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martes, 21 de septiembre de 2021

LAPORTA, PUERTA GRANDE O PETARDO

 

No caben medias tintas en alguien tan acentuado de carácter, experiencia y trayectoria. De presidir el Barça más grandioso a querer una segunda parte tan tenebrosa como la que se avecinaba cuando optó por presentarse a unas elecciones agónicas, con escarceos políticos en medio, más próximos al esperpento que al servicio público. Joan Laporta no deja indiferente a ningún culé. Y ahí está ahora, en un machito envenenado hacia la hoguera o la gloria.

El Barça navega las aguas turbulentas de un cambio de ciclo histórico afrontando una transición acelerada por la abrupta marcha de Messi. Su continuidad fue bandera electoral de Laporta, por lo que la depresión consiguiente de perderlo, con ser natural, se ha cargado directamente en el debe de un presidente que ahora está exigido a demostrar su valía. Y ese reto solo tiene dos salidas: trono o cadalso.

Así las cosas, Koeman será el primero en caer si vienen mal dadas. Tres partidos ligueros contra equipos considerados menores para confirmar o defenestrarlo. Laporta tendrá ahí la primera palabra de su camino de espinas. En verano dio largas a una decisión que ya tenía tomada, pero envainó su espada por consejo prudente de su entorno más inmediato con Alemany a la cabeza.

El holandés tiene en su apuesta por los jóvenes el banderín de enganche de sus cada vez menos seguidores, pero debe hacerlo con decisión inequívoca. Sin amagar, reinventando veteranos, que no está mal si acierta — otro distintivo de los buenos técnicos—, y pujando fuerte por jóvenes capaces de cambiar el equipo de arriba a abajo; ya lo hizo con Pedri, Araujo, Mingueza y el interruptus Illaix, pero tenía a Messi y Griezmann y ahora la apuesta es extrema: Riqui, Balde, Gavi, Nico, Demir o Collado, a falta de que se recuperen Ansu y Dembélé.  Dinero no hay, tiempo tampoco, la paciencia es una rareza en el fútbol y el futuro es tenebroso. Es su hora de la verdad.

En todo caso, la intrahistoria del Barça actual tiene recovecos sinuosos. La propia relación de Laporta con Koeman, el inexplicado desencuentro con Messi, la escondida unión al destino de la Superliga de Pérez, la dependencia sumisa con el presidente blanco, con declaraciones admirativas de subalternos distinguidos poco digeribles para la parroquia blaugrana; el desenganche in extremis del acuerdo previo de la Liga de Tebas con CVC o las fisuras de una directiva dispar en tiempo revueltos. Temas por sí mismos virulentos y que sumados pueden provocar la zozobra de la alicaída nave de Laporta, desarbolada por momentos. La debacle post Bayern, con un presidente rogando paciencia a sus socios, o quizá a sus avaladores, es un ejemplo de lo que puede acontecer a corto plazo. Se le acaba el crédito.

Laporta es un personaje poliédrico que compagina rasgos mesiánicos con asomos chirigoteros. No termina de definir su verdadero yo, por mucho que exhiba un ego desproporcionado. Como ejemplo, ha pasado en meses de exponerse junto al Bernabéu en plan retador ante los blancos a ser un seguidor entusiasta de la estela florentinesca. Demasiado cambio de rumbo para alguien que se presentó a presidente con el Real Madrid entre ceja y ceja. Pensábamos que era para competir de igual a igual, querencia ancestral de los blaugranas, pero este corto tiempo nos enseña que asume una inferioridad manifiesta, bien por criterio propio o por imposición de quienes hicieron posible su presidencia a base de dinero y avales. Otra duda añadida a las anteriores.

En definitiva, como en toda depresión, Laporta, más allá de reconocer la angustiosa situación económica del Barça, debe asumir su angustiosa y precaria situación. Y reconociendo tan lacerante realidad, iniciar el camino de la superación. Al menos, hacia sus adentros y los de una junta directiva que a duras penas contiene el aliento y sus silencios.

Mientras, Bartomeu debe estar rumiando lo que a él mismo le sucedió cuando empezó la desbandada en su entorno inmediato. Todos le señalan a él como el culpable del desastre, pero dentro de su asunción de culpas, explícitas o no, también debe calmarle ver que quien más le señala comparte una cicuta que acabó con su presidencia. Es humano.

Laporta saldrá con los pies por delante o a hombros, y no deseándole lo peor por el bien de un club histórico y del fútbol español, también esperamos que deje el oscurantismo para las brujas y enarbole la transparencia como deuda con sus socios. Honradez obliga.

Antes honesto que petardo.

    

lunes, 1 de febrero de 2021

DE RENOVACIONES, DESALMES, RUINAS, FORTALEZAS Y REGALOS

 

La demagogia y el verbo fácil son recursos dialécticos ventajistas para ocultar intenciones o cubrir carencias argumentales. Otra cosa es mentir y una tercera sería hablar por boca de ganso.

En la renovación de Sergio Ramos se está utilizando con profusión todo lo anterior. Que si el club está por encima de sus futbolistas, por señeros que sean; evidente, siempre fue así desde Bernabéu y Di Stéfano y es una bandera institucional de cualquier club que se precie.  Que si el Madrid está mejor gobernado en lo económico que el Barça y no quiere caer en sus errores; tan claro como comparar balances y perspectivas a corto. O que si el ejemplo de la marcha de Cristiano es un precedente valioso; debería serlo, pero no para suponer que el Madrid hizo bien, que es muy discutible, sino para evitar la misma imprevisión y sumarle al descosido de los goles un roto en propia puerta. A veces, la concordia es más fácil de lo que parece si no median choques de soberbias, como fue aquel caso y puede serlo este.

Lo último ha sido la afectada afirmación seudodramática de Pedrerol sobre que el Real Madrid da por perdido al futbolista.  Solo le faltó un pajarito a lo Chaves y Maduro con gafas florentinianas posado en su hombro para escenificar la gansada. Porque este chiringuitero hace años que representa una destacada boca de ganso mediática para reproducir la voz del amo Pérez.

El presidente blanco, en un juego de estrategia negociadora, está lanzando sondas como aviso a navegantes. Pero no es el único. Ramos también lo ha hecho en el pasado e incluso recientemente. Como la filtración de una supuesta oferta del PSG con intenciones, según sus voceros mediáticos, de hacer un equipo campeón incorporando también a Messi.

Ni el Madrid da por perdido a Ramos ni este ha recibido ninguna oferta real desde París, aunque esté maniobrando para poder sentarse a negociar con Pérez guardando algún as en la manga.  Meras estrategias, tan lógicas como legítimas.

Por otra parte, el Madrid sigue arrastrando su desangelo sobre el césped. Es un equipo sin alma o con el pecho hueco. Un aburrimiento de espectáculo sobre una desidia colectiva. Y ese desalme tiene un responsable manifiesto. Zidane, aparte de devaluar el patrimonio deportivo del club aferrándose a su desgastada guardia pretoriana y aburriendo a los jóvenes hasta hacerlos mediocres —Vinicius es tal vez el mejor reflejo—, haría bien en abreviar el trasteo y entrar a matar cuanto antes con su dimisión en ristre; tanta mansedumbre cansa al respetable.  Si un Bernabéu abarrotado fuera el escenario, hace tiempo que hubiera dictado sentencia, aunque el francés ocupe para siempre un lugar merecido en la mejor historia blanca.

Por el Barça tampoco repican campanas a gloria. Al desastre global que dejó Bartomeu se suma ahora el navajeo entre candidatos y hasta las discrepancias con su Gestora. Tusquets es quien mejor conoce la realidad blaugrana y maniobra para evitar la quiebra. Por eso no debe extrañar la filtración del contrato de Messi. Como ningún aspirante se atreve a afrontar la realidad de tan inasumibles cifras en el contexto actual, les ha puesto frente a la contradicción entre la incontestable ruina y su bienqueda forofista. Messi será historia en junio y cuanto antes lo interioricen todos mejor. Ni él quiere quedarse chapoteando en penurias ni ellos pueden soslayarlas ni tienen argumentos palpables para convencerlo. ¡Adéu, nen!  

La fortaleza Simeone sigue inexpugnable. El Atlético es el clásico equipo que sabe a lo que juega con fe en sus posibilidades sin cambiar el guion aunque varíen los actores. Sale a ganar siempre con la misma seguridad, apuntando a los cien puntos.  

Decíamos hace meses, cuando pareció flojear, que si mediara un delantero eficaz de los que ha lucido en la luenga y fructífera etapa del argentino enlutado estaríamos ante un equipo campeón. Y con el tiempo lo ha encontrado en Suárez. Y es que, a pesar de su visible cojera, el uruguayo lleva catorce goles recién empezada la segunda vuelta. Una cifra importante para un goleador de raza. Y sin ninguna duda, de seguir así el generoso regalo del Barça, el Atlético ganará la Liga; otra cosa será la más exigente Champions.

Los obsequios de Bartomeu hacen felices al fútbol madrileño. El año pasado echando a Valverde, para gozo del Madrid, y Simeone debería encargar un camión de flores para enviárselo a tan excelsa lumbrera culé.

¡Cuánto disparate!    

martes, 5 de enero de 2021

CUANDO JUEGAN REALIDADES, AZAR Y CONTRADICCIONES

 

Contrastables, imponderable y voluntarias, marcan presentes y futuros. Mendoza echó a Antic siendo líder el Real Madrid, regalando la Liga al Barça, y Bartomeu les devolvió el favor, años después, replicando la desventura con Valverde, también en cabeza.

Mala suerte y fortuna varia en base a contradicciones, porque de tener otros presidentes, tal vez el serbio no hubiera tenido que emigrar al Manzanares para conseguir un doblete con el Atleti de Gil y los blaugranas no hubieran regalado la Liga pasada al Madrid de Zidane. Aunque este fortuito blanco también ha afectado a otros personajes como Florentino Pérez y Pochettino, y hasta a Tuchel, al PSG y a su jeque.   

El presidente blanco sabe que el ciclo de Zidane se alarga demasiado. Tanto como su luenga sombra sobre el grupo de jugadores que lo encumbró. El francés gestionó bien egos y calidades para hacer un equipo campeón, pero fuera de ese enorme éxito le sobrepasa la nueva estrategia de su presidente. Apostar por la renovación no le distingue y exprimirá hasta el final a sus veteranos, que le responden admirablemente desde un sentido de la lealtad encomiable. En todo caso, es irreal un Madrid perseverante contra grandes y pequeños. Los blancos no son fiables por mucho que hasta ahora le hayan respondido a su técnico en momentos clave. Y él es consciente.

También sabe el tricampeón consecutivo de Europa que su baranda no le va a traer vacas sagradas de otros lares para ir sustituyendo sus desgastadas piezas. Lo de Pogba fue un ejemplo, que ha reforzado la tesis presidencial con el gatillazo Hazard. Pérez tiene otros planes, por eso quería a Pochettino, un técnico al que sí le agrada la sangre joven. Y eso también lo sabe el francés.

La contradicción del presidente blanco es que para cumplir su hoja de ruta debe prescindir de su mejor fichaje, tanto de futbolista como de entrenador. Pero, infiel a su personalidad, no forzará directamente el cese de su talismán, como hubiera hecho con cualquier otro; dejará que él mismo tome la decisión en un ejercicio de noble prudencia. Pérez debe mucho a Zidane. Tanto como seguramente continuar de un modo incontestable en el palmito. Así, una pareja de éxito viven vidas paralelas, cada cual a lo suyo, e irán hasta el final en su desencuentro. Sus caracteres no son bizcochables. Eso sí, desde el respeto mutuo que se profesan.

Aventuro que Zidane, ocurra lo que ocurra esta temporada, que a pesar de las apariencias no pinta bien; dirá adiós elegantemente en junio y Pérez le rendirá justos honores de figura señera del madridismo. Aunque muchos futboleros, madridistas y no, etiquetan de técnico mediore al gabacho, cuando pase el tiempo, se recordará su entente como la segunda época grande del Real tras la de Bernabéu y Di Stéfano; hitos relevantes del fútbol español.

Igual que lo está siendo la apasionante realidad de Simeone en el Atlético. Tanto que ya se equipara a Luis Aragonés en el santuario colchonero. El argentino será otro hito grande del fútbol patrio, hasta el punto de que su estancia en el Atlético marcará un antes y un después. Esta temporada puede ser la que rompa definitivamente los moldes rojiblancos. Lástima que no pueda contar con alguno de los grandes delanteros que han jalonado su etapa: un Griezmann, un Falcao o un Costa en plena forma. Con alguien así, el Atleti actual no solo apuntaría a la Liga sino también a la Champions; los goles hacen mejor a todos.  

El azar también jugó con Lopetegui a favor del Sevilla. Su salida desquiciante del Madrid, tras su inapropiada llegada desde la Selección, propició que el mejor director deportivo español, Monchi, lo llevara a contracorriente a Nervión. Si tienen paciencia y le nutren de gol puede llevar a los sevillistas a cotas desconocidas en su palmarés. Ganas de reivindicarse y argumentos técnicos tiene.

El reverso de tan hermosa realidad es el contradictorio Valencia. Es increíble que un empresario como Lim destruya en tan poco tiempo lo que apuntaba a grandeza. Parece que le hubiera molestado el éxito. Y ese suicidio económico es algo impropio de quien debería mirar el rendimiento de sus inversiones. Suena a que, aburrido, la finalidad es recuperar su dinero acabando de desmantelar la plantilla y después venderlo para obtener alguna plusvalía.

Azar, contradicciones y realidades en una actividad, el fútbol, que solo se parece a una empresa en la necesidad de manejar personas y números.   

 

martes, 3 de noviembre de 2020

MESSI COGERÁ UN OLIVO AZUL

 


Acaba la historia del argentino en el Barça. Como señala la canción de Rafa Serna, se le nota en la mirada. Y en el cansancio anímico, que arrastra al físico. En la rabia por impotencia. En el desconsuelo hasta cuando gana. Al felicitar a compañeros; las últimas lunas son tristes. Y hasta en el gesto taciturno cuando le sale algo bien; un cuentagotas.

El Barça es un equipo más en descomposición que en recomposición. Las crisis deportivas circunstanciales se arreglan con un par de resultados positivos, pero cuando los problemas derivan del final de una etapa devienen en estructurales. Máxime cuando se les une una crisis institucional, y la blaugrana es brutal de arriba abajo y a izquierda y derecha. El club culé es en conjunto un problema esférico; por donde lo mires chirría.

Si acaso, solo luce la esperanza en algunos futbolistas jóvenes como Ansu y Pedri que podrían ser figuras en torno a las que hacer un proyecto ilusionante. Pero eso necesita años, paciencia y el brazo ejecutor adecuado. Un técnico inteligente, con carisma y el respaldo importante e incondicional de un presidente para la historia. A Koeman no le faltan condiciones, pero ha llegado en el peor momento. Lo trajo quien pasará seguramente por el peor presidente histórico porque, además de los desmanes deportivos de los últimos años, ha dejado al club al borde de un concurso de acreedores que podría derivar en la quiebra del modelo basado en la propiedad de sus socios. Ni resultados ni dinero y ni siquiera prestigio, perdido en poco tiempo por el desagüe de las indignidades de Bartomeu.

Y todo eso lo sabe, lo vive y lo sufre Messi. Aparte, a su edad, es natural que mire por lo suyo porque el tiempo se acaba. Y eso no quiere decir que no sienta el club como algo propio, que lo ha demostrado suficientemente hasta donde cabe en un profesional. Si le unimos que su ambición deportiva no ha bajado su auto exigencia, tendremos la tormenta perfecta que le empuja a salir del equipo de su vida. La necesidad de ganar es el ansia que mueve su ánimo y, por lo tanto, su mente, su corazón, su talento y sus piernas. Y ese combustible vital ya no lo halla en el Barça. Ni lo espera, llegue quien llegue.

El entorno de Messi hace maletas. Le aguardan un contrato espectacular—retiro dorado incluido— con muchos millones por ausencia de traspaso, y el reto de demostrar y demostrarse que tiene cuerda para ser el mejor algunos años más. O, en todo caso, para defender su estatus ante quienes llegan desde abajo con pretensiones, aunque todavía no se vislumbre sucesor. Con él se eclipsa una generación de futbolistas para la que aún no hay relevo. Hablamos de goleadores que después de una docena de años todavía hoy siguen mandando; Cristiano, Lewandowski o Ibrahimovic, como ejemplos. Pero de su figura trasciende, además, un jugador sin igual de medio campo hacia adelante. Y no solo en su generación, sino en la historia del fútbol mundial. Los ha habido quizás mejores, o más completos, pero no con tantos años en primera fila acaparando los máximos galardones individuales: doce años seguidos entre los mejores del mundo, la mitad de ellos el primero.

Pero todo tiene su fin. Y el de Messi y el Barça llegará en junio de 2021. No obstante, los culés seguirán siendo un gran equipo y afrontarán su verdadera y necesaria revolución. Solo falta que señale claramente su destino. El lugar donde calme las ansias de gloria dirigido por quien puede volver a frotar sus talentos. El mismo que sacó lo mejor de él, reinventándolo al sacarlo de la banda, hasta hacerlo el mejor del mundo. Y hay mensajes subrepticios delatores. Son tantas las ganas de unos y otros y la ilusión generalizada que les traiciona el subconsciente. Por no hablar del dinero que generará y los triunfos que se auguran. 

Lo acordaron hace meses Mansour bin Zayed, el dueño del club, Ferrán Soriano, el director ejecutivo, Beguiristain, Manel Estiarte, tal vez el muñidor en la sombra, y Guardiola con el propio futbolista y su padre.  El olivo que cogerá el argentino es brumoso, pero apasionante. Lluvioso y frío, pero cálido de afectos blaugranas añorados. Finalmente, es un equipo huérfano de reconocimiento mundial y Messi puede ser su Mesías. Estén atentos a tales personajes.

El olivo que cogerá Messi está en Manchester y atiende por City.          

 

 

jueves, 2 de julio de 2020

DE BOQUERAS, INGENUOS, PROFESIONALES Y LLORONES



El Barça empató en Vigo y gracias; pudo ser peor si Nolito no fuera de mayor lo que apuntaba de joven en su filial: solo un proyecto de figura. De lo contrario, la hecatombe ya habría sobrevenido por can Barça; falló a segundos del final un gol cantado para el Celta que hubiera supuesto una derrota bochornosa para los de Setién, jugándose la Liga. Y también se dejó empatar en casa con un Atlético que le dio una lección de bloque y espíritu y hasta pudo ganarle también a última hora, en un partido de penaltitos infantiloides.   

No obstante, es más ajustado hablar del Barça de Bartomeu —ya conocen mi criterio de ir a la cabeza siempre—.  Hace meses, en pleno encierro por el virus, predije que los blaugranas empezaban a perder la Liga por la larga lengua y los despropósitos ficheriles virtuales del presidente blaugrana y el llanto equívoco del técnico cántabro, aduciendo que los cinco cambios le perjudicaban. El seguramente buen empresario de lo suyo, metido a gerifalte futbolero de ocasión, infiltró en el vestuario la carcoma de los fichajes y descartes virtuales; dadas sus penurias económicas solo puede usar el anticuado “cambio espejo por oro”. Y claro, ¿cómo puedes pedir encomio y entrega a la media plantilla puesta en el mercado?

El uruguayo Suárez lo dijo bien claro al despejar hacia los técnicos las causas del bajón culé fuera de casa. Lógicamente, un jugador no puede culpar a sus compañeros de falta de actitud, pero tampoco a quien le ficha, renueva y paga.  ¿Lo fácil?: a un modesto de los banquillos que está más fuera que dentro, aunque pueda decir que le quiten lo bailao volviendo al plácido susurro de vacas.  

Quique Setién, un exquisito y meritorio ex futbolista, pagará la enésima cuenta pendiente de una plantilla messianica. Un técnico aseado para equipos menores, pero inexperto en vestuarios con demasiados egos; los desplantes de las vacas sagradas en las pausas y lo de Griezmann es sintomático. Amén de sus postración ante Messi, que es quien manda.

Es decir, todo por y para el líder y prohibido pensar. Solo hay que verlos jugar: Messi toca, organiza, desmelena y gana, cuando le salen las cosas, y si no, siempre habrá un chiquillo a quien culpar.  Y el que no le devuelva la pelota, invente o mire hacia otro lado ya puede buscarse otro lugar al sol. Pero esa reiterada circunstancia no es nueva. A vuela pluma recuerdo el extenso Madrid de Di Stéfano o el Barça efímero de Cruyff, aparte del reciente Madrid goleador de Cristiano; tres monstruos que protagonizaron épocas doradas de sus clubes. 

Y del boqueras Bartomeu y el ingenuo Setien pasemos a profesionales de éxito y postín. A Simeone ya lo retratamos en exclusiva la semana pasada, por lo que me centraré en Zidane.

El técnico blanco, a quien ya hemos dedicado columnas en estos años, hace continua gala de fútbol sapiente y elegancia humana. Lo primero porque por mucho fútbol que sepa: juego, vestuario, banquillo y despachos, nunca pierde su categoría. En el imaginario colectivo, más allá del negacionismo de los recalcitrantes que pasan de sus éxitos, a algunos les parece fácil lo conseguido en sus pocos años de experiencia; y paso de enumerarlos por universalmente reconocidos, pero seguramente serán tan irrepetibles como los del legendario Gento. Y acentúo dos cualidades: nunca le han dolido prendas en reconocer méritos ajenos y ahora reconoce que fue mejor jugador que técnico, cosa en la que discrepo porque de figura de corto duró un rato —apenas cinco años— y de técnico ya lo ha alcanzado y podría superarse. Más que timidez o humildad, que también, yo lo llamaría señorío, elegancia e inteligencia. Las dos primeras cualidades están demostradas y la tercera llegará con el tiempo:  la eterna y boxística esperanza blanca. Un profesional grandioso al que recurrir siempre.

Y llegamos a los llorones. En Piqué podría coincidir también la de boqueras o bocazas.  El central culé, a quien rindo tributo de gran futbolista y defensor hasta sangrar de nuestra España selección, aunque sorprenda, le pierde su proverbial afán de protagonismo.

Portento físico, inteligente y emprendedor, añade una desmedida ambición si no pensáramos algunos que es una calculada estrategia para unir a su palmarés el brillante eslabón de presidente del Barça.

Es a lo que juega, pero debería tener en cuenta que llorar es una rémora humillante para sí mismo.

Cuando escucho a alguien del Barça o del Madrid quejarse de los árbitros recuerdo a los simplones que escupen al cielo.  


miércoles, 10 de junio de 2020

LA AGUJA DE MAREAR DEL DOCTOR MORENO



Es un artilugio para orientar el sentido de la navegación sin descuidar el eje norte-sur como referencia. Y lo que tan bien manejan el doctor Moreno y sus colegas, les haría falta ahora y siempre a nuestros gobernantes y a quienes aspiran o dirigen algo para prever las consecuencias de sus decisiones sin perder de vista la situación real y hacia dónde ir.

En política debería ser el bien común de los españoles, según han ido decidiendo en cada consulta ciudadana durante los últimos cuarenta y cinco años. Y en fútbol, respetar el espectáculo al que tanto han contribuido los clubes y aficionados hasta colocar nuestra liga en primera línea mundial.

España es un estado de derecho basado en los principios liberales de libre concurrencia de ideologías representadas por partidos que respeten sus leyes, empezando por la Constitución que por abrumadora mayoría votamos en 1978, y los fundamentos de la distintiva e inviolable separación de poderes establecida desde Montesquieu en las democracias parlamentarias: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.  Por eso escandaliza el oscuro asunto del ministro Marlaska, precisamente agravado por su condición de juez. Desde esta perspectiva es difícil entender que, si es como parece, un respetado coronel de la Guardia Civil le haya dado una lección magistral de respeto a la ley a todo un ilustre profesional de la judicatura que se ganó a pulso la consideración general en el ejercicio de su profesión. Prestigio ahora embarrado hasta límites insostenibles.

El presidente Sánchez necesita una aguja de marear que le indique continuamente hacia donde dirige la nave España, más allá de sus querencias partidistas y las de quienes le acompañan, a veces tan contradictorias e incomprensibles como insolidarias y trasnochadas, e incluso de su autoproclamada resiliencia personal.

La progresiva crispación ciudadana es geométrica y debería tener presente nuestra cainita historia y que en España no se ganan elecciones; se pierden. Véanse los casos de Zapatero y Rajoy; sus clamorosos errores les derribaron del caballo. La primera herradura perdida por el socialista fue negar en principio la crisis que acabó echándolo, y reiterarse en tal cerrazón hasta que tuvo que gobernar contra estilo, como hacen los principiantes o los toreros ayunos para figurar. Y el conservador, despreciando a personas relevantes y convicciones ideológicas que fueron santo y seña de su partido y minusvalorando corruptelas internas hasta dejarlo hecho unos zorros; recibió un centro derecha sólido aglutinado en el PP y lo dilapidó dividiéndolo en tres. Así les luce el pelo ahora, y lo que les queda mientras no utilicen también una aguja de marear certera y aúnen esfuerzos. 

En nuestro fútbol igual, aunque el navajeo entre Liga y Federación parece aparcado hasta que escampe. Pero el carácter personalista de las disputas entre Rubiales y Tebas hace que la desconfianza se extienda más allá de esta liga. Ahora, a la fuerza del COVID 19 ahorcan, pero pronto volverán a las andadas. El manejo del dinero en torno al fútbol, con sus dádivas personales y mamandurrias, librará una batalla decisiva en las elecciones federativas.

Mientras, Real Madrid y Barça continúan su dispar trayectoria. Los de Florentino haciendo virtud de su apuesta juvenil y remodelando el campo como promesa cumplida, lo cual es sintomático de su seguridad institucional y saneada situación; la aguja de marear blanca está controlada. Y los de Bartomeu coleccionando fichajes virtuales, lo que apunta que no tienen claro el eje norte-sur en su deriva. Como Messi estornude, y parece que algún moco asoma, la pulmonía blaugrana será de aúpa. Ya relampaguea por las Ramblas el afile de cuchillos. No obstante, los resultados, como siempre, dictarán sentencia.

Tomen nota Sánchez y similares. A la larga, el sufrido pueblo, como el general tiempo, pone las cosas en su sitio. Con virus o sin virus, la falta de grandeza en unos y otros es nuestra peor pandemia.

Nos queda la esperanza por eminencias humanas de la talla del doctor Santiago Moreno, jefe del servicio de Enfermedades Infecciosas del Ramón y Cajal de Madrid, que en los años más duros del SIDA trabajó en el Morales Meseguer de Murcia con resultados extraordinarios.

Su diario sobre las penalidades por el coronavirus sufrido, cuya lectura reflexiva recomiendo, es una lección de la fidelidad incondicional que distingue su vocación: entereza, empatía, compañerismo, profesionalidad, entrega, humildad, cariño y coraje para luchar por los demás.

¡Honor a él y a cuántos nos regalan su aguja de marear para conducir el sentido de la vida!   


martes, 2 de junio de 2020

DESCOSÍOS



Esta época cuasi conventual nos ha descosido. Costumbres, horarios, roce, aficiones, trabajo, estudios y hasta modos de enfocar la vida, con el positivismo de valorar vivienda y seres queridos como auténtico hogar. Comodidad o carencia que ahora apreciamos y añoranza como enseñanzas de esta etapa de recogimiento y reflexión por las relevancias de un espacio adecuado donde pasamos al menos un tercio de nuestra vida y de quienes nos acompañan siempre.

Pero hay otros descosíos que pueden hacer más o menos pasable el mal trago si se les echa humor, lo que no deja de ser un consuelo inteligente en cualquier crisis por aquello de la buena cara al mal tiempo. 

Por ejemplo, que haya un individuo que ha llegado a ministro de España haciendo oes con canutos. España es el segundo país del mundo en importancia como destino turístico, con muy poco trecho hasta los ochenta y nueve millones de Francia, que es el primero, y algo tendrá que ver la encomiable labor de quienes se han dedicado desde hace más de medio siglo a imaginar, emprender y trabajar en el sector para poner a España en tan relevante escaparate.  Pues bien, el nenico Garzón — le saco algunos decenios—, dice que el turismo español aporta poco valor añadido. Y justifica tal disparate alegando que es una actividad estacional que genera precariedad. Pero vamos a ver, mindango, ¿no crees que desde tu ilustre poltrona deberías hacer el esfuerzo empático de ponerte en el lugar de los empresarios y trabajadores del sector turístico para ver cómo potenciar su actividad generando ideas y proyectos que superen sus puntos débiles, ayudándoles, en lugar de ponerles piedras en el camino? ¿Qué no entendiste en tus estudios económicos para ningunear a una actividad productiva que genera el trece por ciento del PIB de España y ocupa a tres millones de trabajadores? Quizás sea pedirle demasiado a quien por arruinar su partido tuvo que recoger el rabo sin vergüenza para refugiarse en otro.

Otro roto es el Barça de Bartomeu. Para soslayar el desastre institucional al que ha conducido a un club que lo supera en todos los sentidos, lleva meses anunciando fichajes, como hizo en verano con el asunto Neymar. Y así se habla más de Lautaro o de Pjanic, como nuevos, y de Vidal, Arthur o Rakitic como salientes y pone sordina a sus desvaríos. Vamos a ver, figura, ¿no crees que tanto tejemaneje puede desequilibrar el estatus del vestuario en puertas de jugarte la Liga? Pero claro, tampoco le podemos pedir peras a un tormo que ha jugado con entrenadores, futbolistas y exjugadores como si de un monopoly se tratase su gestión presidencial. Así que tampoco extraña que su último fichaje, Setién, ande llorando por las esquinas porque, según asegura, la norma de los cinco cambios puede perjudicarles por su forma de juego. Y lo argumenta con que los últimos minutos son decisivos para que su equipo gane y si los rivales sacan a cuatro o cinco de refresco les pueden quitar esa ventaja competitiva. De locos, porque no es así desde que Messi es Messi y, además, la misma ventaja tendrá él mismo con más cambios. Si su juego se basa en una plantilla de más calidad, dispondrá de mejores aportes en todo momento; ¿o no, campeón? Me da que empiezan a perder una liga que tenían a mano.

Con esos malos ejemplos, solo asumibles desde la ironía, llegamos al peor descosío, que no es ninguna broma: la crispación instalada en una parte considerable de españoles. Una agria división entre detractores y defensores, aunque algunos como simples émulos de consignas tan interesadas como ajenas y otros con la boca pequeña, del engendro que supone un Gobierno legítimo aun difícil de entender, formado por socialdemócratas, contrastados constitucionalistas desde la Transición; neocomunistas, liberticidas y extremistas contrarios al humanismo cristiano occidental y a la España tradicional por convicción; e independientes de vocación europeísta y hasta tecnócrata con alguna sombra como la reciente de Marlaska, amalgamados desde la resiliencia voluntarista con tintes mesiánicos del Sánchez que los preside.  

Y siendo sangrante tanto extremismo, que parecía afortunadamente superado hacía años, es más doloroso comprobar la animadversión que provoca en viejos amigos.

Si el hogar común debiera ser España y la amistad uno de nuestros más preciados pilares, tanto descosío causa una inmensa preocupación. E íntima desesperanza, que es peor.

Casi parafraseando a Anguita —DEP—, a quien rindo tributo de manifiesta honestidad, malditos sean ese descosío y quienes lo provocan. 


lunes, 9 de marzo de 2020

EL CORONABARÇA



Cuando los astros confluyen para romper a malo todo es melancolía. La pregunta sería quién desató la epidemia que asola a los culés. Ya no basta ser primeros alternos en liga ni estar bien en Europa. Ni siquiera tener al mejor del mundo como seguro de vida. No. Ahora es el momento de los nervios, silbidos y pañuelos; el desconcierto, en suma.

Es evidente que la planificación deportiva se fue por el desagüe del tonteo Neymar en verano. Y por esa misma maloliente cañería se fue también Valverde, víctima colateral de tanto desvarío, que tampoco hizo nada por enmendar la plana a los lumbreras diseñadores de la plantilla para este año. O eso pareció, al menos.

El Barça acabó la pasada Liga con chirríos en su estructura. Tampoco bastó ganar sobradamente la Liga tras la debacle de Liverpool. Y es que, cuando la soberbias se alinean en paralelo cualquier golondrina hace verano. Messi luce sus penúltimas lunas como el incontestable artista mundial del balón. Y en esos estados anímicos hasta la timidez más emblemática, que era su caso, se torna en desconfianza. Bien podría recordar el argentino aquello del incombustible Giulio Andreotti en la política italiana: “tengo conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales y luego están los compañeros de partido”.   Dentro del Barça anidan quienes deberían quitarle el sueño. Y él lo sabe. Unos, los más comprensibles, son y serán quienes lleguen de corto para discutirle el liderazgo en el césped, que eso ha pasado en todos los equipos de élite cuando las cosas se tuercen y al figurón de turno empiezan a pesarle más los años que las botas. Y otros maquinan en los despachos para evidenciar que por muy bueno que sea un futbolista no es el alma del club ni pesa más que su historia. Bartomeu ha llegado al final de su tiempo queriendo figurar por derecho propio en el parnaso de los grandes dirigentes culés. Y para tan ególatra fin no escatima hogueras ni taladros. Tanto le dio hacer un equipo de baloncesto tirando de deuda como aparentar que podía fichar a quien quisiera, de hecho lo hizo con Griezmann aun bajándose los pantalones, sin reparar en que tiene las finanzas blaugranas hechas unos zorros. ¿Objetivo? Ganar una Champions con protagonismo presidencial para indicarle a Messi que sus goles desde el despacho pesan tanto o más que los suyos. El problema es que en el altar de esa vanidad se sacrifica a cualquiera que pase por allí sin santiguarse ante el presidente. Lo mismo da un simple directivo que un vicepresidente o un futbolista sin cualificación que cualquiera de los capitanes del equipo. Piqué se percató hace tiempo y de ahí sus desencuentros con el gerifalte, otros fueron dimitiendo y Messi está cayendo ahora del burro. 

El problema del argentino es que ha vivido por y para el balón sin necesidad de mirar hacia el palco. Y ahora, cuando se remanga en cuestiones que por desacostumbradas le vienen grandes, empieza a vislumbrar el cachondeo de Bartomeu con el asunto Neymar; una sugerencia ilusa del futbolista queriendo potenciar la plantilla con su amigo brasileño sin calibrar más. Ese fichaje ni quería ni podía ni debía hacerlo el presidente. Por haberlo dejado en la estacada — con el consiguiente y ruinoso desacierto de Coutinho y Démbéle—, por falta de dinero y por el escarnio judicial en el que tiene sumido al club. Pero no hubo explicaciones oportunas, que hasta él hubiese entendido, sino un montaje para hacerle creer que deseaba atender su petición, avalada por su mejor socio: Suárez, quien en el pecado de su frágil rodilla lleva seguramente la penitencia de algún ensoberbecimiento.

Al hilo de esa opereta bufa se encadenan los sucesivos desastres cuasi goyescos que ahondan la crisis del club. Los vodeviles Pujol y Xavi, el de Valverde, el de no prever la falta de delanteros largando hasta a Carles Pérez, la empresa filtradora de rumores y maldades de quienes molesten a la soberbia majestad del presidente, el último plato Setién, la apatía de los jugadores, la descompostura del segundo Sarabia, los gestos de algún notable como Alba, los pitos precoces de la grada, los pañuelos y gritos de dimisión en la tribuna  y la sensación de que al Barça ya no le valdría un solo título, y  menos si es el doméstico.

Ese es el preocupante Barçavirus como herencia de Bartomeu para su sucesor, porque él ya no cuenta, con el anochecer de Messi en lontananza. Tierra quemada.    

martes, 3 de septiembre de 2019

NAPOLEONCITO BARTOMEU



Debe ser que los sitiales de los grandes enloquecen a sus inquilinos. El del Barça ha continuado la escapada hacia adelante que inició cuando la tocata y fuga de su niña bonita y la de Rosell, Neymar, hace dos años. Y, además, corre con más descaro que vergüenza como demuestra el vodevil de Griezmann y la ópera bufa del carioca.

Hace poco compartí mesa y larga conversación con tres mitos culés: Asensi, Rexach y Marcial, y coincidieron en que el Barcelona no debería fichar ni al francés ni el brasileño por dignidad. Respecto al díscolo brasileiro, por su huida a traición con querellas por medio, y referente al gabacho por la chufla del pasado año. Pero ninguna de esas ignominias parecen desarbolar la megalomanía del presidente, ahora ya también vicepresidente deportivo; reiterado hombre orquesta empeñado en dejar rastro napoleónico cuando deje el cargo, tal cual su homónimo blanco; la egolatría también es contagiosa.

Otro culé ilustre como Minguella desgranaba razones por las que tampoco veía ni a Giezmann ni a Neymar de blaugranas. Coincidía con los exfutbolistas en la cuestión ética, y añadía en lo futbolístico que si arriba se juntaban con Messi y Suárez, porque si los fichan es para jugar, quién ayudaría a Busquets y a De Jong —gran fichaje—, que serán fijos en el esquema de Valverde, a sostener el medio campo barcelonista. Y eso sin contar con Dembélé ni Coutinho, todavía jugadores del Barça y que costaron lo indecible hace dos años para tapar el hueco del brasileño. Un desbarajuste deportivo porque más que entrenador, Bartomeu necesitará un domador de fieras en el vestuario. Un despilfarro económico difícil de barajar y justificar, salvo que el mandamás culé estuviera previendo el retiro de Messi. Pero no es así. Está malgastando el dinero ajeno a mayor gloria personal, como en el baloncesto, y no en ese futuro cierto.

El Barça sigue rumiando su Waterloo europeo en Liverpool, que reabrió las heridas de Roma. El propio discurso de Messi antes del Gamper lo demuestra, empecinado en repetir brindis al sol.  Y en sus sueños húmedos, como ansiolítico y botafumeiro ególatra, Bartomeu pensará que llegó a presidir la institución deportiva más importante de Cataluña —para sus adentros reconocerá que por accidente, con los ojos haciéndole pompitas—, y que vista la ruina europea debe labrarse un pedestal a la altura de Kubala y Cruyff, cueste lo que cueste”.

Al desahogado Laporta, el mejor presidente culé en lo deportivo pese a su insufrible ramplonería, le sucedió el exculpado Rosell, pagano de platos rotos propios y ajenos, y a este desgraciado gerifalte le sustituyó el grisáceo Bartomeu, una mezcla de probo segundón, infiel colega y avispado botiguero de escrúpulos justitos.  Un aspirante a emperador catalanoide que dejará al Barça en los “cuernesicos pelaos”, que diría mi amigo Domingo, restaurador del Miramar de Cabo Palos.

En lo puramente futbolístico, Griezmann es un magnífico fichaje por calidad, rapidez, juego y goles, pero se adivinan problemas porque no es del agrado del capo Messi, entregado a la causa del bufón Neymar porque aceptó su jerarquía sin rechistar. Ahora veríamos.  El problema del presidente culé sería poner al argentino en su sitio, que es en el campo, pero para eso hacen falta más agallas que derroches. Y lo tendría fácil, aprovechando que le quedan cuatro siestas por estatutos, ya que no puede enarbolar más entorchados que los últimos años buenos del argentino para ganar Ligas, que no Champions. Ahí debería estar su fuerza, emulando cuando llegara el momento, eso sí, al mejor presidente merengue de la historia, Bernabéu, quien retiró a Di Stéfano cuando ya no era el mismo en Europa, ofreciéndole el club como su casa.

Si entre Pérez y Bernabéu elige al primero — al de aquella su primera etapa que acabó en Mallorca— transluce que no da para más. Una pena, porque en lugar de celebrar a lo grande sus ocho ligas de once, como debiera, huye hacia la zanahoria de la próxima Champions, que tiene cada vez más lejos porque Messi solo hay uno y cada día juega más andando. 

ÚLTIMA HORA BLANCA

Me apuntan que Zidane, encabritado por lo de Pogbá, medita desertar. Y que Pérez, taimado previsor, tiene un acuerdo en la sombra con quien todos adivinan. Mientras, baraja lo de Neymar como golpe espectacular por mucha bomba que fuera en el vestuario, aunque intentará lo de Van de Beek y, o, Eriksen, para contentar “al Moro” mientras dure. 

Demasiado peligro en lontananza.

martes, 29 de agosto de 2017

EL BARÇA O LA PELOTERA PRODIGIOSA



Por mi admiración hacia el autor, tomo prestado alegóricamente el trasfondo de una de sus obras de teatro para referirme a la actualidad del Barça.  García Lorca escribió su drama en dos actos y seguiré su guión, imaginando un final deseable después de la sucesión de enredos.
El Barça necesita a alguien rico en sentido amplio: de conceptos, coraje e ideas claras, sobre todo; que encauce su camino hacia la abundancia. Ese buen vivir que tanto soñaba la impulsiva zapatera lorquiana y que el Barça añora.
El primer acto acaba con la huida del rico marido por los continuos desprecios de su joven esposa, imbuido, además, por los malvados comentarios y chanzas grotescas de sus convecinos. En este caso, el espíritu canterano y desbordantemente culé lo transmuto en el viejo marido humillado, cual la añeja Masía, y a la llamativa esposa en el trasunto del pírrico tridente. Todo para los tres de arriba, confiando vida y hacienda a la eficacia competitiva por los exitosos y efímeros inicios del Barça de Luis Enrique, que abandonó el barco devorado por la insolencia tridentina.
Ahora estamos en el desarrollo del segundo acto, con peloteras continuas e idas y venidas de dirigentes para acallar las críticas —algunas prematuramente carroñeras— lanzadas sobre un Barça abandonado por su elixir mágico: la olvidada excelencia de su deslumbrante juego con denominación de origen. Y aparecen  comediantes, clubes, intermediarios y jugadores de medio pelo a sopar en la desahogada bolsa obtenida por la fuga de Neymar, que hace cuanto puede, además, por desestabilizar a quienes abandonó por mucho buen rollo que mantenga con sus antiguos colegas; tontos útiles para sus fines. Y uno se pregunta, aunque importa ya poco, ¿cómo se fraguó ese desencuentro folletinesco entre el fichaje más caro en la historia culé y sus dirigentes?
Bartomeu y sus adláteres, que lo trajo con el encarcelado Rosell, están en una huida desbocada  por creer que todos los caminos les llevan a su ilusa permanencia. Craso error, aunque suenen en sus cogotes susurros cuchilleros en forma de mociones de censura, de venganzas en ciernes de antiguos compis —Laporta al acecho—, o los inevitables palos periodísticos por tanto desmán. Saldrán a garrotazos si persisten en la descomposición. Y tal debacle, casi todo el segundo acto del drama, por una temporada y media sobresaliente del Real Madrid y la huida procelosa de un futbolista chulesco, más aparente que eficaz en su última temporada —trece goles en liga—.
Es cierto que el Real Madrid es ahora notablemente superior, no tanto por  resultados como por ambiente de plantilla, su calidad, cantidad y  dinámica, pero tampoco es para enloquecer. En el fútbol hay pocas verdades incuestionables: los resultados mandan,  son once contra once y la suerte y el estado de ánimo también juegan,  pero es igual de cierto que dos partidos pueden cambiarlo todo. Y más cuando hay calidad. El Barça atesora jugadores que serían titularísimos en los mejores equipos: Messi, Suárez, Busquets, Piqué, Alba o Iniesta, y otros poco menos, como el polivalente Sergi Roberto, Ter Stegen o Rákitic, pero ha de llenar su despensa; ese desván canterano o muy joven de otros lares por el que apostaban para recolectar figuras. Y los tienen, aunque ahora la mayoría digan facilonamente que no —¿quién conocía a Busquets y Pedrito (estaba traspasado al Portuense) cuando surgieron, aparte del que apostó por ellos? — Y, ante todo, reencontrar un estilo inconfundible que les haga resurgir. Ese debiera ser el objetivo, y no improvisados fichajes tan gansos como desorbitantes. Paulinho, Dembélé o Coutinho no traerán  lámparas mágicas que alumbren futuro. Eso hay que perseguirlo con determinación y mimarlo cuando se halla; lo que no han sabido gestionar  tras la marcha de Guardiola. El culebrón Neymar es el paradigma de lo que nunca debieron hacer. Cruyff lo proclamó y algunos lo suscribimos entonces. Ahora pintan bastos.
Como final de esta pelotera prodigiosa, sería deseable que el viejo espíritu huido vuelva aun disfrazado de tirititero, como en la obra de Federico, y se dé cuenta y persuada a la joven esposa abandonada, el Barça actual, de que se aman: Sergi, Deulofeu, Rafinha, Aleñá, Palencia y otros lo han mamado. ¿Dejarán hacer a Valverde? Ojalá, pero lo dudo; falta el necesario equilibrio institucional.
Enfrente, el Madrid encontró en Zidane el mago que frotó su lámpara. Ahora nadie dice —decimos— que los blancos no saben a qué juegan; brillan, golean y ganan, ¡todos! El Real de su tiempo grande.   

       
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