viernes, 31 de julio de 2020

EL REAL MURCIA ES OTRA HISTORIA


 

El relato es atractivo. Y deseable. Y hasta apasionante para una parte del murcianismo militante que siempre vio en los recursos propios y en la cantera la solución. Pero las circunstancias mandan y el encomiable sistema alemán de gestión de clubes de fútbol está pensado para instituciones muy diferentes al Real Murcia actual: saneadas, con infraestructuras, estadios abarrotados y compitiendo a su nivel.

Echando la vista atrás, los antiguos aficionados recuerdan al Murcia de Pepe Pardo, con Vidaña, Guina, Manolo, Figueroa y compañía como el equipo que alcanzó su cima y nos llevaba en volandas. Otros también añoramos al Murcia de Moreno Jiménez que plagado de murcianos subió de Tercera a Primera en dos años. Y a los juveniles que llenaban La Condomina. Pero la diferencia con la actualidad es que muchos eran también internacionales titulares de la Selección Juvenil española.

Nuestro Real Murcia compitió mayoritariamente en Segunda, categoría en la que sigue siendo el rey, y dieciocho temporadas en Primera. Solo bajó a la tercera categoría del fútbol español a finales de los sesenta, para recuperar pronto su verdadera dimensión. Y ya a finales del siglo pasado volvió a caer en el pozo por desidias administrativas, que se repitieron después, y el nefasto XXI es consecuencia, aunque hasta en esa época “samperiana” hubo momentos de gloria ascendiendo a Primera con veinticinco mil abonados —tope autoimpuesto—.

Las últimas siete temporadas, sin embargo, pasarán al imaginario murcianista como la etapa más negra. Y en ese calvario seguimos. Ni éxitos ni ilusiones ni siquiera esperanzas. Y lo peor es que tampoco se atisba ambición. Ahora, el objetivo es mantener la tercera categoría de nuestro fútbol; la llamada Segunda B Pro. Y podríamos preguntarnos, ¿pero hablamos del Murcia o del Imperial? Porque el filial siempre fue de esa categoría. No, amigos míos, se trata para más sal en nuestra herida de un Real irreconocible.

A los gestores actuales del Real Murcia les cabe la honra de haberlo mantenido vivo, que no es ni más ni menos que lo que antes hicieron otros murcianos con menos medios; por eso nunca desapareció. Son un eslabón más en la cadena centenaria murcianista. Lo lamentable sería que ese eslabón, que podría haber pasado a la historia con tan loable mérito y veintitantos mil accionistas, acabe siendo también el que la entierre. Baldón para siempre.

Cualquier historia de supervivencia es una carrera de relevos. Y hay momentos en que es necesario saber echarse a un lado para que otros con más fuerza continúen el esfuerzo colectivo. Eso es honestidad, realismo, generosidad, criterio, lealtad, inteligencia y solidaridad. Lo contrario, mantenerse en el palmito a toda costa, sería venialmente egoísmo y mortalmente irresponsabilidad manifiesta.

Señores directivos, consejeros, arrimados, dueños minoritarios, abonadores y palmeros, el Real Murcia representa un relato de categoría, orgullo, cercanía y ambición aun con demasiadas frustraciones. Y hasta de señorío, porque como decíamos la semana pasada, en los peores momentos también cabe grandeza.

Confiar el futuro resignado que alientan a que la afición responda, como ocurrió la temporada pasada con once mil abonados, aunque muchos de ellos no pasan de ochenta euros al año —encomiable, pero a todas luces insuficiente— es frustrante. Y ser conscientes de aspirar a la tercera categoría con lo que da la mata porque no hay posibles ni se esperan y las deudas aprietan, raya en la insensatez fraudulenta.

El Real Murcia siempre fue el primer club de la región. Ahora, para estupor de miles de propios y hasta de abonados de toda nuestra tierra que hacían kilómetros para ver los partidos de casa o acompañar al equipo fuera, se trata de competir en igualdad, en incluso en inferioridad, con nuevos clubes y otros antaño rivales del Imperial, hasta de su misma población, con la honra que cabe.

La afición responderá, sin duda, y sacaremos nuestros abonos —¡lo animo fervorosamente!—, pero es penoso que luego acudan la mitad al estadio y lo hagan solo por fidelidad al escudo y no porque los responsables —todos— de esos colores generen pasiones. No obstante, piensen que esa llama se tornará mortecina con la mediocridad. Sin magia no hay emoción, y sin ella tampoco futuro.

La buena voluntad es plausible. Y el reconocimiento obligado. Pero la cerrazón es ceguera. A tiempo han estado, y quizás aún pudieran abrochar su gestión.

La realidad es tan inapelable como el Real Murcia otra historia. Y no de ambiciones personales.

¡Ojo, que este toro no es una mona!

        

       


sábado, 4 de julio de 2020

RECUERDO INACABADO DE PEPE VIDAÑA



Se nos ha ido como del rayo, que diría Miguel Hernández, pero los hombres como Pepe nunca se acaban porque unen su nombre para siempre a la pasión de su vida. Y si el fútbol fue cuna de sus sueños, el Real Murcia acunó sus emociones; esas que cuando son tan auténticas como apasionadas contagian la grandeza que las inspiran. Las que no engañan. Las de los hombres indiscutiblemente grandes. 

Traté a Vidaña en sus años brillantes, cuando pusimos CajaMurcia en el pecho grana.  Y compartí muchos ratos con él y aquellos futbolistas foráneos distinguidos a quienes capitaneaba desde su aparente timidez, que no era sino humildad ejemplar; quizá su grandeza más íntima y junto a la honradez y la lealtad las que mejor lo definen.

Se sentaba esquinado, por no figurar, observando mis reacciones ante los comentarios de Guina, Figueroa, Manolo, Tente Sánchez o Tendillo, con su media sonrisa de buena gente; sabía que disfrutaba con aquellos compañeros suyos que tanto nos hacían vibrar en la Condomina y por esos grandes estadios donde lucieron con orgullo y honor el escudo de nuestro Real Murcia. Tal vez creyera que apreciaba más sus deslumbres que la leyenda que él era para mí desde que empecé a seguirlo de juvenil, cuando lideraba a los chavales que llevaron al Murcia a los más alto de las promesas del fútbol español para en solo dos años, desde los dieciséis que llegó de Padules, ser titular indiscutible de la selección nacional juvenil con el legendario Andoni Goicoechea de suplente.

Aún no sabía lo que me apasiona el fútbol de cantera. Y él lo representaba como nadie, hasta el punto de asegurar toda su vida que el mejor camino de un club como el Murcia es potenciar a sus jóvenes de un modo profesional organizado. Y esa carencia es una deuda eterna que tendremos con Pepe Vidaña; siempre se ofreció a trabajar en tan hermoso proyecto.

Así, un día caluroso del verano del 93, recién ascendidos a Segunda, me hice el encontrado y le ofrecí a bote pronto hacerse cargo del Murcia B. Y nuestro amigo Pepe, que disfrutaba en el Cieza del prestigio de haberlo ascendido con poco a Segunda B, no dudó en responderme que nunca negaría al club de su vida; un apretón inmediato de manos selló nuestro compromiso. ¡Cómo jugaba nuestro filial! A algunos compañeros de directiva les sorprendía que no me perdiera un partido de aquellos fenómenos que pusimos en sus manos, con Pepe Ruiz Berenguer al frente, a quiénes Vidaña hizo mejores hasta pasar varios al primer equipo.  Meses antes habíamos fichado a Vicente Carlos Campillo, con quien fuimos campeones y Pepe había compartido momentos inolvidables que gustaba recordar; en caso de duda, los nuestros siempre.

Cuando dimití en Navidad para no malvender la Condomina -estaba obligado-, una de mis tristezas fue perder el contacto diario con gente como Pepe o el vitoriano Juanjo.  Otro capitán que se hizo tan murciano de corazón como su inseparable vasco extremeño Manu Núñez, quien más veces ha jugado con el Murcia en primera y compañero de ilusiones en la escuela de fútbol del Barnés. Tan distintos y tan parecidos en pasión deportiva, siempre con el grana en sus almas.

Un día me contó cómo otro recordado murcianista, José Víctor Rodríguez — a quien fichamos también—, lo llamó para explicarle que su sitio no era de extremo, como vino a probar al Murcia, sino de defensa central. Y cómo le enseñó a saltar de cabeza lateralmente con el hombro por delante y no de frente con el pecho para ganar impulso, efectividad y contundencia. E inteligente como era, aprovechó al máximo eso y cuanto le enseñaron quienes sabían. La humildad de quien empieza es la base de todo éxito posterior, le decía yo. Y hasta la de los verdaderamente grandes en cualquier actividad, como demostró él enfrentándose a los Butragueño, Quini, Maradona y tantos otros figurones.

Por eso, fue una delicia durante años escucharle a él y al irrepetible Maestro Ibarra en nuestra Peña del Pavo infinidad de anécdotas de aquellos tiempos de lustre y menos lustre pimentonero.

¡Cuánto vacío! Me cabe el triste honor de haber escrito despedidas emocionadas sobre el presidente Pepe Pardo, el periodista Juan Ignacio de Ibarra y los futbolistas Antonio Ruiz Abellán y Pepe Vidaña. Cuatro amigos. Cuatro números uno. Cuatro historias vivas inacabadas porque brillan en la memoria colectiva del murcianismo militante.

Hasta luego, Pepe. Otro día nos sigues contando abonico.  

jueves, 2 de julio de 2020

DE BOQUERAS, INGENUOS, PROFESIONALES Y LLORONES



El Barça empató en Vigo y gracias; pudo ser peor si Nolito no fuera de mayor lo que apuntaba de joven en su filial: solo un proyecto de figura. De lo contrario, la hecatombe ya habría sobrevenido por can Barça; falló a segundos del final un gol cantado para el Celta que hubiera supuesto una derrota bochornosa para los de Setién, jugándose la Liga. Y también se dejó empatar en casa con un Atlético que le dio una lección de bloque y espíritu y hasta pudo ganarle también a última hora, en un partido de penaltitos infantiloides.   

No obstante, es más ajustado hablar del Barça de Bartomeu —ya conocen mi criterio de ir a la cabeza siempre—.  Hace meses, en pleno encierro por el virus, predije que los blaugranas empezaban a perder la Liga por la larga lengua y los despropósitos ficheriles virtuales del presidente blaugrana y el llanto equívoco del técnico cántabro, aduciendo que los cinco cambios le perjudicaban. El seguramente buen empresario de lo suyo, metido a gerifalte futbolero de ocasión, infiltró en el vestuario la carcoma de los fichajes y descartes virtuales; dadas sus penurias económicas solo puede usar el anticuado “cambio espejo por oro”. Y claro, ¿cómo puedes pedir encomio y entrega a la media plantilla puesta en el mercado?

El uruguayo Suárez lo dijo bien claro al despejar hacia los técnicos las causas del bajón culé fuera de casa. Lógicamente, un jugador no puede culpar a sus compañeros de falta de actitud, pero tampoco a quien le ficha, renueva y paga.  ¿Lo fácil?: a un modesto de los banquillos que está más fuera que dentro, aunque pueda decir que le quiten lo bailao volviendo al plácido susurro de vacas.  

Quique Setién, un exquisito y meritorio ex futbolista, pagará la enésima cuenta pendiente de una plantilla messianica. Un técnico aseado para equipos menores, pero inexperto en vestuarios con demasiados egos; los desplantes de las vacas sagradas en las pausas y lo de Griezmann es sintomático. Amén de sus postración ante Messi, que es quien manda.

Es decir, todo por y para el líder y prohibido pensar. Solo hay que verlos jugar: Messi toca, organiza, desmelena y gana, cuando le salen las cosas, y si no, siempre habrá un chiquillo a quien culpar.  Y el que no le devuelva la pelota, invente o mire hacia otro lado ya puede buscarse otro lugar al sol. Pero esa reiterada circunstancia no es nueva. A vuela pluma recuerdo el extenso Madrid de Di Stéfano o el Barça efímero de Cruyff, aparte del reciente Madrid goleador de Cristiano; tres monstruos que protagonizaron épocas doradas de sus clubes. 

Y del boqueras Bartomeu y el ingenuo Setien pasemos a profesionales de éxito y postín. A Simeone ya lo retratamos en exclusiva la semana pasada, por lo que me centraré en Zidane.

El técnico blanco, a quien ya hemos dedicado columnas en estos años, hace continua gala de fútbol sapiente y elegancia humana. Lo primero porque por mucho fútbol que sepa: juego, vestuario, banquillo y despachos, nunca pierde su categoría. En el imaginario colectivo, más allá del negacionismo de los recalcitrantes que pasan de sus éxitos, a algunos les parece fácil lo conseguido en sus pocos años de experiencia; y paso de enumerarlos por universalmente reconocidos, pero seguramente serán tan irrepetibles como los del legendario Gento. Y acentúo dos cualidades: nunca le han dolido prendas en reconocer méritos ajenos y ahora reconoce que fue mejor jugador que técnico, cosa en la que discrepo porque de figura de corto duró un rato —apenas cinco años— y de técnico ya lo ha alcanzado y podría superarse. Más que timidez o humildad, que también, yo lo llamaría señorío, elegancia e inteligencia. Las dos primeras cualidades están demostradas y la tercera llegará con el tiempo:  la eterna y boxística esperanza blanca. Un profesional grandioso al que recurrir siempre.

Y llegamos a los llorones. En Piqué podría coincidir también la de boqueras o bocazas.  El central culé, a quien rindo tributo de gran futbolista y defensor hasta sangrar de nuestra España selección, aunque sorprenda, le pierde su proverbial afán de protagonismo.

Portento físico, inteligente y emprendedor, añade una desmedida ambición si no pensáramos algunos que es una calculada estrategia para unir a su palmarés el brillante eslabón de presidente del Barça.

Es a lo que juega, pero debería tener en cuenta que llorar es una rémora humillante para sí mismo.

Cuando escucho a alguien del Barça o del Madrid quejarse de los árbitros recuerdo a los simplones que escupen al cielo.  


martes, 23 de junio de 2020

SIMEONE EJEMPLAR



Al margen de sus cualidades como técnico, basadas en lo que fue como futbolista: garra, corazón, empuje y juego pardo, ejemplifica imaginativa y filosóficamente las cualidades de un líder indiscutible. Ha hecho del Atlético todo un laboratorio de ideas, además de una fábrica de excelentes jugadores, y va camino de convertirse en el entrenador más longevo del fútbol español.

¿Su receta? Una idea clara: pulir hasta dar brillo a lo que siempre distinguió al Atlético, por eso ha mimetizado su figura con los valores colchoneros de siempre —hasta en la desgracia de las finales de Champions—; dibujar con lo que puede un equipo tan singular como definido e inconfundible, dirigir con perseverancia, ortodoxia exclusiva en el tipo de futbolista que solicita porque le agrada, y si no, lo imagina en cualquier otro hasta que lo reinventa; y unas características visibles de notable éxito que le han propiciado manejar el timón en solitario, solo rodeado de un cuerpo técnico fiel a su imagen y semejanza, sin injerencias directivas tan al uso en el antiguo Atlético Aviación o en el contemporáneo Atleti de los Gil. 

Si hubo un controvertido antes y después en el Atlético de Madrid desde Jesús Gil, lo mismo, pero con escasas sombras, se dirá en el futuro de Simeone. Cogió el equipo hace diez temporadas en medio de una de sus recurrentes crisis y ha logrado devolverlo al sitio que le corresponde por historia y categoría. En el camino y el olvido, de club vendedor de figuras: Torres, Agüero, Falcao, Courtois, De Gea o el mismo Costa, como antaño  Hugo Sánchez, a fichar a la promesa del fútbol portugués, Joäo Félix, por ciento veinticinco millones de euro. Mención aparte el lunar de Griezmann, a quien el Cholo otorgó el papel de figura a plena satisfacción tras ficharlo de la Real con vitola de futurible y le salió traidor, aunque ha sido el futbolista que más dinero ha dejado a los colchoneros.

El francés, en todo caso, jamás disfrutará en ningún club, y menos en el Barça, del liderazgo que alcanzó con Simeone; una especie de maldición que persigue a los ex atléticos si exceptuamos en el tiempo a Hugo Sánchez y al Kun Agüero.

Y hay otra peculiaridad en el haber del argentino, que tiene mucho que ver con su eterno rival madrileño. Los jugadores colchoneros cruzaban la ciudad para vestir de blanco y subir de categoría, y solo lo hacían al contrario cuando no cuajaban por Chamartín en busca de una segunda oportunidad o como plácida retirada. Sin embargo, gracias al instinto del enlutado argentino, los exjugadores blancos buscan en el Atleti un trampolín hacia el estrellato: a un extremo como Juanfran lo reinventó como lateral hasta hacerlo internacional con España, camino que inicia ahora un sorpresivo Marcos Llorente al que ha reseteado para que siga esa misma senda pasándolo de medio centro a segundo punta. Si cuaja, y tiene todos los números, es probable que Simeone haya descubierto una figura que une a su portentoso físico, elasticidad y pulmones, una capacidad goleadora y de ruptura de defensas cerradas que puede marcar época en el fútbol.

En tal caso, y si le sonriera la fortuna a nivel europeo, Simeone pasaría de referente atlético a gurú mundial, al nivel de otros descubridores de talento: Rinus Michels y el fútbol total del Ajax de Cruyff, Sacci y los holandeses del Milán, rememorando a los anteriores y rompiendo el tópico del catenaccio; Rexach y el niño Messi, Valdano y Raúl, Guardiola y el Barça coral de Xavi, Iniesta y Messi; Luis Aragonés y la España de los bajitos o Zagallo y aquel Brasil de ensueño de Pelé en Méjico en el setenta, que había iniciado el polémico Saldanha.

Alguien dirá que exagero, pero de cuajar la explosiva mezcla que inició Simeone hace dos temporadas: garra, talento, agresividad y buen juego, y algo así vimos el otro día en Pamplona como antes de la pandemia en Liverpool, con baño incluido al todavía campeón de Europa de Klopp que tantos elogios acaparó la temporada pasada, y si la imprescindible suerte acompaña, el Atlético de Madrid no solo habría superado su maldición bíblica de pupas sino que haría escuela en el fútbol mundial. 

Una golondrina no hace verano, pero Llorente, con una legendaria genealogía madridista, puede ser el símbolo que sume Simeone a su filosófico partido a partido que tanta fortuna ha hecho en el imaginario popular para cualquier cosa.

¡Qué grande es la imaginación!       

miércoles, 17 de junio de 2020

REDONDEZ Y ESQUINAS MURCIANAS



Sin pasión, por la soledad, el gozo vuelve a instalarse en los aficionados. Y me cuentan corazones afligidos que también en algunas consortes, que por fin pueden descansar de ciertos metementodos afanados durante el encierro en hacer del hogar su sayo cuando antes pasaban. Ahora, que sus colegas futboleros aguanten su sobrada sapiencia y las depresiones consiguientes por acertar rara vez al confundir deseos con conocimiento.

Pero para redondez, la de Del Bosque, un legendario sin aristas. Aparte de su reconocida sabiduría futbolística, ha tenido el acierto de no meterse en política, como le hubiera recomendado el mismísimo Franco de haberle pedido consejo o escuchado quejas en su momento, quien dentro de su redonda prudencia, por donde lo miraras, sin embargo, era la némesis del salmantino: más esquinas y penumbras que un zoco.

Asimismo, asegura el seleccionador campeón del mundo que ama el deporte porque le gusta el fútbol base sobre el de los figurones y fichajes y toda su fanfarria; la del dinero también. En eso coincidimos muchos. Los millones son un dopaje que altera la competición hasta el límite de todo cuanto se puede comprar o vender. El poderío basado en la cartera nunca es sinónimo de bondad, de conocimiento ni de ejemplaridad, y es bueno ponerle coto y racionalizarlo, de ahí que aplaudamos los esfuerzos de los organismos futbolísticos para evitar quiebras, mangoneos y abusos por gastar más de lo que se tiene o se ingresa.

De eso deberían tomar nota nuestros gobernantes porque el dinero público sí tiene dueños, al revés de lo que afirmó con pocas luces una impropia ministra de un iluminado ex presidente, ahora metido a Quijote de pitiminí contra molinos gigantes —EEUU—que nos dan más harina que hambres; inteligencia que tiene el hombre para conservar amigos por intereses estratégicos nacionales, como ya demostró hasta largarse aprisa. Y ante los contribuyentes deberían rendir cuentas con todas las responsabilidades legales posibles la referida señora y cuantos manejen la cosa pública porque, chorizos al margen, negligencias manifiestas como endeudar inútilmente a generaciones y el simple descontrol o despilfarro también deberían figurar en los códigos civil y penal, más allá de esa liviandad que llaman responsabilidad política; obligatoria en todo caso por decoro partidista y vergüenza personal, salvo para quienes no la conocen. Y encima, los hay de cualquier nivel y color que tras dimitir por tontucios o echados por algo más se dedican a lucir palmito, asesorar o impartir conferencias e incluso a ocupar poltronas bobas; ¿por qué no se dedicarán a trabajar de verdad?  Ustedes mismos. Y como a nadie obligan, quien no quiera polvo que no vaya a la era.  

Decía que ávidos de fútbol y competición, este fin de semana hemos disfrutado en silencio —qué desaborío es— la calidad de algunos futbolistas. ¡Qué fácil hacen lo que es difícil para la mayoría! Desde D. Carlos del Sevilla a Gayá del Valencia o al propio Messi, y también de la mediocridad de quienes solo deberían estar en Primera un rato.
El Mallorca huele a Segunda, y no por perder ante un Barça más plomífero que lucido sino por su clamorosa falta de intensidad atrás; ni una falta en su campo y pérdidas infantiles. Y los azulgranas también deberán apretar pese a su engañosa goleada; pocos equipos les dejarán jugar tan a placer y desperdiciando ocasiones propicias.

PICOESQUINAS MURCIANOS

Aunque sin balón, por Murcia también se juega en despachos y picoesquinas. No conozco a Alfonso García, pero lo respeto como a Paco Tornel, a quien sí tengo el gusto y aprecio. Y desde tal consideración, planteo evidencias que no se valoran suficientemente.

¿Cómo va a poner dinero grande alguien si con los actuales estatutos nunca podría disponer de mayoría? ¿Con qué autoridad se puede negociar con Hacienda y Seguridad Social si no se es nadie en el Murcia? ¿Qué confianza otorga un consejo donde las decisiones son un hombre un voto, independientemente de las acciones que se tengan? ¿Por qué no son públicas las cuentas del Murcia cuando hay miles de accionistas que deberían conocerlas? ¿Por qué no ha aceptado García el ofrecimiento de Tornel de entrar en el consejo, sin arriesgar, para supuestamente enterarse de todo? Y una última fundamental: ¿por qué el empeño del Consejo en cambiar estatutos cuando el Presidente tenía conversaciones previas con García y otros? ¿Qué es el K-Bussines y qué busca?¿Está secuestrada la voluntad de Tornel? Blanco, líquido y en botella. Y para cuentos alemanes, los hermanos Grimm.

Hay pelotas que tienen más esquinas que púas un erizo de tierra.


miércoles, 10 de junio de 2020

LA AGUJA DE MAREAR DEL DOCTOR MORENO



Es un artilugio para orientar el sentido de la navegación sin descuidar el eje norte-sur como referencia. Y lo que tan bien manejan el doctor Moreno y sus colegas, les haría falta ahora y siempre a nuestros gobernantes y a quienes aspiran o dirigen algo para prever las consecuencias de sus decisiones sin perder de vista la situación real y hacia dónde ir.

En política debería ser el bien común de los españoles, según han ido decidiendo en cada consulta ciudadana durante los últimos cuarenta y cinco años. Y en fútbol, respetar el espectáculo al que tanto han contribuido los clubes y aficionados hasta colocar nuestra liga en primera línea mundial.

España es un estado de derecho basado en los principios liberales de libre concurrencia de ideologías representadas por partidos que respeten sus leyes, empezando por la Constitución que por abrumadora mayoría votamos en 1978, y los fundamentos de la distintiva e inviolable separación de poderes establecida desde Montesquieu en las democracias parlamentarias: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.  Por eso escandaliza el oscuro asunto del ministro Marlaska, precisamente agravado por su condición de juez. Desde esta perspectiva es difícil entender que, si es como parece, un respetado coronel de la Guardia Civil le haya dado una lección magistral de respeto a la ley a todo un ilustre profesional de la judicatura que se ganó a pulso la consideración general en el ejercicio de su profesión. Prestigio ahora embarrado hasta límites insostenibles.

El presidente Sánchez necesita una aguja de marear que le indique continuamente hacia donde dirige la nave España, más allá de sus querencias partidistas y las de quienes le acompañan, a veces tan contradictorias e incomprensibles como insolidarias y trasnochadas, e incluso de su autoproclamada resiliencia personal.

La progresiva crispación ciudadana es geométrica y debería tener presente nuestra cainita historia y que en España no se ganan elecciones; se pierden. Véanse los casos de Zapatero y Rajoy; sus clamorosos errores les derribaron del caballo. La primera herradura perdida por el socialista fue negar en principio la crisis que acabó echándolo, y reiterarse en tal cerrazón hasta que tuvo que gobernar contra estilo, como hacen los principiantes o los toreros ayunos para figurar. Y el conservador, despreciando a personas relevantes y convicciones ideológicas que fueron santo y seña de su partido y minusvalorando corruptelas internas hasta dejarlo hecho unos zorros; recibió un centro derecha sólido aglutinado en el PP y lo dilapidó dividiéndolo en tres. Así les luce el pelo ahora, y lo que les queda mientras no utilicen también una aguja de marear certera y aúnen esfuerzos. 

En nuestro fútbol igual, aunque el navajeo entre Liga y Federación parece aparcado hasta que escampe. Pero el carácter personalista de las disputas entre Rubiales y Tebas hace que la desconfianza se extienda más allá de esta liga. Ahora, a la fuerza del COVID 19 ahorcan, pero pronto volverán a las andadas. El manejo del dinero en torno al fútbol, con sus dádivas personales y mamandurrias, librará una batalla decisiva en las elecciones federativas.

Mientras, Real Madrid y Barça continúan su dispar trayectoria. Los de Florentino haciendo virtud de su apuesta juvenil y remodelando el campo como promesa cumplida, lo cual es sintomático de su seguridad institucional y saneada situación; la aguja de marear blanca está controlada. Y los de Bartomeu coleccionando fichajes virtuales, lo que apunta que no tienen claro el eje norte-sur en su deriva. Como Messi estornude, y parece que algún moco asoma, la pulmonía blaugrana será de aúpa. Ya relampaguea por las Ramblas el afile de cuchillos. No obstante, los resultados, como siempre, dictarán sentencia.

Tomen nota Sánchez y similares. A la larga, el sufrido pueblo, como el general tiempo, pone las cosas en su sitio. Con virus o sin virus, la falta de grandeza en unos y otros es nuestra peor pandemia.

Nos queda la esperanza por eminencias humanas de la talla del doctor Santiago Moreno, jefe del servicio de Enfermedades Infecciosas del Ramón y Cajal de Madrid, que en los años más duros del SIDA trabajó en el Morales Meseguer de Murcia con resultados extraordinarios.

Su diario sobre las penalidades por el coronavirus sufrido, cuya lectura reflexiva recomiendo, es una lección de la fidelidad incondicional que distingue su vocación: entereza, empatía, compañerismo, profesionalidad, entrega, humildad, cariño y coraje para luchar por los demás.

¡Honor a él y a cuántos nos regalan su aguja de marear para conducir el sentido de la vida!   


martes, 2 de junio de 2020

DESCOSÍOS



Esta época cuasi conventual nos ha descosido. Costumbres, horarios, roce, aficiones, trabajo, estudios y hasta modos de enfocar la vida, con el positivismo de valorar vivienda y seres queridos como auténtico hogar. Comodidad o carencia que ahora apreciamos y añoranza como enseñanzas de esta etapa de recogimiento y reflexión por las relevancias de un espacio adecuado donde pasamos al menos un tercio de nuestra vida y de quienes nos acompañan siempre.

Pero hay otros descosíos que pueden hacer más o menos pasable el mal trago si se les echa humor, lo que no deja de ser un consuelo inteligente en cualquier crisis por aquello de la buena cara al mal tiempo. 

Por ejemplo, que haya un individuo que ha llegado a ministro de España haciendo oes con canutos. España es el segundo país del mundo en importancia como destino turístico, con muy poco trecho hasta los ochenta y nueve millones de Francia, que es el primero, y algo tendrá que ver la encomiable labor de quienes se han dedicado desde hace más de medio siglo a imaginar, emprender y trabajar en el sector para poner a España en tan relevante escaparate.  Pues bien, el nenico Garzón — le saco algunos decenios—, dice que el turismo español aporta poco valor añadido. Y justifica tal disparate alegando que es una actividad estacional que genera precariedad. Pero vamos a ver, mindango, ¿no crees que desde tu ilustre poltrona deberías hacer el esfuerzo empático de ponerte en el lugar de los empresarios y trabajadores del sector turístico para ver cómo potenciar su actividad generando ideas y proyectos que superen sus puntos débiles, ayudándoles, en lugar de ponerles piedras en el camino? ¿Qué no entendiste en tus estudios económicos para ningunear a una actividad productiva que genera el trece por ciento del PIB de España y ocupa a tres millones de trabajadores? Quizás sea pedirle demasiado a quien por arruinar su partido tuvo que recoger el rabo sin vergüenza para refugiarse en otro.

Otro roto es el Barça de Bartomeu. Para soslayar el desastre institucional al que ha conducido a un club que lo supera en todos los sentidos, lleva meses anunciando fichajes, como hizo en verano con el asunto Neymar. Y así se habla más de Lautaro o de Pjanic, como nuevos, y de Vidal, Arthur o Rakitic como salientes y pone sordina a sus desvaríos. Vamos a ver, figura, ¿no crees que tanto tejemaneje puede desequilibrar el estatus del vestuario en puertas de jugarte la Liga? Pero claro, tampoco le podemos pedir peras a un tormo que ha jugado con entrenadores, futbolistas y exjugadores como si de un monopoly se tratase su gestión presidencial. Así que tampoco extraña que su último fichaje, Setién, ande llorando por las esquinas porque, según asegura, la norma de los cinco cambios puede perjudicarles por su forma de juego. Y lo argumenta con que los últimos minutos son decisivos para que su equipo gane y si los rivales sacan a cuatro o cinco de refresco les pueden quitar esa ventaja competitiva. De locos, porque no es así desde que Messi es Messi y, además, la misma ventaja tendrá él mismo con más cambios. Si su juego se basa en una plantilla de más calidad, dispondrá de mejores aportes en todo momento; ¿o no, campeón? Me da que empiezan a perder una liga que tenían a mano.

Con esos malos ejemplos, solo asumibles desde la ironía, llegamos al peor descosío, que no es ninguna broma: la crispación instalada en una parte considerable de españoles. Una agria división entre detractores y defensores, aunque algunos como simples émulos de consignas tan interesadas como ajenas y otros con la boca pequeña, del engendro que supone un Gobierno legítimo aun difícil de entender, formado por socialdemócratas, contrastados constitucionalistas desde la Transición; neocomunistas, liberticidas y extremistas contrarios al humanismo cristiano occidental y a la España tradicional por convicción; e independientes de vocación europeísta y hasta tecnócrata con alguna sombra como la reciente de Marlaska, amalgamados desde la resiliencia voluntarista con tintes mesiánicos del Sánchez que los preside.  

Y siendo sangrante tanto extremismo, que parecía afortunadamente superado hacía años, es más doloroso comprobar la animadversión que provoca en viejos amigos.

Si el hogar común debiera ser España y la amistad uno de nuestros más preciados pilares, tanto descosío causa una inmensa preocupación. E íntima desesperanza, que es peor.

Casi parafraseando a Anguita —DEP—, a quien rindo tributo de manifiesta honestidad, malditos sean ese descosío y quienes lo provocan. 


miércoles, 20 de mayo de 2020

RECORDAR QUIÉNES ÉRAMOS



Cuando baje esta marea nada será igual. El nuevo fondo que nos muestra cambia con la sucesión de días y alternativas, que se basan más en el boca a boca que en nuestras entendederas sobre lo que voceros del Gobierno nos indican a veces con tanta ambigüedad como impericia. Por eso, es frecuente que antes de salir a la calle preguntemos a familiares o amigos si es obligatoria tal o cual cosa en tales o cuales sitios. Un lío.

Tal vez, en lo único que nos parezcamos a lo antiguo sea en aquel consejo que nos daban los mayores: donde fueres, haz lo que vieres. Y nos miramos, y nos ponemos o quitamos la mascarilla o usamos o no esos guantes o bolsas que hay en determinados comercios; o entramos o no, mirando a quienes nos rodean, o nos situamos a derecha o izquierda, o detrás o delante. En definitiva, tenemos que aprender de nuevo a convivir en sociedad. Lo único claro es que en los transportes públicos debemos ir embozados, pero dudamos en los vehículos particulares si vamos con acompañantes por aquello del riesgo de que nos paren los guardias. O no sabemos los horarios de paseo o deporte según edades. Y los sitios permitidos, y cuántos al tiempo, o dónde ir y con quién. Otro lío.

Y hay que aprender los usos permitidos según las fases del desafortunado término desescalada, copiado del inglés, que en castellano sería bajada y con esta pandemia pretende ser rebajar el estado de alarma. Más líos.

En fin, que aparte de aprender a vivir, desgraciadamente también nos acordaremos y mucho de quiénes éramos antes de todo este galimatías.

Y echaremos de menos los saludos de siempre, el roce, la proximidad y lo que es peor: la confianza. Porque también es lamentable que este malhadado virus nos haya marcado un futuro indeseable: tanto si pasa pronto como si no, la desconfianza hacia los que pueden venir hará que lo del embozo, los remilgos y el asquito ante nuestros semejantes y lo que nos rodea sea tan cotidiano en nuestras vidas como antes besar como muestra de aprecio o dar la mano cuan saludo franco.

El viernes vimos el futuro próximo, y quizá lejano también, de lo que será el fútbol a partir de ahora. Se reanudó la liga alemana y, francamente, no me gustó. El silencio, la soledad, la distancia, la frialdad y, sobre todo, la falta de emoción es la antítesis de lo que antes era este maravilloso espectáculo. El fútbol es ante todo emoción, por eso hay tanta diferencia entre un partido amistoso y otro competitivo. A muchos, si no hay nada en juego no nos apetece ir a un estadio. Y si las competiciones oficiales se tuvieran que ver solo por la tele, este deporte iniciaría una cuesta abajo hasta convertirse poco más que en un videojuego. Y ese sería su final. Por mucho interés clasificatorio que depare, sin emoción no hay espectáculo, y sin espectáculo no queda ni raspa; solo las quinielas y las apuestas deportivas, que no precisan afición, y a la larga serían un entretenimiento menor. El fútbol pasaría de espectáculo de masas a recuerdo de un pasado emocionante.

Para que no suceda también con otras cosas de nuestra vida, incluso más relevantes, deberíamos recordar bien quiénes éramos. Pero no para sentir nostalgia, sino para evitar que perdamos también sus emociones. Sin ellas, nuestra existencia sería un páramo tan frío como desolador. Y hasta inhumano, porque como sucede con el verdadero arte, el que emociona, el ser humano es consustancial con la pasión y sus emociones.

No crean que exagero. Imaginen momentos. Esos abrazos a quien echamos de menos o para festejar cualquier alegría. Aquellos besos como expresión indudable de cariño o reconocimiento. El hombro amigo para llorar. La mano tendida en ofrenda de confianza. El brazo por encima para consolar o acompañar. La casa abierta por celebración o necesidad. La palmada al compañero. La proximidad incondicional para auxiliar. La espontaneidad.

No me reconozco de otro modo. Quiero tener presente quién era para seguir siéndolo. Y si eso me contagia, peor sería vivir huyendo de no sé bien qué; de esto o de lo que venga.

Cuestión distinta es la prevención ocasional transitoria, que es necesaria hasta por respeto a los demás. Pero de ahí a incorporar barreras de desconfianza como modo de vida permanente sería lamentable. Renuncio a ser un autómata descorazonado.

Recordemos quiénes éramos para seguir siendo personas.
  

jueves, 7 de mayo de 2020

ABANICOS P'AL MAREO



Eso decían los antiguos cuando les superaban las circunstancias. Estamos en el inicio de ese hallazgo de la desescalada y las novedades se amontonan: las viejas, de hace solo semanas o días, con las de hoy mismo; las de la mañana con las de última hora de la tarde; y las oficiales, que nunca son lo suficientemente concretas, con las que recibimos de amigos, vecinos o familiares. 

Y eso sin contar con la catarata de infundios o medias verdades de los miles de blog y supuestos gurús, como tercera pandemia, siendo la ineficiencia la segunda; augurando cataclismos, desastres y plagas de todo tipo. ¿P’a dónde tiro?, nos preguntamos algunos.

Lo único claro es que desescalar significa ir hacia abajo. Y a fe que así vamos. Salvando los datos estrictamente sanitarios, con el rebufo de fallecidos, nuevos infectados y curados, que es esperanzador; el paro será insufrible, el cierre de pequeñas empresas y autónomos, ruinoso, las multas por no hacer las cosas según lo ambiguamente ordenado, indignante, y el cambio a peor en costumbres, usos sociales y confianzas que acostumbrábamos, ridículo. No me quiero imaginar a media España yendo por la calle embozados hasta para compartir paseos, retretes, espectáculos o bares porque da murria. Pero es lo que viene. La prudencia es libre, y cuando pase lo de este virus, la prevención medrosa por el siguiente habrá cambiado de raíz nuestra ancestral franqueza, espontaneidad y roce. Solo nos faltará que se nos rasguen los ojos para parecer turistas orientales en nuestro propio barrio. Porque la piel también se nos verá poco: guantes, gorras y mangas largas por doquier. Y preparemos los carnets de identidad y sanitarios; habrá que llevarlos en la frente, como linternas, no sea que nos confundan con quienes puedan estar en lo que llaman grupos de riesgo: mayores, crónicos, infectados, etc., que tendrán prohibidas según qué cosas, espacios y horarios; penoso. Y eso sí, quizás nos venga bien para seguir cultivando el grito como forma de comunicación, ya que correrá el aire entre nosotros al menos con dos metros por medio. Indeseable a las luces de quienes nos resistimos a tanta estupidez y mareo. 

Y también son de mareo algunas iniciativas gubernamentales. Por ejemplo, entre las más llamativas, y sin entrar en el fondo de la cuestión, que en todo caso es discutible; lo de la llamada renta universal para cientos de miles de españoles mientras estamos pidiendo a Europa que compartan riesgos y gasto público con nosotros para superar los efectos del coronavirus. Es decir, que alemanes u holandeses y otros —mutualizar deuda— nos paguen tal dispendio a costa de sus impuestos cuando a ellos allí ni se les ocurre. Y necesitados también tendrán, digo yo. ¿Ustedes qué dirían a la inversa? Pues que cada cual pague su cuenta.  Y además, en una economía nacional ya bastante subvencionada, como la nuestra, y tras la experiencia de algunos países europeos como Finlandia que suprimieron tal invento porque al poco de ensayarlo constataron que desincentivaba la búsqueda de empleo privilegiando la vagancia.

Lo que le faltaba a la también fecunda y abigarrada picaresca española. Por si ya no hubiera suficiente economía sumergida, aportemos motivos para potenciarla.  Pero claro, los votos son los sueldos y en ese caladero tienen algunos mindundis echadas sus redes.

Otro aspecto en esta cuesta abajo son las relaciones personales. Es lamentable la cantidad de amigos y conocidos que discuten agriamente criticando unos y defendiendo otros al actual Gobierno. Si a veces es prudente huir de la política entre cercanos, porque las discrepancias pueden ir a mayores, en este tiempo aún más. Y no es que sea malo cruzar opiniones, que debería ser hasta provechoso argumentando y con las entrañas al margen, sino que nuestro carácter latino no conoce límites en demasiadas ocasiones y respondemos extremados si nos sentimos aludidos desde otro extremo.

Este virus ha sacado lo mejor de nosotros y lo seguirá haciendo, pero es lamentable que también aflore lo peor. Ya hemos citado ejemplos.  Y lo inmediato, irremediablemente, será que luzcamos lo más cutre.

Habrá que volver al lenguaje mímico de la bresca, con aquellos guiños tan explícitos. O quizá sería el momento de volver a los abanicos y aprender bien sus cuidados ladeos, meneos, aperturas y cierres, no sea que también nos prohíban hablar por si contagiamos.

¡Cuánto disparate! 

Que vuelva el fútbol pronto, que al menos entretiene, alegra, emociona y no mete mano en nuestras carteras. Y tampoco evangeliza, que no es poco.

miércoles, 29 de abril de 2020

LEÑA AL PRESIDENTE, QUE ES DE GOMA



O flojeras, inútil o canalla; calificativos al gusto. Pero no todo debería valer, como tampoco descalificar o injuriar a la oposición con insidias trasnochadas y vaguedades. Los españoles deberíamos ser más exigentes con nuestros representantes políticos porque su responsabilidad es seria y les pagamos bien.

Igual en el fútbol. Las disputas entre Federación y Liga son tan vergonzantes como lamentable la desidia de la autoridad política para atajar tantos chiringuitos y egos desmesurados.  Así ocurrió con el fallido intento de Rubiales de ajustar todavía más la asamblea federativa a su medida para asegurarse el puesto en las próximas elecciones; como si tuvieran pocos agarres ya en sus cortijos federativos.  Ahora tenemos por delante qué hacer con las competiciones. La primera en la frente son los test sobre el covid-19, y la autoridad gubernamental tampoco aclara.  El fútbol no debe ser privilegiado, pero sí tratado como locomotora del resto de deportes. Y, además, se debe jugar hasta el último partido. Líos e indolencia política a la vista.  

Por otra parte, cualquier decreto gubernamental o ley debe hacerse con equidad y sensatez atendiendo al interés común. Pero también, ojo, pensando en quienes esperan la ley para explotar la trampa. Aunque hay diferencias.

No es igual un chorizo callejero o un don nadie que cualquier notable. Cuando se permite la circulación de mercancías, por ejemplo, es previsible que los narcotraficantes aprovechen para seguir distribuyendo. Y las autoridades deben evitarlo. Pero lo desvergonzado es que responsables públicos aprovechen las circunstancias para medrar descarados. O que utilicen esta dramática situación para levantar la patita y mear rescoldos egoístas o aldeanos. También hay quienes han hecho sus deberes admirablemente. Véanse el ayuntamiento de Madrid, los socialistas de Costa en Portugal o Merkel en Alemania.

Según algunos apoyos de Sánchez, el Ejército, la Guardia Civil y la Policía Nacional son fuerzas de ocupación y deben largarse por lo que simbolizan de poderes centralistas del Estado. Pero esto también lo han apoyado coaligados de gobierno; Iglesias el primero. Y que algunas atribuciones estatales de urgencia menoscaban la soberanía competencial autonómica, como también denuncian otros irredentos que viven muy bien contra España. A favor no mola y quizá no serían nadie.

El régimen autonómico estuvo bien concebido por la mayoría de constitucionalistas del 78. Pero otros entrevieron un camino con final oculto. Recuerdo al ínclito Pujol renegando del calificativo de separatista con tanta racionalidad como vehemencia y convicción. Mentía o disimulaba sus intenciones al tiempo que era fundamental para el equilibrio español con González, Aznar y con la propia Corona, siendo cercano al mismísimo Juan Carlos I.  Y dirigentes vascos como Arzallus igual, pero más sibilinos:  simularon no comulgar con la Constitución. Participaron, pero no la suscribieron y se han aprovechado mejor: véanse fueros y concierto fiscal exclusivo.

No obstante, es difícil hacerlo peor que este Gobierno. Su única contundencia es el confinamiento, aunque les sobrevino una desafortunada e imprevisible catástrofe. Y también es loable su esfuerzo de comunicación con explicaciones diarias, lo que les cuesta mostrar vergüenzas. A ese respecto, recordemos los seis primeros meses de Rajoy  —2012— en otra crisis global, solo que requetesabida —desde 2007—. Con mayoría absoluta, estuvo mudo hasta las elecciones andaluzas para terminar haciendo lo contrario de lo prometido durante años: subir impuestos, habiendo ganado un año antes unas elecciones municipales y autonómicas, por lo que fue ridículo alegar desconocimiento. Y así acabó; también desaparecido y con el centro derecha partido en tres. Ahí tiene Casado su verdadero reto, al margen de oponerse al Gobierno como obligación: recomponer lo unido por Fraga y Aznar. Mientras no lo consiga gobernarán los socialistas. La palabra pactos, a uno y otro lado, debería grabársela a fuego.

Por eso, desde la crítica razonada al Gobierno: dilación en tomar medidas disponiendo de información anticipada; mascarillas generalizadas —ahora sí, antes no—; negligencia en protecciones a sanitarios, que todavía no llegan, o los test, sus precios y las reiteradas estafas sufridas, con escándalo flagrante por el suministrador elegido; el desvarío rectificador con autónomos y ahora con niños; las ayudas a empresas en manos privadas —bancos—, porque financiarán solo la solvencia holgada o cubrirán sus riesgos; dudosos datos oficiales de la pandemia; censura encubierta o divisiones internas; Sánchez no es la única goma para nuestra leña. Hay más bajo la bolaga.

Tiempo habrá de votar cambios, llegado el caso. Pero ahora, aparte de denunciar desgobiernos: acuerdos, solidaridad, inteligencia y leña al coronavirus, que es el hijoputa.   
  


miércoles, 22 de abril de 2020

LO MEJOR, LO PEOR, LO DE SIEMPRE



 A falta de fútbol, bien valen momentos caseros. Esos que intuíamos y tantos añoran. Los que reconcilian con nuestra esencia familiar humana.


Contaba un amigo, que cuando fue de cura a dar a la extremaunción a una viejecica y le dijo que no se preocupara, que iba a la casa del Señor, ella, con la sinceridad reflejada en su mirada, le respondió: “sí padre, pero es que, como en la casa de una…”. Cuidémosla, cuidémoslos y cuidémonos como nunca, porque este lío ha llegado para cambiarnos; pero no tanto.

Coincidimos en exaltar el ejemplo de nuestros sanitarios, de nuestros uniformados, de quienes deben dar el callo para que no nos falte de nada y el de quienes reflexionan e investigan sin descanso para hallar un tratamiento eficaz y una vacuna; todos con pocas excepciones. Pero, ¿qué hacen los obligados, porque los votamos y viven de nosotros, a guiarnos hacia el anhelado maná? Pues siento afirmar, y mucho, que mayoritariamente siguen tan ineficientes e ineficaces como casi siempre nos dijeron nuestros mayores; los de la tercera España que reiteramos; los no militantes, sufrientes y esquilmados. ¿Han calculado lo que durarían en cualquier profesión con tanto fallo, improvisaciones, dilaciones y riñas de parte, o como empresarios o empleados en lo privado? Poco, nada y menos.


Unos, que hay que estar con el Gobierno. Otros, que mienten más que hablan. Los menos, que se sacrificarían por un pacto de Estado. Y los correveidiles habituales o interesados de turno, que hay que cambiarlo todo para mejorar; o sea, y ya tenemos experiencia, que cambiemos todo para que todo siga igual. Porque, ¿me pueden explicar qué cambios sustanciales y perceptibles hubo tras las crisis recientes que hemos sufrido en España, gobernaran quienes gobernasen? También, pocos, nada o menos.

Eso a nivel político. Pero, ¿y a nivel social o individual? Pues, desgraciadamente, por algunos de nosotros, quizás demasiados, por el estilo. Desengañémonos, aquellos son consecuencia de nuestra realidad. No nos hagamos cruces ni trampas al solitario ni nos rasguemos vestiduras. Ni tampoco señalemos a los demás, como acostumbramos a veces para eludir responsabilidades personales o colectivas, que se nos da muy bien. Mirémonos hacia dentro. En realidad, para lo bueno, para lo malo y para lo regular somos hijos de nuestra carne.

A saber. A una empleada de supermercado le urgen mediante un anónimo en su puerta a dejar su precaria vivienda de alquiler, después de dejar el pueblo donde vivía con sus hijos porque sucesivas inundaciones le hicieron la vida imposible. A una sanitaria le llaman rata contagiosa sus propios vecinos, con una pintada, y la instan a largarse para que no les contagie este malhadado virus. Y sus vecinos no corren a gorrazos a los responsables, que sepamos, aunque suponemos que en privado alguien habrá pedido disculpas.

¿Qué diferencias encuentran entre estos indignantes ejemplos y lo que vivieron y viven quienes se sintieron y se sienten señalados e indefensos ante el oprobio general, en zonas donde reina el terrorismo más o menos violento? ETA, entonces, y llámenles como quieran ahora, que ejemplos hay, se adueñó y se adueñan de calles, pueblos, ciudades y regiones españolas para que unos pocos vivan sin trabajar, dando por saco y holgazaneando — algunos siguen haciéndolo hoy en despachos públicos y hasta en púlpitos—; y otros presumen de pureza étnica, lingüística o diferencial, a cuenta de los obligados que pagaban sus cuotas revolucionarias, entonces, y tributan ahora por prudencia la ignominia de agachar la cabeza para no molestar ni significarse en contra de una masa sin alma ni rostro.

El miedo es libre, como la hipocresía y la generosidad. Y mientras unos arriesgan vidas y haciendas por obligación profesional o voluntariamente, otros, sin medallas ni reconocimientos, les apoyan y animan de corazón y hasta de cartera. Y los malnacidos, amparados en su habitual y cobarde anonimato, o en manada, les hacen la vida imposible. Y encima se esconderán tras un falsario bien común. ¡Cuánto canalla suelto!

El Covid-19 cambiará nuestras vidas, pero nunca cambiará ningún virus la miserable cobardía calculada. En momentos extremos, tan enorme como la espontánea condición humana heroica.

De corazón, bienvenidos los generosos. Y de entrañas, ¡qué hostiazo se merecen otros! Pero donde no cojeen.

Y otro ejemplo. Tezanos, el del CIS, fue profesor mío. Él enseñaba que la gente responde como le preguntas. Ahí está la clave. Entonces sociólogo ilustre, golfante de encuestas ahora. Y con dinero público.

Lo que dan algunas matas.


viernes, 17 de abril de 2020

BULOS, CENSURA, MANIQUEÍSMO Y DESCOMPOSICIONES


La tercera España, mayoritaria, sigue a flote entre zozobras. Por un lado, soporta infundios mezclados con medias verdades hasta parecer verídicos. Por otro, sorprende que en pleno siglo XXI siga existiendo la censura como ejercicio gobernante. Vivir para ver.

Y mientras, enfundados en batas, uniformes diversos o de paisano hasta en sus balcones, con trabajo, palmas y ánimos, quienes mantienen el tipo ante esta pandemia protagonizan la España real. La de nuestros padres y abuelos currantes y la buena gente que siempre sufre lo peor de los más malo del género humano. Los de ningún bando. Militantes frente a sufrientes. Chupópteros y dogmáticos o aspirantes contra ingenuos. La vida misma, hoy como ayer. 

Hace meses que recibimos cientos de mensajes preconizando todos los males del infierno desde que los “hunos mandan sobre los otros”; Unamuno siempre presente. Como Machado: ”españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. 

¿Dónde estamos y qué nos espera a quienes aborrecemos cualquier extremo? Azules y rojos, y hasta blancos, amarillos, verdes o negros. Todos primos hermanos buscando lo mismo: ¡quítate tú que me ponga yo! Y así vamos. 

Pero esto tampoco es la primera vez que ocurre en nuestra historia reciente. Hace dieciséis años sucedió igual, pero al contrario. Los “otros contra los hunos”.

Voy a decir algo que duele, al margen de colores o ideologías, porque en otros países hubiera sucedido al revés. Nos conocían bien los muñidores asesinos; esos que todavía desconocemos digan lo que digan quienes lo digan.  En 2004, cuando los atentados en los trenes, se acusó al gobierno de mentir. Y quizás hubiera algo de razón, dentro del desconcierto subsiguiente y también del interés partidista; como ahora. Y hubo un cambio de partido gobernante. En otros sitios, con razón o con dudas, sus ciudadanos habrían cerrado filas en torno al mando legítimo. Esa es nuestra penosa carencia como auténticos patriotas, que viene al menos desde mediados del siglo XIX.  Y envidiamos el valor patriótico de otros países cuando en solidaridad pocos nos ganan.

Por eso, porque ni España ni los españoles lo merecen, ahora, bulos no, pero censuras tampoco. Hartos de mentiras tan mal intencionadas como absurdas, descubrimos indignados que la respuesta de los que gobiernan es censurar redes sociales para que no se difundan mensajes contrarios. Y empesebrar medios de comunicación. Pero vamos a ver, ¿ustedes no alardean de democracia y libertad? ¿Y eso es censurar o comprar comunicadores? ¿No se estarán dejando manejar por quienes no creen en ello, aunque vistan de apariencias? Esos que tienen en su ideología una religión política excluyente y liberticida. Pero les asoma el plumero cuando dan rienda suelta a sus adentros y pueden obrar.  

Déjense de censuras y permitan que cada cual se exprese. Y que los españoles podamos reflexionar y actuar en consecuencia cuando esto pase. Solo, faciliten información veraz. Y para eso, sean transparentes, téngannos como adultos y faciliten la libre información. O defiéndanse en los tribunales si se sienten calumniados. 

Si insisten en actitudes dictatoriales, no mientan después. Demostrarán que solo les interesa esta democracia y nosotros para chupar de nuestra teta; lo que defienden sus críticos. Sí, sí, algunos de esos de los bulos, que también conocemos. 

Y elogien, hagan justicia y defiendan a quienes realmente son ciudadanos ejemplares. Los españoles de las batas, uniformes y balcones que decíamos. 

O quizás sea el momento de un paso más, que defienden algunos amigos, aparte de pactos nacionales. Una coalición coyuntural constitucionalista para enderezar España dentro del sistema. Aunque harían falta estadistas. ¿Los hay? 

Y lo peor es que tras esta crisis el mundo cambiará, una vez más, antes que España. Y de no anticiparnos, perjudicará a otra generación que tampoco vivirá mejor que sus padres. 

Responsabilidad de quienes antepongan el partido a la nación y a sus ciudadanos por ideologías vacuas, apenas distinguibles aquí en sus efectos reales. 

No podemos seguir instalados en que nosotros somos los buenos, por definición, y ellos siempre los malos. Maniqueísmo político puro. Una solemne mentira. 

Solo la creen y defienden los malvados, los interesados o los tontos. 

Mientras, sin fútbol, el Barça de Bartomeu sigue su descomposición, como anunciamos hace meses. ¿Por qué no se va?

Y el Murcia no arranca. Por eso votamos algunos contra el cambio de estatutos. Debió haber una lista de enganche con nombres y aportaciones ciertas que garantizaran una ampliación ambiciosa. 

Tiempos de pensar, de aprender y enmendarse.  



miércoles, 8 de abril de 2020

DESCONCIERTO




Al alba de la cuarta semana, doblan campanas de murria. Tristeza por falta de calor hermano. Salmuera para llagas desconsoladas por tanta tragedia. Melancolía por orfandad de mañanas. Y hasta mal humor por puñaladas económicas imprevistas y ruinosas. Así estamos la mayoría.

Y es que, a pesar de la admiración y agradecimientos hacia héroes que nos emocionan, al riesgo de la mortal enfermedad y a sus consecuencias inmediatas: paro, cierres de empresas, confinamiento y lejanía de seres queridos, se suma ahora el desconcierto por no saber adónde vamos. Y en tales circunstancias, todos los caminos nos llevan allí; a ningún sitio.

Si el mismísimo presidente no intuye cuándo ni cómo retornaremos a cierta normalidad, y así lo traslució el sábado durante una hora larga, mal vamos esos ciudadanos a quienes apenas nos llamó españoles un par de veces, por muy orgulloso que proclame sentirse de dirigir un país compuesto de tierras diversas; no recuerdo ni una alusión a España, sí a Europa, sin embargo. Y no es que reclame un nacionalismo ultramontano — lo más lejos de mí— sino que es obligado para un líder en momentos de angustia tener las ideas más claras que nadie, precisamente para engancharnos a todos en el empeño común al que nos concita. Porque si tampoco sabemos dónde estamos, quiénes y qué somos, es muy complicado no solo llegar adonde no sabemos, sino simplemente ilusionarnos con ir hombro con hombro unidos en pos de lo que sea menester.

Alguien debería decir al presidente que es quien debe liderarnos con solidez. Y con la murria y el desconcierto que desplegó en su intervención para decirnos que esto se alarga quince días, de momento, porque luego vendrán más jornadas o semanas de vaya usted a saber qué, que tampoco aclaró, no puede hacernos soñar con caminos de gloria tras los penosos senderos que andamos.

Yo, modestamente, le digo más. Arguyó unos segundos Pactos de la Moncloa para el futuro próximo. Y recordé a un inmenso presidente Suárez haciéndonos soñar caminos de la tarde, que diría el poeta, con la inspiración de su vicepresidente, el insigne profesor Fuentes Quintana; de la mano de los González, Carrillo, Fraga, Tierno y compañía en tiempos de terrorismo agudo, de dudas, incertidumbre generalizada y ruina económica. Y se normalizó la democracia.

Y en esa ensoñación, añoré también a un socialista imprescindible para la historia moderna española, el presidente González, cuando convocó un referéndum prometido desdiciéndose de lo dicho para meter a España en Europa y en la modernidad, amén de soportar tres huelgas generales para laminar nuestras anquilosadas estructuras industriales públicas. Su correligionario González, un líder tan reconocido como importante, señor Sánchez, además, completó nuestra simpar Transición. Y cambió España.

Incluso eché de menos, con su alusión, a su oponente Aznar. Un presidente con luces y sombras, como todos, pero que sacó a España de una crisis económica heredada hasta meternos en tiempo récord en la primera división del euro, básico para el despegue de nuestra economía, cuando nadie en Europa, y pocos dentro, apostaban por nosotros al incumplir todos los baremos fiscales y económicos exigidos. Y crecimos exponencialmente.

A quienes le siguieron, sus antecesores, los aparté de mis nostalgias para ahorrar sal en la herida. Y a pesar de su parecido con ellos en esta tesitura, albergo esperanzas de que reaccione y reconduzca nuestra nave antes de zozobrar. Le otorgo el beneficio del infortunio por la ignota pandemia sobrevenida, con la ignorancia generalizada consiguiente. Pero debe refundarse, como hizo en su vida política y expuso en su resiliente libro.

Hágalo para salir fortalecidos de este sinvivir. Para que España resurja cuan Ave Fénix y rompa los pronósticos de mal agüero, como otras veces con sus antecesores buenos.
Supere imaginativamente prescripciones ajenas, por respetables que sean, sin llorar excusas. Rompa amarras con quienes le lastran. Y lidere a España y a los españoles. Así, con dos palabras claras, sin subterfugios ni eufemismos.

Lidere, presidente, y no prometa en vano y de vacío, como ha hecho. Tome medidas contantes, sonantes, creíbles y contrastables, pero justas para todos y no de parte. Sea valiente y evite requisas, ruinas y recetas expropiadoras trasnochadas. No baile yenkas dentro y arriesgue donde debe exigir; Europa.

Lidere, señor Sánchez, que asumimos pérdidas de libertades y económicas, pero no ahonde nuestro desconcierto. Usted no puede permitírselo y España no lo merece; ya lo ve.

Está ante su hora de la verdad. Hule o puerta grande.

¡Suerte, que sería la nuestra, y al toro!

Rúbrica dolida. Nos ha dejado José María Galiana, un hombre bueno y artistazo de la voz, la música y la pluma.  Ya estará con su colega Aute brindando suspiros a las estrellas. Abrazos a sus amigos y deudos.

  

martes, 31 de marzo de 2020

A TI, HÉROE DESCONOCIDO




A veces nos emocionan detalles aparentemente pequeños. O los más inesperados. Y hasta los menos comunes. En mi caso, reconozco que me tocan las fibras quienes son capaces de empatizar con sus rivales, hablan bien de ellos o son capaces de felicitarles sin negarles méritos. O reconocen su buen comportamiento, que han sido mejores o que han tenido una mejor idea. Los que son capaces de abrazar a sus antagonistas o perdonar a sus enemigos. Y hasta los que reconocen sus errores y piden disculpas de corazón. Y, claro está, quienes olvidan sus diferencias, pero de verdad, para unir esfuerzos cuando las cosas se ponen feas.

Desgraciadamente, quienes deberían dar ejemplo, rara vez nos hacen sentirnos orgullosos de ellos. Y eso ha sido así en esta España nuestra desde hace demasiado; decenios. Ya saben a quiénes me refiero. Al contrario que sus antecesores, que protagonizaron con quienes peinamos canas o nada un cambio político y social tan decisivo como necesario, que sí nos hicieron sentir orgullosos de que nos representaran desde todos los colores ideológicos. Y de que les siguiéramos en ese arrebato de verdadero patriotismo que nos inundó a casi todos. Otros tiempos. Otras personas. Otros anhelos. Y otras circunstancias, también es verdad. El hambre de ser diferentes y de superar resentimientos viejos y traumas  era mucha, quizás tanto como ahora el empacho de tenerlo casi todo tan fácil y tan a mano.

Pero estos días, también, con tanto por ver desde la ventana o en los medios de comunicación y con tantas horas para reflexionar, he reparado en muchos desconocidos ejemplares.   
  
Un operario llevaba camas a un hospital improvisado.  Y otros montaban miles de metros cuadrados de instalaciones en el suelo para albergarlo.

Un camionero se lamentaba de estar varios días sin poder ducharse. Una joven decía que era voluntaria para hacer la compra a las personas mayores de su edificio. Un estudiante sanitario había ido a un centro médico a ofrecer sus servicios a nuestros admirables profesionales, a quienes ya rendimos justo homenaje.

Alguien manejaba una barredora por la calle y otra persona fumigaba. Y recogían la basura. Y atendían farmacias y estancos. Y traían alimentos a casa. Y daban soporte técnico a quienes informaban y entretenían por la radio o la tele. Y repartían periódicos. O consolaban.

Y vigilaban las calles de uniforme, y ayudaban a todo tipo de personas y en cualquier circunstancia. Y trabajaban en el campo, en las huertas y ganaderías. Y en tiendas y supermercados. Y salían a pescar. Y atendían por internet. Y facilitaban las comunicaciones.

Y daban clases de cualquier cosa por internet desde sus casas. O ponían música desde sus balcones. O cantaban.

Y bastantes empresarios, grandes, medianos y pequeños, y autónomos, y hasta deportistas de élite, ponían sus capacidades al servicio de lo que hiciera falta.

Y gente anónima hacía muchas más cosas de un modo también anónimo. A todas ellas mi pequeño homenaje. Y el de las personas de buena fe.

Hay que estar hecho de una pasta especial para esas bondades. Hay que poner mucho empeño para querer ser protagonistas anónimos en llevar la pesada carga que nos toca. Y hay que tener un corazón grande. Un corazón de persona de bien. En definitiva, hay que ser bueno en el mejor sentido de la palabra, como cantó Machado.

La España real frente a la ficticia. Los españoles auténticos frente a los falsarios. El corazón frente al odio. O, tal vez, la España auténticamente grande frente a la mediocre. 

Escribía también don Antonio Machado por aquellas calendas, tiempos convulsos de resentimientos, manos airadas y demasiada ignorancia, previos a la inmensa desgracia que trajeron los años treinta; que en España, de diez cabezas, nueve embestían y una pensaba. Y yo, con muchos más, quisiéramos pensar que ahora son nueve las que sienten y una la que desvaría. Y ojalá fuera así para siempre.

En cualquier caso, sirva el testimonio de todos esos seres anónimos que nos hacen la vida amable en estos tiempos desconcertantes para mirar hacia adelante con optimismo. Porque si algunos resultan impresentables tras presentarse a ser elegidos para lo que sea, que a muchos de ellos todo les vale —también hay buenos—, otros, nuestros héroes, que son infinitamente más y mejores, se presentan diariamente desde el anonimato para servir desinteresadamente a todos.

Y fijándonos en cualquiera de ellos y de los otros, podríamos decir con el Mío Cid, ¡qué buen vasallo si hubiera buen señor!



martes, 24 de marzo de 2020

NOS HARÁ MEJORES



Venía a decir un amigo, la Voz del monte, que comprobaba su amor alejándose una temporada para saber si la echaba de menos. Medio en broma y medio en serio, pero en la profundidad de sus ojos no mentía. Y creo que ahora lo estamos experimentando. Forzados, sí, pero también solidarios en un empeño común a menudo emocionante.

Nuestra pena por quienes caen. Los aplausos compartidos reconociendo el gigantesco esfuerzo de los sanitarios profesionales y voluntarios de cualquier clase; por la cooperación de las fuerzas del orden y el ejército; de los transportistas, agricultores, pescadores y ganaderos; de muchos pequeños, medianos y grandes empresarios; de autónomos y comerciantes; funcionarios y servidores públicos; terapeutas, profesores, periodistas, informáticos, empleados, taxistas, conductores, limpiadores y cuantos arriman su hombro para llevar el peso principal de esta ruinosa carga sobrevenida. Porque, reconozcámoslo, casi nadie intuía que el coronavirus covid-19 fuera tan atroz y cercano. Y yo el primero.

Poco más que una gripe. Eso pensábamos, y quizás sea así, pero para la que no estábamos preparados. Aunque desde la ignorancia, uno se pregunta si es tan difícil acabar con un virus cuando el género humano está tan avanzado en tantos campos. Lo peor sería confiar en otra casualidad como la de Fleming con la penicilina y las bacterias para hallar un remedio eficaz. Al menos, para algo tan previsible como los virus que cada poco nos enferman con alguna gripe nueva. Otra cosa son los criminales que surgen de improviso como maldiciones bíblicas: sida o ébola, por ejemplo.

Los virus son ahora el enemigo global y nos queda la esperanza de ser capaces de encontrar los antídotos oportunos igual que otros a lo largo de la historia pudieron contrarrestar pandemias como la del cólera, malaria, lepra, peste, sarampión, viruela y demás enfermedades terribles.

Por todo ello, la primera lección que deben extraer los políticos de esta crisis global es dedicar una parte importante de sus esfuerzos a apoyar a los científicos e investigadores que son quienes pueden hacernos ganar de verdad esas batallas de la naturaleza. Todo lo demás está bien, pero no dejan de ser parches voluntaristas para algo tan serio. Menos gasto en adornos y mamandurrias de todo tipo, por no esturrearme en señalar, y más en la defensa de la dignidad y de la vida.

El sufrimiento nos iguala a todos, como la muerte, y en esto no hay economía ni ideologías políticas que valgan. Las empresas farmacéuticas harán bien en invertir por la cuenta que les trae, y bienvenidos sean sus hallazgos, pero los gobiernos deberían empeñarse en dar esta batalla desde el sector público. A la corta evitarían sufrimientos y salvarían vidas de sus ciudadanos, que debería ser lo primero, y a la larga aliviarían los presupuestos desbordados por estas crisis y sus consecuencias sociales que, como la que ahora nos consume, pudieran derivar en conflictos aún más graves. Solo es cuestión de tiempo, tanto para lo bueno como para lo peor.

Volviendo a la mayoría, este tiempo de retiro puede propiciar que reorientemos el sentido de nuestra vida. Abramos almas y mentes. Un psiquiatra, neurólogo y judío vienés, Víktor Frankl, nos hizo el inmenso favor de contar su experiencia en los campos de concentración nazis con un librito que recomiendo y he regalado mucho: El hombre en busca de sentido. Es reconfortante, por su particularísima visión, a pesar de la tragedia que vivió. Y aunque nuestro encierro sea tan diferente, también nos puede ayudar a mirar, a ser y a obrar de otro modo. Y a querer. Y a ayudar.

En la añoranza puede anidar ese paso más allá que todos deseamos alguna vez. Quizás nos empuje a decirle a alguien lo que llevamos tiempo rumiando. O hacer aquello que deberíamos. El egoísmo, la soberbia, las falsas prisas, la timidez o simplemente la indolencia o el poco coraje, que también sucede, nos lo impiden.

Recuperar la espiritualidad sería magnífico. Repensarnos. Escuchar nuestro silencio, leer, meditar o rezar para trascender nuestra débil y efímera condición humana. Recomiendo ver Los dos Papas, una película de Fernando Meirelles donde se ejemplifica la renuncia a vanidades y prejuicios por algo superior.

Agustín Medina, un gran comunicador de los años ochenta, escribió otro librito precioso titulado Confesiones de un publicista comprometido. Entre otras, reflexionaba sobre aprovechar el tiempo pequeño, muy pequeño, que tenemos para ser sinceros con nosotros mismos.

Sería el inicio del camino para salir mejores de esta. Ánimo.

Y a todo esto, sin fútbol.   


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