miércoles, 21 de marzo de 2018

DE LA CHAMPIONS A LOPETEGUI Y MARCELINO



Otra vez la burra en el trigo, dirán en Europa. La Liga sigue a la cabeza de su fútbol, lo que supone reinar también en el mundial. Y no decaerá mientras Messi y Cristiano la protagonicen.
Nunca antes coincidieron en España el  mejor jugador y el mejor goleador del mundo. Y, además, en los dos clubes más laureados, que ahora no son causa sino consecuencia de tenerlos, aunque sean coetáneos de la mejor generación futbolística española.
Otra vez copamos los cuartos de Champions, con el consolidado Sevilla como invitado excepcional, que ya lo vivió en el lejano 1958 cuando el Real cuajaba su legendaria trayectoria. Y no han sido cuatro porque lamentablemente al Atlético lo ninguneó la suerte antes, en Roma.
A cinco partidos de la final puede pasar cualquier cosa, pero aventuro que Barça y Madrid estarán en semifinales. Y el Sevilla, si da su cara buena, suma posibilidades reales porque los Banega, Lenglet, Nzonzi, Sarabia, Ben Yeder y compañía disfrutan de una forma excelente. Y además tienen a Montella, un técnico de los que hacen crecer el fútbol reinventando jugadores; apostar por Navas de defensa lo demuestra.  El viejo zorro Heynkes deberá hilar fino para eliminarles. La exhibición sevillista en Manchester frente a los del incomprensible Mourinho habrá avisado a más de uno y andarán con las orejas tiesas. Los yanquis que gobiernan al United echarán cuentas y no le auguro porvenir al medroso  portugués, que vive del cuento cuesta abajo y sin frenos desde su afortunadísima Champions con el Inter.
El Barça tendrá pocos problemas con la Roma de Monchi. Están fuertes, con Messi disparado, y Valverde puede obrar el renacimiento, como en la Liga. Aparte, les sonríe la suerte y veremos si es la del campeón y tocan pelo tras seis años en barbecho. Y a la Juventus de Allegri le ha vuelto a tocar la negra. El Madrid de Zidane, por irregular que sea, tiene bastante más nivel y si juega al que ofreció contra los del becario Emery puede resolver la eliminatoria en Turín. Máxime con Pjanic, organizador, y Benatia, muro central, sancionados. Buffón, Chiellini y Barzagli no están para muchos trotes y solo Dybala e Higuaín amenazan, pero no demasiado.
Al City de Guardiola le ha tocado un rival inquietante, el Liverpool del súper goleador Salah,  cuña de su misma madera que ya le dio para el pelo en la Premier. Claro que tampoco le hubiese ido mejor con el Madrid, Barça o Bayern, porque con su defensa aún por consolidar en partidos de máxima exigencia tener enfrente a sus delanteros es mal asunto. Los de Manchester juegan mejor que los otros seis cuartofinalistas, exceptuando al Barça, pero habrá que ver su desenvolvimiento a estas alturas. Les hubiese favorecido jugar contra los italianos porque no tienen las agallas delanteras de los españoles y alemanes.
En clave de selección, Lopetegui sigue mostrando síntomas alentadores. Llamar a los viejos canteranos madridistas Parejo y Marcos Alonso y al sorprendente gigantón Rodri, canterano del Atlético, que lo repescará del Villarreal, indica que baraja con cabeza y honradez.  Por el buen gobierno de su equipo, el valencianista hace tiempo que debía estar. Con Busquets en el eje, o el propio Rodri  en su defecto, y Saúl o Koke, nos darían autoridad frente a cualquiera. Imaginémoslos con Iniesta y Silva por delante. O con Asensio, Lucas, Thiago o Isco si no se empeñan en conducir o jugar en redondo.  Y con el lateral del Chelsea, hijo y nieto de internacionales, tiene el relevo ideal de Alba. Marcos es un jugadorazo, aporta altura y es un peligro permanente en jugada y a balón parado cuando sube.
Y arriba no hay mucho más donde escoger. Costa es un valor seguro, Aspas el delantero español de más clase y Rodrigo está cuajando en el goleador que apuntaba. Morata sufre su tercer calvario y solo el relevo cantado de Conte podría avivarlo.
Por lo demás, destacan las ausencias de los polivalentes Sergi Roberto y Javi Martínez y del sevillista Sergio Rico. El navarro es titular indiscutible en el Bayern, el culé se justifica siempre y el meta es un autobús bajo los palos. En todo caso, Lopetegui y sus seleccionados merecen crédito.
Y hay que destacar el trabajo de Marcelino. Ha recuperado el brillo del Valencia, promoviendo y revitalizando futbolistas, y le dio la alternativa a un jovencísimo Rodri en el Villarreal. Otro extraordinario entrenador que imagina futuros internacionales. Para descubrirse.
    

jueves, 15 de marzo de 2018

EN LA FRONTERA DEL TIEMPO



Me emocionan los reconocimientos personales al cercano, pero mucho más los que se hacen al contrario.  Y también los que se dan entre antiguos enemistados o distantes por cualquier causa. Aparte de la bondad y elegancia que supone, ensalzar al rival es más inteligente que denostarlo. En el deporte es asiduo, por ejemplo, y en la política una benéfica rareza, de ahí la diferente opinión que generan unos y otros; los deportistas  ilusionan y demasiados políticos aburren hasta aborrecerlos.  
Hace tiempo que asisto a unas comidas de añejos futboleros en torno al Maestro Ibarra  y me  satisface compartir buenos ratos con antiguos conocidos de ese mundo tan diverso y pasional, pero lo que más me agrada es comprobar cómo algunos personajes relevantes que desfilan por nuestra mesa semanalmente dejaron sus viejas rencillas y ahora son capaces de hacerse confidencias de buen grado y mejor humor. Y lo más grande es que se trata de asuntos que alguna vez les enfrentaron o por lo que fueron criticados ácidamente ¡Ay!, si entonces, como ocurre en tantos otros aspectos de la vida, hubiésemos tenido la visión relativa de todo que aporta alcanzar la frontera del tiempo; la sabia perspectiva.  
Cuando se pasa esa frontera tan invisible como palpable en los rostros y el físico de cada cual, cualquier tema que sobrepase la salud propia o la de los nuestros es irrelevante. ¡Qué gran lección de vida!, ¡y qué interesante sería trasladarla a quienes guerrean ahora en absurdas trincheras sociales! Los afectos, la salud y el bienestar más o menos boyante son los asuntos mayúsculos que deberían ocupar nuestro escaso tiempo compartido. La vanidad, el orgullo, los egoísmos y la ambición desmedida son el opio real que nos engancha a un mundo tan aparente como estéril.
Por eso, también sorprende que algunos veteranos recalcitrantes en tales errores sigan en sus absurdos agujeros competitivos. Y se les conoce al vuelo. La primera persona del singular está permanentemente en su boca:  yo ahora tengo, estoy, soy, voy a, he conseguido, he ganado…. Y parece que te miran con los mismos ojos vacíos con los que antes trataban de pertenecer a la mitad del mundo envidiado por la otra mitad. De ser o parecer cada vez más ricos, más guapos, más listos, más altos y más importantes. Y es muy cansino, porque si antes daban pena, ahora, además, hacen un ridículo solo explicable desde sus perennes carencias y solo disculpable desde una misericordiosa ternura; cosas de tontones envejecidos.  Una pena grande para quienes la padecen y, lo que es más lamentable, para los suyos.
Pero por nadie pase, porque no estamos a salvo de tamaña demencia, aunque sea ocasionalmente. De hecho, ninguno deberíamos tirar la primera piedra.
Y entonces recuerdo cuando nos decían que quien no es rebelde a los veinte es tonto, pero que quien lo seguía siendo a los cuarenta no tenía remedio. Imaginemos si ocurre pasados los sesenta o setenta, aunque es raro encontrar a alguien verdaderamente importante que venda “amotos” en su senectud. No es necesario; su imagen señera les precede.
En la venerable frontera del tiempo hay que disfrutar los buenos ratos que todavía nos alcancen. Todo lo demás es furufalla y glea, o, como también se dice por la huerta, pijos, pan y habas.
 

martes, 13 de marzo de 2018

EL ESCUDO, LA CAMISETA Y EL HOMBRE



El escudo es el referente, la camiseta la historia y el hombre quien imagina las ideas, que siempre han de anteponerse a la cartera y al resto de tangibles.
Nasser Al- Khelaifi, primer ejecutivo del PSG,  debería grabárselo a fuego. Como empresario, si lo fuera, debe saberlo desde sus principios. Aparte de los afectos, las ideas mueven el mundo y generan sus palancas; el dinero es solo una de ellas, y no la más importante, aunque traduzca cualquier fenómeno mundano al idioma comparativo universal. Y en fútbol más, pero siempre detrás de los títulos y las emociones.
Hablar del Madrid es remontarnos a Bernabéu y Di Stéfano, con una docena más de jugadores blancos que imprimieron carácter a su escudo y a su camiseta. Florentino Pérez y su concepto del fútbol como espectáculo poliédrico mama de esas fuentes, pero aún anda buscando a su talismán sobre el campo. Tal vez sea Zidane quien más se ha acercado, pero “El Moro”, como lo llaman por el Bernabéu,  tomó partido por los de corto en sus primeras decepciones y es consciente de que eso es delito de lesa majestad para su valedor Pérez; su primer mandamiento futbolístico es que el club está por encima de todo. Y debería ser así, pero sin olvidar lo determinante del factor humano, apuesta clara del francés.  Para don Florentino, los jugadores deben administrarse como un activo más al servicio de la empresa, su hábitat, sin hipotecar decisiones institucionales. No acepta que deba ir tras las demandas de Ronaldo, que le suenan a caprichos de consentido, porque ni Zidane ni nadie  lo han puesto en su sitio. Él  intentó oscurecerlo primero con Kaká, luego con Benzema y Bale, pero ninguno se ha acercado ni de lejos a la relevancia del mejor goleador de su historia. Quien además, para mayor dolor, fue fichaje de Calderón.
En el Barça hay pocas dudas: la idea del fútbol asociativo y los figurones son la base, marca de la casa desde Kubala, acrecentada por el mitológico Cruyff y su profeta Guardiola, y está por encima de todo salvo de Messi, que reina un decenio por ser el mejor del mundo. En el Atlético, Simeone y su idea del fútbol garra y el pasito a pasito son la idea, que de alguna manera también empezó a acuñar el colchonero por excelencia: Luis Aragonés.
Y así podríamos seguir con el resto de los clubes señeros. En el Manchester City, las ideas de Guardiola han puesto alas  voladoras al dinero del emir.  En el Bayern gobiernan ex jugadores brillantes, todos alemanes, con la particular versión germana de que deben ser una contundente división blindada, tipo pánzer, que choca con la exquisitez y los arabescos. En la Juventus modernizaron hace años la vieja idea del catenaccio para dotarlo de imaginación de medio campo en adelante; una copia del legendario Milán de Sacci, que mezcló su sangre etrusca con los holandeses prodigiosos de sus años de más gloria; de ahí los intentos con los franceses Platini y Zidane hace tiempo y ahora con los argentinos, tipo Dybala, pasando por fichar a los nacionales más habilidosos, Inzaghi o Pirlo por ejemplo; entre unos y otros han logrado oscurecer a los clásicos milaneses. Y el viejo Manchester United sigue buscándose desde que  Ferguson se cortó la coleta; aún no ha logrado reencontrar su onírica idea futbolística basada en los sueños reales que despertaba, de ahí su largo, frustrante y penitente purgatorio, Mourinho incluido.
Resumiendo, Francia siempre fue un fútbol de selección y nunca de clubes. Por eso tal vez falten ideas. Hubo y hay un salpicón de futbolistas excelentes, pero exiliados en los mejores clubes del mundo. Y si el PSG quiere navegar en el rutilante universo de los mejores deberá imaginar alguna idea futbolística revolucionaria, no la facilona chequera por muy dorada e infinita que sea. Quizás, un buen comienzo sería reunir a los mejores futbolistas franceses al mando del mejor técnico francés. Y ahí, Zidane, como sugerimos hace un mes, podría ser determinante. Tanto por prestigio como por lo que pudiera suponer de banderín de enganche. Y con ellos, otros como el propio Neymar y no peleones tipo Cavani, por decir algo; pocos y buenos de verdad, y no el conglomerado multinacional de rutilantes medianías que les proporciona la bandera del engañoso y simplón dinero. Nunca supuso nada brillante en el fútbol.
El escudo y la camiseta brillan con las ideas y los hombres.     


jueves, 8 de marzo de 2018

AL OTRO LADO DE LA CALLE



No sé su nombre ni por qué está allí, pero duerme en la calle,  en el suelo, bajo una manta oscura. Apenas sobresale su cabeza de ella, vuelto hacia el hueco del escaparate de unos grandes almacenes. A los pies de tan inhóspito lecho  hay unos bultos con lo que deben ser el resto de sus pertenencias, penas aparte, que trasegará con el recipiente de cartón que tiene a mano.
Llovizna y un viento frío barre la plaza de un barrio noble. Son las doce de la noche de un sábado de invierno en Madrid. Me abrigo con un chaquetón rojo, acolchado, y una bufanda. Paseo bajo el cala bobos porque acabo de cenar en un buen restaurante y quiero bajar la cena, entretenido con el trasfondo del drama que acabo de ver en el teatro  Bellas Artes, que viene a denunciar la doble visión sobre la mujer desde que Dios creó al hombre.
Estoy a pocos metros de la persona que duerme casi al raso, cubierto por el medio metro del hueco del escaparate oscurecido. Lo miro de frente. Al otro lado de la plaza, a mis espaldas, tengo mi casa. Me vuelvo y distingo una luz tenue en una de sus ventanas  y me  imagino allí, observando esa misma escena. Dentro se estará bien. No hará frío y estaría fumando tras ella con el fondo de  una música relajante. En este lado de la calle no hay calefacción ni música ni luz amortiguada, y seguramente tampoco esperanza ni tabaco.
Sigo paseando y me cruzo con alguien que arrastra un carrillo con diversos objetos y una maleta vieja de ruedas ruidosas. Al volver de mi enésima vuelta, aquel hombre está junto a un pequeño surtidor de agua público lavándose los pies. Unas chanclas de goma sustituyen las gruesas botas que están a su lado. Después lava unos calcetines claros de espaldas a quien duerme apenas resguardado de la humedad, del frío y del viento. En la siguiente vuelta lo veo retornar por donde había venido. Ahora arrastra el carrito y la maleta con la misma mano, manteniendo un difícil  equilibro para que no se vuelquen al rozarse. En la otra lleva algo que no distingo y cuelgan de ella las botas por sus cordoneras.  Entre los pies desnudos y el suelo mojado, solo las finísimas chanclas. Y entre su cabeza y el cielo inclemente un gorro de lana que encumbra una amplia chaqueta vieja. Es grande y corpulento y lo sigo a una distancia prudente. Anda despacio y se pierde por las calles que desembocan en la plaza, remolcando también sus penas.
No los conozco, pero serán alguien. Y habrán tenido otra vida. Habrán abrazado y los habrán besado. Y hasta habrán amado. Tal vez hayan hecho favores y seguro que tomarían el camino torcido en cualquier encrucijada de la vida. O quizás hayan tenido mala suerte. Uno duerme y otro busca dónde. Iría hacia su refugio, que será igual de precario. Como la indeseable noche que nos llevaba. Como sus vidas.
Las luces de las ventanas de los edificios brujulean vidas calientes. Sin soledades ni hambres. Como la mía. Y no hice nada por ellos. Solo observarles.
Doy una última vuelta y noto que algo se mueve debajo de la manta que yace abultada en el suelo. Alguien que respira bajo ella se ha dado la vuelta. Vive y seguramente me mira y piensa. Y yo también. Enciendo un purillo y sigo mi camino. Y mojándome mastico la culpa de pertenecer al mundo del otro lado de la calle. En ese yace un hombre. En el otro, en una cama acogedora del ático de una sexta planta, yaceré yo también dentro de un momento. Pero acompañado. Y caliente. Y cenado. Y con la calma de pisar suelo propio por un mañana quizás mejor todavía.
A ese lado de la calle se tirita. Y se pasa hambre. Y soledad. Y habitan miedos e inseguridades, huérfanos de mañanas.
Esa noche escarchó mi alma. Y hoy, que lo escribo, me duelen los egoísmos que también arrastro con mi suerte. La de vivir al otro lado de la calle, frente al drama real de la vida diaria, que no es teatro.
En el drama del otro lado de la calle siempre azota el tiempo y llueven calamidades. Y sus protagonistas se lavan los pies de madrugada con un agua tan fría como el futuro que les aguarda.
¿De verdad vivimos en un mundo civilizado y moderno porque haya una fuente y escaparates a cubierto? Porque preguntarnos si es justo sería de locos.
Y  de otros dramas, por aquello de la igualdad, de lo equitativo o de lo que sea, dejémoslo para mañana mientras sigamos instalados, los de mi lado de la calle — casi todos—; en el esperpento tragicómico de asomarnos calentitos al espectáculo real de la vida, tras los cristales de nuestra egoísta suerte de cada día, con la vana seguridad de merecérnosla al haber luchado por ella.     


lunes, 5 de marzo de 2018

ZIDANE ESTÁ FUERA



Agotados sus esfuerzos por aparentar normalidades endebles, listo y observador, sabe desde la derrota liguera ante el Barça que su tiempo pasó. Por eso, tantas cosas.
Se siente futbolista, como demuestra la piña con su plantilla sabiendo que es manifiestamente mejorable, y no quiso a nadie en diciembre porque solo él y sus profesionales están en el secreto del vestuario.
Los capos del grupo que ganaron tanto en dos años, desde el pretérito machaque culé, no quieren que asomen por allí carismas diferentes que zarandeen la ‘omertá’ impuesta y aceptada por los demás como aquellas ofertas irrechazables del Padrino. Tampoco las nomenclaturas establecidas. Ni los esfuerzos medidos, que los años pesan. Ni los círculos viciosos. Ni los intereses creados. Ni nada.
En definitiva, y paradójicamente por su calidad, vuelve a cumplirse la inexorable ley asociativa de los mediocres: saben sus limitaciones, pero unidos por éxitos grupales pasados recelan de nuevos aportes revitalizadores; si son brillantes, más. En el fútbol, la veteranía miope agarrota futuros. Y la historia, esa película tan real desde la distancia, lo ha demostrado en todos los clubes; pequeños y grandes. Cuando la treintena mengua el relieve de sus figuras simbólicas, si son raciales, no hay técnico ni presidente que pueda barajarlos, salvo con látigo de varias puntas, porra o guadaña inmisericorde. Y en esas estamos.
Ancelotti tomó partido por los jugadores y Florentino no lo perdonó. Benítez, al contrario, lo hizo por su libreta y por el jefe y las figuras lograron que también lo largara. Y Zidane, que sí es un hombre del presidente y lo conoce como pocos, tomó antes de navidad la decisión de irse en junio porque la humillación culé conlleva guillotina ‘florentinesca’. Y enseguida, conocedor profundo también de ciertos códigos futboleros, se alineó con sus consentidos para tener aliados. Pérez, como Roma, no paga a traidores, pero él se sentía fuera y decidió envainar la espada ejecutiva que su piramidal cargo requiere. Prefirió el diferido laurel de valiente por mantener su postura si alguna flauta sonara. Y solo queda una.  
Mantengo una duda shakesperiana: el ser o no ser del hacedor de la presente plantilla madridista, aunque tengo sospechas fundadas por algunas informaciones internas. Como la clave está en los goles, reiteraré dos casos paradigmáticos. Florentino repescó a Morata de la Juve para revenderlo, pero la ilusión del canterano, el acertado consejo de Zidane y sus goles frenaron varias operaciones en su momento. Después, por la desilusión de jugar poco sabiendo que tenía a otros por delante con menos méritos y más dinero — las apuestas del ojeador, mandamás deportivo y omnímodo Pérez—, cogió el olivo.  Y Mariano, según el presidente, tampoco daba la talla y era carne de negocio blanco. Desconcertado —el rostro en Cornellá cantaba—, Zidane lamenta mustio tales ausencias, pero su lealtad impedirá que largue. Tampoco lo hará después. Se irá como el señor que es, tanto con el señorito como con sus chicos.
Y ahora repasemos a los artistas. Cristiano es insustituible y no entra en  guerras ajenas a sus intereses, salvo cuando le tocan los bemoles; caso de Mourinho. Ramos es el hechicero y sí manda romana, prohijando como llueca a sus fieles con la inestimable ayuda del torpedo Marcelo, que diría Chiquito. Isco, aunque le sobre clase, no es jugador para el Madrid porque ralentiza el juego y le traiciona su narcisismo, por mucho que lo aclame parte del Bernabéu; esa masa borreguil que sustituyó el legendario ¡hala Madrid! por el cutre ¡vamos campeón!; la matraca de los campos y patatales menores. Asensio todavía tiene que mejorar; su individualista partido en Cornellá destapó carencias. Kovacic haría un magnífico papel en cualquier equipo mediano. Kroos está de perfil y Modric tampoco quiere guerras. Nacho, Casemiro, Lucas y Carvajal son clase obrera, y Llorente, Ceballos, Vallejo, Theo, Achraf y Mayoral harían mejor yéndose. Llegaron en el peor momento al ring más difícil. Keylor también se sabe minusvalorado, Casilla vive sus últimas lunas y Bale o Benzemá, o los dos, servirán de contraprestación al enorme desembolso que prepara el despechado Florentino.
El Madrid de Zidane, aunque elimine al PSG, escucha en capilla los trajines patibularios. Con goles hubo alegría, que decíamos; su único sistema. A otra cosa no ha jugado nunca. Y estos años no ha sido poco.
Y aunque todavía puede hacer historia en la Champions, no lo den por muerto, que es el Madrid; quien sustituya al francés portará navaja cachicuerna ‘ansoniana’ —por don Luis María—.   

QUERERES



Una de las ventajas de coleccionar años por decenas es la de poder mirar la vida con perspectiva suficiente para valorarla desde el calidoscopio de sus distintas dimensiones. Las de los quereres son las más agradables.
La otra noche me decía un amigo desde hace casi sesenta años: “José Luis, ¿te das cuenta de cómo queremos a los hijos? ¿De su autenticidad y diferencia con todo?”. A su rostro, mirándome a los ojos con la intensidad y la medio ironía que siempre recuerdo, aunque pasemos años sin vernos ni hablarnos y siguiéndonos mutuamente en la distancia, se asomaba esta vez el corazón. Yo escuchaba con el mío en la mano sus comentarios personales y los referidos a nuestros años de más cercanía. Tal vez sean también los años. Los que por fortuna hemos cumplido ya.
Miguel Ángel me hablaba ahora de sus hijos con la ingobernable pasión que entonces ponía en las montañas que amó desde niño de la mano de su tío ‘el Almirante’, a quien recuerdo perfectamente con sus botas de monte y una mochila siempre a mano, y de la posterior de los secretos y profundidades de los mares que descubrió por esos mundos de Dios, ya en su madurez. Él es así; un apasionado corazón con ojos dentro de un cuerpo fornido en el que apenas caben las ilusiones infantiles y juveniles que le hicieron soñar  y siguen brujuleando en sus adentros hasta salirle a borbotones por todos los poros de su curtida piel. La que se ha ido dejando por ahí a girones en todas las cordilleras, océanos y conferencias del mundo. 
En realidad, me hablaba orgulloso de amor desde el amor. Afortunadamente, porque puedo contarlos con las dos manos, y eso no tiene precio; tengo varios amigos así y ellos lo saben porque a veces comentamos nuestras pasiones. A algunos les he dedicado poemas y con otros ando ilusionado en aventuras líricas.
Ese querer se distingue porque se disculpan sus flaquezas y desencuentros a quienes puedes llamar a su puerta cualquier hora de cualquier día y en cualquier circunstancia; el resto, aunque la empatía mutua raye los límites de la amistad, son conocidos más o menos cercanos.
Mismamente como la propia familia, en la que sobresalen primero los padres y abuelos, referencias más notables e indelebles, después los hermanos en la mayoría de los casos —sobre todo si se ha repartido ya, que dice Alfonso, otro inmenso amigo—, luego el resto, y los hijos siempre y para siempre. Te salgan buenos, regulares o malos, que de todo hay también. A los menos afortunados incluso se les ama más; una  singularidad fundamental, junto a la incondicionalidad y el desinterés, de ese amor de padres al que sin duda se refería enternecido mi amigo.
Nos queda el amor personal como seres vivos: el enamoramiento, que conlleva seguramente las emociones más íntimas. Esa sensación tan gemela a los ríos: nacen como torrenteras o brotando amables sin fuerza que pueda sujetarlos, embelesan por la inmensa atracción que originan, se encauzan progresivamente, generan vida, dan color a los paisajes que atraviesan, se amansan y se hacen profundos o anchos y largos o no según dónde y cómo puedan desarrollarse. Al final desembocan en cualquiera de los mares que cantaron Bécquer y Machado y que ama Miguel Ángel, conocido como “el Murciano” en el universo alpinista y en la escalada mundial.
Y se despidió de mí con una de las frases que primero recuerdo suyas en las que define quién y cómo es: “ … y ya sabes, si se te sube el gato al tejado, llámame, iré enseguida a bajártelo.”


martes, 27 de febrero de 2018

LAS VERDADES DEL BARÇA



Los blaugranas empezaron la temporada entre paréntesis por su inestabilidad institucional y los despropósitos en torno a Neymar, más la inquietante situación de los dos repasos del Madrid en la Supercopa de España.
Aparte, una vez más, el hada fortuna acompañó en esos partidos al campeón, con el autogol de Piqué en el primer gol blanco en el Nou Camp y los dos palos del Barça en el Bernabéu, al margen de los espectaculares aciertos  goleadores de Asensio en ambos encuentros.  Y para no variar, también hubo lío arbitral por la injusta expulsión de Cristiano, con la funesta consecuencia de su posterior comportamiento, empujando al colegiado, lo que lo ocasionó una sanción de cinco partidos. Pero tal vez ahí empezó a tornar para la Liga el capricho del hada suertuda que decíamos, pues esa larga ausencia del portugués marcó, sin duda, el inicio de la sequía goleadora blanca que a la postre ha dado con sus botas en la pelea por ser segundón.
Desazón social, goles extraordinarios en contra, repasos blancos y suerte esquiva. Pero a tales adversidades sucedieron enseguida las sorprendentes realidades del Barça de Valverde, lo que lo hace aún más meritorio: una trayectoria espectacular hasta sus 68 goles a favor actuales —y más de veinte palos—, y 12 en contra en 25 partidos invictos; líder indiscutible y campeón en ciernes cuando aún restan 14 jornadas, con el Atleti en un segundo puesto despegado y el Madrid a 14 puntos.
Esos números son la primera verdad del equipo de Valverde, que es la segunda. Las otras que inventan algunos forofos son tontunas — ¿Cuándo vuelven los goles merengues ya no hay árbitros, verdad? — Al Barça le pisan poco su área y al Madrid mucho. Ha amalgamado un equipo de ensueño en torno a Messi sin echar de menos al díscolo Neymar, con probaturas que no han desequilibrado su progresión hasta los 65 puntos; solo diez perdidos en cinco partidos empatados.
Empezó con Deuloféu, el único lunar, y después han ido entrando Dembélé,  Alexis, Denis, Alcácer o André, a quienes sacó puntualmente del ostracismo, una vez asentados Sergi Roberto en el lateral derecho desde su polivalencia y Rakitic en el todoterreno.  Además, ha sacado un rendimiento relevante a Paulinho, de quien no esperábamos tanto gol,  como alternativa potente y de gran llegada en ciertos partidos o relevo de sus intocables para descansos y  rotaciones.
Y no quedan ahí sus aciertos. El hueco de Neymar en la banda izquierda ha propiciado el renacimiento de dos de sus jugadores básicos, recuperando a los mejores Alba e Iniesta de Guardiola, infravalorados por Luis Enrique. Solo por este detalle, el fútbol, y el español en particular, debe estarle agradecido. Lopetegui debería poner alguna vela a cualquiera de sus devociones para que lleguen en la forma actual al mundial de Rusia; podrían ser determinantes.
Y como guinda, ha devuelto la elegancia al banquillo barcelonista, bastante oscurecida con su antecesor asturiano mal encarado, añadiéndole  la humildad y discreción que lo caracterizan y sin  meterse en los charcos del genio del lacito amarillo —gilipollez supina—, su antecesor en tanta sabiduría, quien pierde con sus meteduras de pata políticas la admirable semblanza que gana como futbolero.
Elegancia, sabiduría, humildad y discreción son dones asociados siempre a los verdaderamente grandes. Y si a tales dones sumara Valverde los éxitos que se vislumbran,  ganará un puesto relevante en el sitial de los cimeros históricos del fútbol.  
Finalmente, hay otro detalle que indica una particularidad esencial de su equipo. Para marcarle al Barça, una de dos, o son auténticos golazos, normalmente desde lejos, o suelen ser producto de rebotes o golpeos tan extraños como el de un delantero del Alavés en el Nou Camp, quien le dio con la derecha al balón sobre la bota izquierda para conseguir una trayectoria inexplicable hasta para él mismo. Lo que indica que la base de su espectacular juego es una defensa extraordinaria, empezando por los delanteros, interiores y  Busquets y acabando en Ter Stegen, con Piqué y Umtiti arrolladores más dos laterales que parecen acordeones, todos con la presión, la calidad, la potencia, la rapidez y la anticipación por banderas.
Si le sumamos la suerte —Londres— necesaria siempre para triunfar, y disponer del mejor del mundo de todos los tiempos en su versión ideal, Messi, jugando, haciendo jugar, pasando, robando, liderando y goleando, se comprenden mejor las verdades reales del Barça de Valverde. Otro equipo para la historia si las refrenda en Europa.
            

sábado, 24 de febrero de 2018

'VÍCTIMOS' OLVIDADOS Y TONTUNAS DE GÉNERO



Caminaba el hombre encorvado y mirando al suelo, como si además del cuerpo le hubiera encogido el alma y buscara en la punta de sus deslustrados zapatos algún resorte para huir hasta de sí mismo.
Un amigo lo vio venir como quien avista a un esforzado porteador del Himalaya, doblado hasta parecer una vieja y oxidada alcayata arrancada de la peor de las mugres; nada pesa más que la humillación personal asumida.
Y a media voz le confió sus penas. Además de deprimentes, lo peor era su  resignada aceptación. Y hundido, se despidió de él sin aguardar más respuesta que un desconcertado “lo entiendo” por su parte.
Pero una madrugada vio la luz y se levantó enhiesto de su abandono. Así, alzados el cuerpo y el espíritu, con la vista larga tras haber doblado el cabo infernal de sus miserias, desplegó velas hacia un futuro venturoso. Y navegó mares calmos, increíble y gozosamente veloz, empopado de fuerza íntima cuando otros quedaban atrás con potentes navíos bien aparejados. Una cálida brisa suave e imparable le llevaba henchido de orgullo y en volandas hacia los ojos asombrados de sus hijos y amigos, sonrientes al final de aquella dichosa travesía.
Sin embargo, en la página siguiente del sueño,  se vio desde su nube de algodón, cuan alfombra mágica de los cuentos orientales que leía de niño, solo, sin un duro, amargado y deseando no haber tomado nunca aquella decisión. La que tanto envidiara en silencio de algún conocido, quien decidido y suficiente hasta la prepotencia y el egoísmo más despreciables, tras hacerle la vida imposible a su mujer con continuos desvaríos y amenazas de todo tipo, había abandonado la casa familiar para conquistar ese mundo inalcanzable para él de las comilonas con los amigos, las juergas de madrugada y el gozoso vivir de gorrino suelto.
No todos esos valientes eran así, se decía para perdonarse tan secreta aspiración; él jamás hubiera dejado a los suyos en desamparo y ni mucho menos se habría atrevido a maltratar de ninguna manera a quien más debía querer.
Y descartado una vez más tomar los hábitos de la libertina orden de crápula, le despertó la voz desabrida que lo avivaba a diario con aspereza. Se aseó presto sin hacer ruido y, también todo lo discreto que pudo, sorbió nervioso un desmayado café con leche en las tinieblas voluntarias de la cocina y con un tímido hasta luego se apresuró hacia la calle.
El recuerdo de otros desdichados que rumiaban su ruina económica y moral por la estéril osadía derrochada al separarse o divorciarse, voluntaria o sibilinamente propiciada por sus cruces maritales, a veces amancebadas con otro enseguida en el hogar de su préstamo perpetuo; lo afirmaba en la permanencia indecisa en ese purgatorio roedor a la espera indefinida de una gloria inaccesible por las circunstancias; entre otras por unas leyes que debían protegerle.
Cuando hablaban de violencia de género y escuchaba su variedad, le confundía adivinar en cuál catalogar la suya; padecida o culpable, que tampoco distinguía ya.
Lo más sereno que había escuchado en años de su propia, entre reproches malsonantes, fue que quién iba a quererlo a él, con lo feo, amorfo, loco, desaliñado y don nadie que era. También lo tenía asumido.
Y esos días salía de casa sin un portazo para no alarmar a sus hijos,  quienes a veces lo miraban entre aturdidos e inquisidores; ‘víctimo’ añadido a tantos desamparados por los nefandos políticos legisladores, quienes en lugar de aplicarse inmisericordes con los maltratadores indiciarios o consumados, o maltratadoras, criminales reales o ‘criminalas’ sibilinas, que de todo hay; se ceban en el cobarde anonimato de la violencia de género para todos, que no para todas.
La injusta Ley presupone criminalidad en la condición masculina, hasta el punto de tener que demostrar su inocencia en caso de conflicto; contradicción flagrante con la constitucional presunción de inocencia.  A la denunciante o ‘denuncianta’, según algunas lengüicidas defensoras de tan grosera discriminación, le basta normalmente con hacerlo eximiéndole de la carga de la prueba; otro principio fundamental en Derecho.  
La Justicia tan al revés como desnaturalizada nuestra Lengua.

lunes, 19 de febrero de 2018

SIETE MAGNÍFICOS, UN GIGANTE Y EL BECARIO



Paradójicamente, muchos madridistas irredentos y algunos amigos han vuelto a taparse. ¿Dónde están los impenitentes de la flor de Zidane?  Esos que cualquier triunfo pasado fue de los futbolistas o de la supuesta suerte del francés y las derrotas solo culpa suya.
El protegido de don Florentino erró en la confección de esta plantilla, eso es tan claro como que gestionó con notabilísimo éxito la heredada. Otra cosa es que yerre o acierte en sus planteamientos y cambios. Y ahí tenemos de todo, también como todos. Contra el PSG hizo pleno. ¿Qué le acompañó la fortuna? No hay ningún campeón sin ella. Y fue así porque los otros seis magníficos del Madrid también la tuvieron y el becario Emery no, errores aparte. Aunque la película hubiera sido muy distinta si le acompaña la suerte. Ahora sería figura y Zidane un petardo.
Casemiro y Ramos sacaron yendo al suelo y con la punta de la bota dos balones que iban directos a gol, perdiendo ya por uno, y Keylor evitó otro con una mano prodigiosa.  Cristiano, tras confirmar su categoría en el penalti, marcó su ciento uno de rodilla izquierda —¡tela!— y Marcelo de carambola con el suelo y un rival. ¿Acierto? ¿Suerte?  Las dos cosas al tiempo. ¿Y Asensio? Puso dos buenos balones y el rechace del portero  en uno de ellos rebotó en Cristiano y supuso la remontada. ¿Cuántos pases parecidos llevan sin suerte Isco, Lucas, Carvajal y él? Los goles son la ciencia del fútbol. Por cierto, ¡menudo medio el gigante canterano parisino Rabiot! Con Mbappé, Neymar y Marquinhos lo mejor del PSG.
El árbitro, ese demonio con pito que critican sus forofos cuando los merengues palman aquí, sancionó un penaltillo a favor y no vio otro en contra que pudo pitar. ¿Estaba comprado? Creo que tanto como los que en liga  favorecen supuestamente al Barça. Solo aprecian, juzgan,  yerran y aciertan.
La clave, aparte de lo dicho y del insustituible coraje que decíamos la semana pasada, estuvo en los banquillos. Lo peor para Emery es su reincidencia en Champions y en España. Hace un año se equivocó en el Nou Camp tras barrer al Barça en París; si hubiera salido a jugar como sabían y no a encerrarse no le meten seis goles los culés. Y el miércoles erró con un inexperto mediapunta argentino de mediocentro, para gozo de Isco y Kroos,  y en el cambio de Cavani por un lateral para adelantar a Alves. Por esa banda vino su cólico; idéntica cagalera que en 2017. Entonces dijimos que debía repensarse porque no dejaba de ser un becario muy justito para equipos grandes. Le prorrogaron el Erasmus, pero seguramente contempla sus últimas lunas llenas sobre París; esa maravilla que cantaba excelsamente Ana Belén.  Meterle dos o tres goles a los blancos sin que marquen me parece complicado, aunque tampoco sean los de Zidane un crisol de seguridades.
Advertimos que el Real se transforma en Europa, y hasta que se encuentre con los extraordinarios Barça o City, salvo pájara de Guardiola, que no sería la primera, es osado apostar en contra.
Zidane se irá porque el Barça liquidó su etapa. Sabe demasiado de esto, por mucho que algunos no lo vean, y dejará la puerta abierta. Pérez lo valora, pero es implacable y quiere a  Löw y Neymar, aunque lo del brasileño está verde por el dinero publicitario qatarí de su mundial, al margen del contrato parisino. Lo normal es que intente traer al goleador Kane jugando con la connivencia de Pochettino, quien se sabe blanco in pectore por simpatía presidencial después de Löw, un par de años máxime, que es la duración media de los últimos técnicos de Florentino, o como alternativa si el teutón se enquista de nuevo. Lo de Guti es un brindis cachondo de los voceras bien mandaos bajo la sonrisa maquiavélica del capo di tutti blanco, condescendiente con sus malintencionadas birlochas al viento. Y también vendrán un central, otro delantero —Benzemá y Vallejo están fuera—, un portero, un lateral —Odriozola— y dos medios; Modric, Kroos, Casemiro, Marcelo, Carvajal y Keylor precisan competencia. El Mundial de Rusia despejará incógnitas del aquelarre que maquina Pérez, que no será pequeño, visto el deprimente curso que padece. Saldrán media docena.
Liverpool y City arrasaron—espectaculares—, el Tottenham brilló en Turín y esta semana más. Barça, Chelsea, Manchester United, Sevilla… O  Messi, Iniesta, Mourinho, Conte, Hazard —otro sueño blanco—, Morata, Pogba, Banega… ¡Fiesta!  
     

viernes, 9 de febrero de 2018

EN EUROPA APRIETAN CULOS Y AFILAN COLMILLOS



Es más fácil juzgar a los demás. Y aprendemos poco. No se trata de culparnos por todo y condenarnos, que es insano y camino de depresión, sino de analizar cualquier circunstancia que nos afecte para sacar conclusiones; a ser posible positivas. Una buena puede ser reconocer nuestros fallos o carencias para intentar superarnos. Y otra valorar los puntos fuertes ajenos y aprender también de ellos. 
En el fútbol ocurre igual y los blancos recalcitrantes deberían saberlo. Con el añadido de ser un juego competitivo, por lo que influyen el azar y los rivales. La derrota suele coincidir con el mal juego; a veces plaga porque en todos los deportes las rachas existen, pero también influyen otras cosas. Tú puedes estar muy bien, pero a veces la pelota no entra o los contrarios son mejores. O simplemente estás de pena, aunque a veces soples y  suene la flauta, como contra el Deportivo y el Valencia. Y todo eso le ha ocurrido al Real Madrid en esta media temporada.
Los de Zidane han perdido puntos justamente —contra el Levante, por ejemplo— y también por mala suerte. Y no es justificar nada; sería absurdo. Es evidente que Cristiano no está, sobre todo en liga, porque en Champions sí mantiene su promedio goleador; que Kroos debería repensarse, que sin Nacho, el centro de la defensa es un coladero; que los laterales atacan más que defienden, que Isco y Asensio florean, que solo Casemiro y Modric mantienen el nivel, que precisan doce ocasiones para hacer gol, sinónimo de mediocridad, o ni las crean, más por desconfianza que por poca calidad; que su dominio es infructuoso y que en el banquillo tampoco hay alternativas tácticas o de corto, lo que habla de mala gestión del técnico, que fue lo que se le alabó el año pasado; y que es cansino reiterar que en el fondo subyace  la falta de goles y que así es el fútbol.
Para completar el cuadro, enfrente está el espectacular Barça de  Messi —¡cómo se nota cuando falta!—, Busquets, Piqué, Alba, Umtiti, Suárez, Iniesta —¡cómo está!—Sergi y Valverde,  encaminados a batir records culés de imbatibilidad. Una tormenta perfecta para la escuadra que comanda de todas las formas posibles Florentino, salvo el criterio mantenido por Zidane de aguantar con su plantilla hasta el final, lo que demuestra que al francés no le faltan personalidad, valentía,  responsabilidad ni lealtad a sus principios y a sus jugadores. Todo lo demás se le puede discutir y criticar. Entre otras cosas porque no es ciencia sino juego. Y además entre humanos, y muchos, que comporta una aleatoriedad tan manifiesta como inabarcable.
Aún es posible que la Champions sea bálsamo, e incluso un laurel histórico si lograra la tercera consecutiva y cuarta en cinco años, aunque cualquier aficionado diría a estas alturas que entre el Barça, el City de Guardiola, el PSG qatarí de Emery e incluso el Bayern de Heynckes estará el próximo campeón. Pero si echamos la vista hacia atrás la historia desmiente a los favoritos nominales; más en la del Madrid.
Es una delicia ver jugar a esos cuatro equipos, sobre todo a los de Manchester y Barcelona, porque los de París juegan una liga menor y los muniqueses reinan sobrados en Alemania. En Europa tendrán que refrendar unos y otros su suficiencia. Y ahí, el Madrid es otro cantar. La historia también lo muestra.
Los  merengues deberían aprender de sus errores y dejarse de señalar lastimosamente a los árbitros, porque, en efecto, no le piten al Barça penaltis en contra. Los árbitros no han influido en su legendaria historia, y si lo han hecho no ha sido para malo precisamente; lo mismo que a los azulgranas. Su atención en liga debería ser clasificarse para la próxima Champions.
El Barça va como un tiro, merecida y espectacularmente,  y el Madrid con muletas. Pero en el fútbol, como en la vida misma, los guiones se escriben marchando. No hay libreto, de ahí la magia de sus pasiones.  Y a veces nos sorprende quien menos te esperas.
Y ahora aguarda Europa, que dictará sentencias, una vez que la Liga es tan culé como la fuente de Canaletas.  Esperemos que nuestros equipos estén a su altura. El Barça no necesita avales; con el juego y los goles que origina Messi deslumbran. Y el Real…, ¡ay el Madrid! 
Pero yo no apostaría en contra.  Cuando asoman comanches en Europa aprietan el culo y  afilan colmillos.    

jueves, 25 de enero de 2018

DON GOL DE LOS GOLES GOLEROS


Por su ausencia, ese es el verdadero responsable de la ruina blanca. Todo lo demás son cuentos y cuentas mal hechas. Veamos algunas evidencias.
Zidane está en el inicio de su carrera a pesar de los relevantes éxitos en los últimos dos años con el Real, y por lo tanto comete más errores que si fuera un consagrado, pero ni era tan excelente antes ni es tan torpe ahora. Es el mismo buen gestor, con las consecuencias negativas de su cuestionable planificación de la plantilla; tan débil como negativos son sus resultados. Otra cosa es si fue el arquitecto o si solo tuvo el amén como última palabra ante poderes superiores. Y en ambos casos la pérdida de su puesto estaría justificada. En el primero por errónea y en el segundo por calzonazos. Al gerente de una empresa se le mide por sus resultados y cualquier otra explicación es inútil si el final es ruinoso.
El principio del fin del elegante técnico —loable dar la cara ayer por el equipo— fue su malhadado partido contra el Barça, en vísperas de  Nochebuena, que resumimos con que el Barça se llevó, refiriéndonos básicamente al Madrid de Zidane.
En todo caso, aún le queda el cartucho de la Champions por muy negra que pinte la cuestión. Como bien dice Cristiano, y le honra como apoyo complicado y valiente a los suyos, aún les quedan batallas por dar y ganar. Si lograra ganarla por tercera vez consecutiva hablaríamos en mayo de que habría hecho época en el Madrid, y la crisis que ahora le agarrota quedaría olvidada o aparcada hasta el inicio del siguiente ejercicio.
La segunda evidencia es la falta de confianza que atenaza a los futbolistas blancos. Y volvemos a lo mismo. Ni eran tan fenómenos hasta final de agosto ni son tan petardos ahora. En unos meses ningún futbolista pasa de muy bueno a pésimo ni al revés.  
Asensio, por ejemplo, ni estaba para el balón de oro por los dos golazos que le hizo al Barça, como algunos decían y escribían, ni ahora para darle la baja. Isco, caso diferente al balear, ni era el sucesor de Iniesta antes, por decir algo, ni es una rémora ahora. Anoche decía Valdano que era quien se  salvaba de la debacle, y aunque se puede estar de acuerdo en muchos de sus análisis, en este es fácil discrepar. Que la pida siempre no significa que haya superado su gran hándicap. Hace tiempo que lo catalogamos como un jugador de mucha clase, pero no más que la de Guti, quien nunca fue titular indiscutible en el Real y mucho menos en nuestra selección. Y ambos carecían de lo mismo: jugar al primer o segundo toque tras controlar orientado porque no son delanteros sino interiores. Tampoco representan pulmones insustituibles que empujen al equipo ni esos medios que con pierna fuerte lo soportan. Y ni siquiera — ni Modric, Kroos, Asensio o Kovacic— centrocampistas con un radar en la cabeza para ver hasta por detrás. Son futbolistas con la categoría de internacionales, pero sin la de auténticos fenómenos mundiales que se requiere para ser guías de un equipo con las exigencias de todo un Real Madrid. Buenos complementos, que no faros que alumbren a un equipo de tal relevancia.
Bale y Benzema tienen sus puntos fuertes, pero tampoco suficientes para considerar que han marcado o marcarán la historia blanca. El primero por estructura corporal de vidrio y el segundo por intermitente consumado. Ambos son prescindibles, y mucho más cuando la falta de gol ahoga hasta la asfixia a su equipo.
Urge recuperar al mejor Cristiano, que ya no será el de hace unos años, la edad manda; pero sí un goleador imprescindible todavía para cualquier equipo de élite.
Por eso, teniendo a Don gol —Cristiano—, Florentino debería pensar en dos goleadores contrastados, reiteramos, y traer a toda costa a un De los goles y a otro Golero que ayuden a recuperar el crédito perdido.
Los goles, y no los nombres — dudosamente Neymar—, harían que la orquesta sonara de nuevo. Los jugadores citados y los demás volverían a ser tan buenos como en el pasado reciente. No los mejores, pero sí suficientes.

Finalmente, a pesar del empeño de la mayoría —¿qué decían o pensaban y dónde se escondían los dos últimos años?—, Zidane merece decidir si dentro o fuera, salvo que no haya aprendido de sus errores. Florentino debería saberlo y obrar en consecuencia.

jueves, 18 de enero de 2018

LA SAETA DE ZIDANE


Reitero a don Antonio Machado para referirme al balompié porque también luce lírica. Y parafraseo facilonamente la esencia de la copla popular que encabeza su emocionante saeta, pidiendo un goleador para subir al madero y quitarle los clavos al Madrid ‘zidanero’, porque yo sí creo que esto es solo fútbol.
Ante el Villarreal mejoró en actitud, sobre todo, aunque sin gol cualquier planteamiento es estéril. Si juegas bien, el acierto goleador parece consecuencia, salvo mala suerte, que también cuenta. Si lo haces regular, enchufarla luce la parte buena de tu juego; lo que más se canta. Y si lo haces mal, el gol ganador cubre con su benéfico manto tus carencias.
Zidane tiene parte de razón al no hallar explicaciones más allá de la carestía goleadora, pero deberá componer una saeta, aunque me temo que la imaginación no es su fuerte, y cantarla antes del cruce con el PSG para motivar las emociones y salvar su cabeza y la de algunos de los suyos en llegando la calor huertana.
Es difícil reconocer al Real en el equipo ramplón que precisa tantas ocasiones para hacer gol, cuan equipo de inferior categoría frente a grandes, medianos o pequeños.
Y para renacer, en jerga poética, deberá rimar a sus delanteros con los centros laterales; demasiados a la olla porque los pases al pie o al hueco suenan mejor. Y musicar sus remates con las mallas rivales. Y medir los toques de sus interiores y defensas en corto o en largo con los desmarques de aquellos. Y así alternativamente, porque los cambios de juego y ritmo también son poesía.
Como referencias destacadas, Marcelo debe sufrir cataratas y reuma porque no ve huecos claros desde hace mucho ni desborda hasta la raya para dar pases mortales hacia atrás —no los simplones que algunos indocumentados llaman así—, aparte de bajar al trote borriquero. Modric y Kroos hace tiempo también que no lucen ni son decisivos. A Cristiano parece que le hubieran echado mal de ojo. Isco, que prefiere sobar a jugar rápido al toque, y Asensio, cuando lo saca; juegan más al veo y no te veo que a la pelota. Bale continúa empeñado en reivindicarse hacia el palco con escasa fortuna ante su cada más desencantado Florentino. Y Benzema sigue sin estar por mucho que aún lo espere su técnico.
Zidane deberá hacer lírica de la buena, la emocionante, tanto culta como popular, de ahí la saeta; para rearmar la fe parroquiana y salvarse de la quema que les aguarda a él y a algunos de sus trece, con los que se ha empecinado y solo en parte le honra, al final de esta probable luctuosa procesión merengue.
Mientras, el Atlético ha vuelto a la fe cuasi religiosa de Simeone, la que le hizo grande: si marcan primero normalmente puntúan. Como ejemplo palmario, el cambio tempranero del goleador Gameiro por Fernández en Éibar. Los colchoneros, con Koke, Oblak y Thomas espectaculares, además de Saúl, Griezmann y sus fichajes Costa y Vitolo, sí pueden dar alguna emoción a esta liga de estelar tinte blaugrana. Aunque el Barça, si continua su extraordinaria trayectoria —están haciendo todo lo posible—puede batir  record de diferencias con el segundo, amén de la brecha histórica con el Madrid. Juegan bien, asombran a propios y rivales y golean fácil con Messi y ¡Alba! deslumbrantes; ¿dónde está Neymar, Luis Enrique?
Valverde escribe uno de los romances futboleros más bellos, porque además será histórico, y enderezará la humorada del genial Marx, el del puro, de alcanzar las cotas más altas desde la más absoluta de sus miserias veraniegas.
¡Qué poco conocen al omnímodo Pérez quienes afirman que, debacle blanca mediante, y los hay muy ilustres juntaletras y voceros; Pochettino sería el sustituto de Zidane! Al presidente orquesta, en su absoluta soberbia, solo le valen los números uno, y el argentino todavía no ha ganado nada. Benítez era más y recuerden. Hay mundial, Alemania y Brasil son favoritas —junto con España—, y lucen dos ases rutilantes, uno de largo y otro de corto. Blanco y en botella.
Al calculador presidente, sin embargo, puede asomarle un forúnculo si Zidane toma del olivo antes. El Bernabéu tiene buena acústica y la música de viento acojona. Y más si se acompaña de pañuelos hacia el palco. Tan vistoso escaparate su sobrada señoría no lo aguanta y, a las malas, tratará de sostenerlo hasta junio. Además, todavía es Zidane; su apuesta más personal. Cualquier otro, hoy sería historia

jueves, 11 de enero de 2018

LA BARAJA DE CRISTIANO


Desde su iconográfica muestra como rey de copas sonreía, pero el rictus y la ostentación ocultaban su desengaño. Ser la sota de oros le atormenta; Messi es el rey áureo y Neymar el caballo. Y por eso pretende que don Florentino le baraje de nuevo, sabiendo que el baranda merengue, aparte de andar siempre tras los ases y disponer de un mono sempiterno en la manga, nunca lo ha considerado caballo de su hierro aunque sea el más lucido de su cuadra. No es baladí el hecho de haberle recomendado un pienso hasta junio, cuando podría haberlo enjugascado hasta ese momento con halagos y algunas cartas menores; furufalla y glea, como decimos por aquí.
Cristiano Ronaldo puede presumir de corona de copas, y hasta de bastos por la contundencia primaria de su juego, aparte de la de espadas por su espíritu luchador, pero la de oros se la tiene merecida Messi. Otra cosa es que le hayan arrebatado el caballo, que siempre ha ido alternando con las otras figuras mayores con su tan glorioso como menudo rival. Él sabe que se queda sin tiempo para estirar la disputa, porque tanto Messi, por su polivalencia, como Neymar por edad, quizás le hayan ganado ya la mano. Para un goleador el físico es más importante que para cualquier otro futbolista, y hace algún tiempo que los años frenan al portugués. Marcará goles mientras juegue, pero una cosa es hacer varias docenas al año y otra muy distinta mantener solamente la dignidad. Del mejor a gran goleador o a buen delantero se mueve también la horquilla salarial futbolera. Y, además, sus rivales, en especial Messi, pueden bajar el pistón goleador y seguir siendo los mejores del mundo en su puesto; el argentino ya lo hace.
Así que se avecinan tiempos complicados por Concha Espina. A la tormenta Zidane se le acerca el tifón Cristiano. Y juntos, como es muy posible que ocurra en el primer semestre del 18, pueden ocasionar un huracán desastroso. Pero ahí estará la ambiciosa mano de don Florentino. Tiene varias opciones, dentro de lo azaroso del fútbol, pues un tercer triunfo consecutivo en Champions puede ser el mejor pararrayos, cosa difícil, aunque más real que la finiquitada Liga. La inferior Copa del Rey tampoco arreglaría nada.  Si se acaba en secano, como es muy posible tal y como está ahora el Real, dejaremos el ojo y entraremos antes del Mundial en pleno huracán. El mandamás blanco barajaría de nuevo, pero sin Zidane ni Cristiano en su mesa. Sus cartas las pintarán otros. Ya anticipamos lo de Löw y Neymar.      
Y ahí aparece el PSG; tercero en discordia. Un cambio de cromos es tan irreal ahora como realidad palmaria puede que ya masticada. El jeque blanco y los auténticos quizás estén barajando la próxima partida.  Un acuerdo de intereses.
Febrero, primero, según les vaya el cruce, y junio después, según acabe la  Champións, determinarán los cambalaches. Dos clubes en idéntica encrucijada. Cristiano ya lo ha ganado todo en el Madrid y un año de sequía sería demasiado tanto para sus ambiciones como para las de su presidente. Y otro año irrelevante en Europa supondría despertar del enésimo sueño frustrante para los qataríes.  Habría que cebar la bomba, siguiendo el prontuario de Pérez, y tanto a él como al Fondo Soberano árabe del PSG les sobra capacidad y atrevimiento para hacerlo.
Así, Ronaldo recuperaría el rey de oros que tanto le obsesiona; Pérez mostraría en el Bernabéu otro trofeo de tropecientas puntas, el deseado Neymar, aparte de su sueño húmedo alemán, Lów; y los árabes franchutes ganarían otro periodo de ilusiones europeas. Seguramente, ¡ojo!, con el propio Zidane a los mandos. ¡Ahí es nada!
¿Les extraña? Pues no se asusten, no, y agárrense que arrecia el viento.
Mientras, el Barça acelera con la culminación del fichaje interruptus de Coutinho del pasado verano. ¿Otro gatillazo? Ya veremos. Con Valverde barajando hay muchas posibilidades de que el brasileño menudo ligue bien con su fenotipo argentino. De nuevo el fantasma blaugrana amargaría los sueños de don Florentino, porque, así como Cristiano no arreglaría las carencias de los jeques, Neymar tampoco haría olvidar al portugués.
Una sombra culé haciendo pipí hacia el Sena y el Manzanares sería el sórdido cartel de esta insospechada película.
Y Ronaldo pidiendo cartas nuevas mientras su presi se reconcome con el Barça y sus records monetarios futboleros en pocos meses. Vaya tela… ¡A que le tira el mazo a los blandos!

                

martes, 26 de diciembre de 2017

LO QUE EL BARÇA SE LLEVÓ


Más allá de la Liga 2017, los de Valverde se han llevado  por delante al Madrid de Zidane. Y es una pena, porque al viento fresco que supuso el francés hace ahora dos años le hubiese venido bien una prórroga. Pero la ley del fútbol es tan inexorable  como la guadaña de Pérez a las malas, en versión fútbol español de siempre. Aquí no se llevan los técnicos duraderos en función de una idea singular, como ocurre en los flemáticos clubes ingleses. En nuestra vieja piel de toro futbolera reina el cainismo, como en todo lo demás, y los peores enemigos suelen estar dentro. Ya lo dijo el irrepetible Pío Cabanillas, ministro con Suárez en la Transición: “cuerpo a tierra que vienen los nuestros”.
Decíamos hace unos días que don Florentino cabalga de nuevo, y es que presagiábamos lo que iba a suceder. Y no es que veamos o sepamos más, que de esto nadie entiende lo suficiente para ir de gurú, sino que nos daba el pálpito; pura intuición, constatada por hechos propiciatorios. Y era así porque Zidane ha renunciado a los hermosos ideales que trajo cuando lo llamaron como solución de urgencia ante el despido de Benítez, en tan acertadísima como arriesgada decisión del presidente blanco. Entonces, a primeros de 2016, lo hizo aparentemente sin ataduras. Y desde que la fortuna le sonrió, que no otra cosa fueron los dos golazos veraniegos de Asensio al Barça, sin restarle méritos al joven balear; creyó llegado el momento de mezclar en el césped los deseos de su valedor —el mejor Florentino, primero, y el maniobrero de siempre—, con sus incipientes dotes tácticas. Y así, encaramado a su extraordinaria trayectoria, empezó a lucir unas ocultas dependencias; las suyas propias, que sería peor, o las derivadas de su jefe, que tal vez no las mostró antes forzado por las no menos extraordinarias circunstancias que hubieron de soportar en sus primeros diecinueve meses. La sombra de su presidente es muy alargada, y las apuestas del insigne francés por mantener a Bale entre algodones cuando no jugaba, negándose a pedir su traspaso en verano, y la de mantener la titularidad del tan excelente futbolista como ahora negado cara al gol Benzema contra todos, han propiciado dos evidencias muy preocupantes: el Madrid es pura mediocridad de cara al gol, debiendo generar demasiadas ocasiones para hacer diana, como los equipos del montón; y el ostracismo de jugadores como Isco, Asensio y el desaprovechado Ceballos en beneficio de los dos anteriores; claras apuestas presidenciables fallidas para oscurecer a Cristiano. Morata no es la solución a todos los males, no, pero al de su falta de gol sí. Es más, tal vez ahora, de haber sumado los goles que con toda seguridad hubiese hecho en los partidos anteriores, tras el cero a tres de ayer hablaríamos de la pérdida de una batalla y no de la guerra.
Lo intuíamos. Hace semanas que venimos anunciando tiempos complicados para los blancos, más allá de la mala suerte que también le acucia. El cabezazo al palo de Benzema o el fallo en franquía con la izquierda del bullicioso Cristiano son dos muestras de ello, cuando aún reinaba el empate, porque las demás ocasiones fueron abortadas por el mejor portero actual del mundo, Ter Stegen, quien con Messi y Valverde son los bastiones sobre los que cabalga el Barça triunfal de este año. Solo hay que ver los rendimientos del sorprendente Paulinho, del rejuvenecido Iniesta, del renacido Vermaelen o del apestado Alba de Luis Enrique, presididos por el omnipresente Piqué, que dio un recital en el Bernabéu; para entender la loable gestión del entrenador, porque a los demás no los ha descubierto él este año.
El Madrid resistió solo el primer tiempo, cuando hizo un fútbol intensísimo robando balones al Barça cerca de su área y propiciando varios errores consecutivos de Busquets, apretado  bien por Kovacic, pero en la segunda, tan menguadas las fuerzas merengues como rehechas las filas azulgranas, con Busquets en plan estelar bien secundado por Rakitic y Sergi Roberto, los de Valverde impusieron su ley. La que le hace mandar en la Liga y en Europa: escasos goles en contra y máxima efectividad a favor. El abecé del fútbol.

Valverde vadeó el primer tiempo, y en el segundo salió diciéndole a Zidane aquello de ya sé quién eres, dónde vives y cómo trabajas. Lo demás, como la Liga 2017, ya es historia.  ¿El futuro? ¿Les suena Löw?               

miércoles, 20 de diciembre de 2017

FLORENTINO NECESITA A NEYMAR


Pero la duda es si le conviene al Real Madrid. Hace tiempo que el omnímodo Pérez anda tras un trueno, ya que su enorme acierto al elegir a Zidane empieza a aburrirle porque no se le ha reconocido tanto como esperaba, además de que el juego no alcanza la excelencia prometida, más allá del incuestionable éxito de haber conseguido diez de los doce títulos disputados en su corto periplo.
Así, a pesar de tal proeza, culminada con el magnífico partido en Abu Dabi frente al Gremio para hacer de 2017 el mejor año de la centenaria y brillante existencia blanca; don Florentino considera menoscabado su pedestal. Para sus adentros, no se le magnifica  suficientemente por los extraordinarios últimos tres años de la segunda etapa de su ya luengo mandato. Y eso, unido a que paradójicamente la presente temporada puede acabar en secano, hace que el presidente blanco prepare el sonado fichaje de Neymar como bálsamo para sus seguidores, sordina ante el contratiempo y botafumeiro hacia su figura, por si alguien olvidaba que sigue ahí, al pie del cañón Real, tan inasequible al desaliento como artillero máximo del club más laureado de la historia. Pérez en estado puro, más líquido, sólido y gaseoso que nunca, para esos que hacen vaticinios sobre quién le sustituirá, e incluso ven su mano meciendo la cuna del supuesto sucesor. Pero olvidan que los hombres así son “insucedibles”. Después de ellos, el diluvio. Y si lo propician es con la vana esperanza de que inciensen su figura hasta el arrebato, aparte de para poder manejarlo entre bambalinas, como la historia de la humanidad nos abunda.
Para don Florentino, como genuino forofo blanco, el Barça representa el compendio de su bestiario. Nada le place más que machacar a los blaugranas dentro y fuera del terreno de juego. Ni nada le causa más frustración que los éxitos culés, igual que sucede al contrario con los forofos blaugranas.
Dos ejemplos: basó su triunfo electoral a la presidencia en el año 2000 en arrebatarles a Figo, y dimitió amargamente en 2006  al verse impotente dos años seguidos frente a Rijkaard, Ronaldinho, Etóo, Deco y compañía, a pesar de sus incontables y costosísimas apuestas por los segundos galácticos en tres temporadas de atroz sequía de títulos.
Más duros fueron los inicios de su segunda etapa, coincidentes con la mejor histórica del Barça con Guardiola, que fue capeando con Mourinho de falsario estandarte y Ancelotti de fetiche glamuroso, hasta el punto de tener preparada la dimisión poco antes de la final de Champions de Lisboa contra el Atlético. Él agónico testarazo del desde entonces legendario Ramos le salvó del desastre y propició su mejor etapa, tras sus tres primeros años con el heredado Del Bosque a los mandos: dos Ligas y la Champions de Zidane en Glascow.
Por eso ahora, tan listo y brillante como maquiavélico, cree llegada la hora de cebar de nuevo la bomba, en fiel expresión suya, y Neymar aparece en  como la enésima reinvención de su reinado. Muchos —el target del relamido presidente—, ya entornan los ojos e imaginan los gambeteos del frívolo brasileño por el Bernabéu. Y, para mayor gozo, suponen el llanto y crujir de dientes que significarán por las gradas, el vestuario y el palco del Nou Camp; la gloria no sería completa si no apareja la desdicha del endemoniado rival, con Messi demasiados años ya de máxima figura mundial.
Y eso a pesar de disfrutar de Cristiano, el mayor goleador de la historia blanca y seguramente de la mundial, pero al genio portugués lo trajo muy a pesar suyo otro fantasma de Pérez, Ramón Calderón, y eso es algo que aún no ha digerido el ingeniero futbolero. De ahí sus intentos de destronarle con Benzema, primero, y Bale después; dos intentos fallidos. Pero a la tercera debe ir la vencida, una vez que los años empiezan a pasar factura. Cristiano seguirá marcando goles aun jubilado, pero la velocidad ya no es su fuerte y el regate no lo fue nunca. Espectáculos que asegura Neymar, aunque ni de lejos ni soñando marcará nunca los goles del portugués.
Florentino necesita a Neymar, sí, pero el Madrid precisa de alguien que garantice parte de los goles de Cristiano, porque los mismos será imposible hasta dentro de demasiados años para que Pérez pueda reinarlo.

Otra cosa es cómo sonará semejante trueno en el vestuario blanco. Nada bien, seguro, entre algunos estandartes, con Ronaldo a la cabeza. Mal asunto.                  

jueves, 14 de diciembre de 2017

GOL, VELOCIDAD Y CHARLATANES


De las escasas verdades futboleras a la estupidez solo media el corto trecho que separa lo evidente de lo simplón. Los goles culminan el juego, bueno, malo o regular; y justifican explicaciones. La velocidad física y mental es la reina imprescindible en cualquier deporte competitivo; marca las diferencias. Y la estupidez es el corolario de quienes se empeñan en trasladar al campo de las certezas lo que no deja de ser un juego, con el factor suerte como determinante a veces.
El Madrid le puso velocidad e intensidad a su juego, que también es básica en los deportes de contacto, y los goles se sumaron a la fiesta del fútbol de la primera parte contra el Sevilla. Y a la postre, como lidian los taurinos de salón y quienes somos incapaces de ponernos delante, empiezan los supuestamente sesudos comentaristas a sacar sus simplonas elucubraciones. Ahora resulta que Casemiro, fundamentalmente, o Isco, e incluso Ramos y Varane, son los lastres del Real que sufrió su ocaso llegado el otoño tras un verano esplendoroso. Échale guindas al pavo Zidane, porque la semana pasada era la rémora, que yo buscaré las pavas; Kroos, Marcelo y Modric también portaban el moco largo del bajón otoñal. Puro oportunismo, siendo apreciable que no son máquinas y tienen sus baches puntuales, porque al acierto y a la suerte hay que sumar otro factor fundamental: el contrario también cuenta.
El súbito gol del siempre eficaz Nacho, merecida fortuna por su incansable perseverancia, descosió las primeras costuras del Sevilla, que tenía el libreto de la posesión en torno a Banega como apuesta más relevante. Y es que, a falta de jugadores más veloces, el trato sutil y pausado del argentino podía ser el adecuado ante la ausencia de tantos titulares defensivos blancos y su reciente asfixia por el centro del campo. Pero a esa suerte, los merengues sumaron esta vez la verticalidad veloz y en cuarenta minutos desnudaron a los sevillistas. Ahora dirán que Zidane dio con la tecla al dejar a Isco en el banquillo porque Asensio fue quien frotó la lámpara mágica. Sin embargo, la realidad es tan sencilla como que el malagueño y el balear son tan buenos futbolistas como diferentes en su juego, y, ante el planteamiento posesivo de Berizzo y su ayudante Marcucci, fue fundamental la rapidez física y mental del joven interior blanco. Y no solo la suya, sino la de Ronaldo, Lucas, Marcelo, Achraf —magnífica noticia el marroquí— y compañía, que con el sedoso nueve y medio Benzema arriba, los renacidos Kroos y Modric y el juego anticipativo del propio Nacho y del excelente Vallejo —¡por fin pudo demostrarlo!—, destrozaron al Sevilla en media parte para el recuerdo. Tan espectacular como difícilmente repetible porque se alinearon todos los astros: suerte —el absurdo penalti de Navas y la mala fortuna de Rico al escurrírsele el balón, fueron otras muestras—, rival lento y predecible, calidad, velocidad y acierto. Si se hubieran enfrentado a los de Bruyne, Sterling, Neymar, Mbappé, Griezmann, Coman o el mismo Messi, esos que ahora tachan de prescindible a Casemiro hubiesen echado de menos a un par de su corte para cerrar y que los artistas lucieran.
Lo de Isco es punto y aparte. En un equipo como el Barcelona podría ser titular indiscutible. El vistoso juego culé en el medio y su velocidad e imprevisibilidad arriba es idóneo para él; sería un Iniesta rejuvenecido junto a Messi. Pero ya dijimos que si quiere ser fundamental en el Madrid debería jugar a uno o dos toques en el centro para aportar velocidad, una vez descubierto que hay que defender también, y trenzar sus arabescos al borde del área. Guti, Xavi e Iniesta deberían ser sus referentes. El primero por expectativas truncadas, teniendo seguramente más clase que él, y los otros por cuajar en los mejores interiores españoles de los últimos decenios, si no de la historia, con permiso del gallego, barcelonista e interista Luisito Suárez, el único balón de oro español, y Luis Aragonés, el máximo interior- goleador hispano.

Y volviendo a Zidane, los vocingleros han pontificado que sí le funciona el plan ‘b’. Que sabe alinear, plantear, dosificar y tener a sus suplentes enchufados. Han bastado cinco goles en un rato para resucitar ante algunos. Lo paradójico es que dentro de unos días la burra trigueña de tales opinantes volverá al barro madrileño, salvo que Cristiano cabalgue de nuevo en liga. ¡Benditos goles! La verdad suprema del fútbol. 

Pd. En ese montaje cuasi pirotécnico (por sus numerosos petardos) del mal llamado Mundialito de Clubes, contra un equipo árabe que en España estaría en cualquier grupo de nuestra Segunda B, aunque disfrute de dos delanteros de superior categoría; se vio lo que prevemos que pueda ocurrir al equipo de Zidane en su retorno a la Liga; como con el pelo, si no hay goles no hay alegría.                       
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