi puede ser su Mesías. Estén atentos a tales personajes.

El olivo que cogerá Messi está en Manchester y atiende por City.          

 

 

martes, 27 de octubre de 2020

YA TENEMOS OTRA

 

Con otro penalti para la historia de los clásicos, esta vez penaltito por agarrancico, ya tenemos de nuevo la burra de las decisiones arbitrales en el trigo de los llantos blaugranas. ¿Qué otras veces ha sido al revés? También, pero suele coincidir con lamentos oportunistas por impotencia.

Otro tópico típico es lo de que estos partidos suelen decidirse por detalles. Y así fue el tempranero del sábado.  Un detalle arbitral tan bien sancionado como si no lo hubieran hecho, en un encuentro equilibrado con más emoción que juego y menos expectativas que ilusión, aunque a partir de ese momento el Madrid fue sobradamente mejor. Dos equipos venidos a menos con su relevancia europea perdida. Incluso en la Liga, no ya los medianos sino también los modestos le han perdido el ancestral respeto. Cualquiera le pinta la cara con apenas dos o tres jugadores destacados que no serían ni suplentes en sus millonarias plantillas. Esta categoría actual de Madrid y Barça convierte en anecdótica cualquier deriva arbitral.  Como justificación, reseñar que andan en una etapa de renovación tan problemática como importante. Los blancos, huérfanos de gol desde la marcha de Cristiano y los culés anticipando el duelo por la próxima de Messi. Los goles patentan sistemas de juego, los que sean, y hacen figuras de futbolistas acompañantes que sin su aura serían normalitos.     

Volviendo a lo del sábado, por momentos, como bien ha señalado Schuster, parecía un divertido encuentro entre solteros y casados en lugar de un duelo en la cima del fútbol español. A falta de intensidad, brillo, velocidad y juego recio de los veintitantos que saltaron al césped, la emoción la propiciaron más Zidane y Koeman que sus talentosos futbolistas con planteamientos vivificantes que entretuvieron al respetable televisivo y alegraron la juventud de unos y reverdecieron el venerable pasado de otros. Si en un partido tan blando de merengues y culés los coge un mihura europeo les hace un siete. Así, bastó un chispazo de Benzema —magnífico por otra parte, como casi siempre desde hace un par de años— y otro de Messi para servir en bandeja sus goles a Valverde y Ansu Fati, con la imprescindible colaboración del movimiento de arrastre de defensas culés de Asensio y el desmarque y pase en franquía de Alba al morenito recordman barcelonista. El broche final de los ilustres fue el gol de la sentencia, gustándose, del Cruyff balcánico Modric, sin olvidar la seguridad goleadora del incombustible Ramos. Y eso fue lo reseñable futbolístico. Quedan para la historia otra manoseada e indecente trifulca arbitral de los desmemoriados y deslenguados de turno y tres puntos balsámicos para el yaciente Madrid.

Punto y aparte para Zidane, que con todas sus carencias sigue sin perder en el Nou Camp. ¿Suerte?, ¿acierto?, ¿o que tiene más vidas que un gato? Ustedes mismos, pero no presupongan ciencia al fútbol.

El Atlético superó la resaca europea que no pudo digerir el Sevilla y siguió a lo suyo. No encajar y conseguir algún golito para mantenerse en el palmito. Si acaso, lo más reseñable es que ese delantero inventado por Simeone, Llorente, sigue pidiendo a goles y fútbol total ser seleccionado por Luis Enrique. Es, quizás, de los pocos todoterrenos españoles que no desentonaría enrolado en cualquiera de ellos con similar entrega, garra, potencia, velocidad y eficacia.

El tema es que esta semana tenemos otra vez Champions y puede que se agrave la postración de unos y vuelvan la febrícula preocupante y la irrelevancia a otros.  O no, porque tampoco debemos olvidar que esto es fútbol, y como juego de suertes y alternancias lo que hoy es blanco mañana puede ser negro y al revés, ni que aun en su decadencia, Real y Barça disponen de mimbres y solistas que todavía pueden componer cestos majestuosos e interpretar sinfonías asombrosas si les acompaña el ánimo, las fuerzas, los compañeros y la suerte. Nunca se puede asegurar nada cuando entre el éxito y el fracaso media una pelota y noventa y tantos minutos.  

La semana pasada aventuramos que Luis Enrique debía reinventar la capacidad goleadora de sus medios o mover piezas hacia el centro de la delantera. Koeman acertó devolviendo el sábado al juvenil Fati a su antiguo puesto infantil de delantero centro.

Con confianza, Traoré en banda y Ansu por dentro podrían formar un dúo demoledor. Tiempo y hierba, que decía un sabio tratante respecto al engorde de corderos. 

Finalizando, ¿conspiraciones arbitrales? ¡A llorar al árbol!, que decía Jesús Belascoaín; amigo ilustre.

 

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