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martes, 12 de septiembre de 2017

LA TABLA MANDA


En pretemporada el Madrid fue notablemente mejor, pero una vez iniciada la Liga la tabla es la que manda. Decíamos que dos resultados pueden cambiarlo todo en el fútbol, y así ha sido. El Barça aún no ha encajado un gol y comanda la clasificación, con tres victorias en tres partidos, y los merengues se han dejado cuatro puntos en casa. Esos empates con sabor a naranja amarga, ante dos magníficos Valencia  y Levante, han variado el panorama; las urgencias, ahora, por Chamartín.
Y como esto es fútbol, que decía Vujadín Boskov, las cañas de hace unos días se ha vuelto lanzas contra Zidane. Las rotaciones que antes lo encumbraron con razón ahora lo lancean con oportunismo. ¿Y cómo no?, también asoman los árbitros por la garganta profunda de don Florentino, que ha redescubierto el ancestral vicio tan futbolero como absurdo de buscar fantasmas si las cosas no salen a nuestro antojo. Y cuando un personaje así enarbola esa obviedad, que en su caso sí es más que un presidente de club, se convierte en banderín de enganche para los papistas que pretenden ir  más allá que el mismo Papa. 
¿Que el colectivo arbitral español es mejorable? ¡Toma; pues claro! Igual que lo son nuestros clubes y hasta el lucero del alba. ¿O no ha sido manifiestamente mejorable su gestión al frente del Madrid a lo largo de tantos años, como él mismo reconoció al dimitir en su primera etapa? Y hasta sus mejores futbolistas: Zidane cabeceando el pecho de Materazzi en su último Mundial, aunque le insultara a un familiar,  o el propio Ronaldo empujando al árbitro que lo expulsó, por mucho que hubiera errado.  Así es el fútbol de mejorable, como todo en esta vida.
Pero volviendo a la Liga, el Barça ha remontado el vuelo en el terreno de juego —más arriba el patio sigue mojado— con la base del equipo de antes de los fichajes, fuga y desvaríos, y su máxima figura en plan estelar. Messi, que con Argentina no levanta cabeza, ha retomado el mando y nos ha puesto a todos de acuerdo en que sigue siendo el mejor. Igual que sabemos que un Real sin Cristiano es más romo que agudo.  Contra el Levante me pareció seguir viendo a Argentina ante Venezuela; atasco monumental en el centro y en las inmediaciones del área rival y nadie para el remate dentro de ella. Y es que, si a Messi le pones al lado a Dybala, y a Banega de media punta también, le cierras caminos y diagonales hacia el gol. Como ocurrió en el Madrid contra el Levante, con Asensio, Lucas y Kroos estorbándose,  o el propio Benzema mientras estuvo e Isco cuando salió, por no hablar del batiburrillo por la izquierda con Marcelo y Theo compitiendo por idéntico espacio. Sampaoli y Zidane tendrán sus razones para esos galimatías, pero como son inteligentes supongo que no repetirán tales inventos.
Valverde, eficiente y perspicaz, al fin puso a Deulofeu en su sitio, por la derecha, y liberó a Messi, como ya hizo Guardiola, para que jugara donde quisiera sin arrancar desde la banda, y ambos lucieron sus mejores cualidades con Suárez cayendo más a la izquierda. El seleccionador argentino debería tomar nota.

Y lo de Bale es de record calamitoso. De aquel extraordinario lateral izquierdo goleador en Inglaterra, donde mejor ha lucido, a extremo por la derecha y el sábado a delantero centro en el Madrid. De muy bien a mal y peor. Un futbolista sobrado de egos y presencia física con piernas de cristal, que debería haberse dedicado al tenis, por su individualidad, y no a jugar de lo que sea para un lucimiento básicamente imaginado; camino de rubricar a Laurence Peter con lo de ir ascendiendo hasta alcanzar el máximo grado de incompetencia. Pero más culpa tienen sus cómplices. Pérez, el presidente-director deportivo, por no enmendarse, vendiéndolo, para deshacer el entuerto de su fichaje, en vez de largar a Morata —al final tendrá que regalarlo como a Kaká—; y Zidane, que sabe mejor que nadie de qué va esto, por secundarle. Morata no se hubiera ido y el Real Madrid tendría mejor plantilla que el año pasado, pero sin su canterano más rentable ya pueden encomendarse a la Almudena para que el regalo que dejó Ramón Calderón, Cristiano, no falte mucho. Los goles, razón suprema del fútbol, no se marcan con el glamur, vendiendo camisetas, en el palco, en la pizarra ni en los despachos. 

lunes, 13 de marzo de 2017

RAMOS, NEYMAR Y EL ÁNIMO


La remontada del Barça ha propiciado de nuevo el viejísimo debate que la semana pasada señalábamos, afirmando que los árbitros no golean. Y aunque el árbitro turco alemán cometió dos errores de bulto que favorecieron claramente al Barça: el penalti que pitó a Suárez y el que no a Di María, estamos donde mismo, porque antes de esas azarosas circunstancias se conjugaron las claves del desastre parisino.
Los de Emery salieron al Nou Camp con un ánimo suicida, y todavía nos preguntamos  si era el mismo equipo que goleó al Barcelona en París. Aquellos diablos que pasaron por encima de los encogidos culés parecían infantiles acogotados tras el gol escolar de Suárez a los dos minutos. Y a partir de ahí, es inconcebible que un equipo de Champions juegue con sus once profesionales de su línea media hacia atrás, que no centro del campo. Piqué y Umtiti ocuparon durante ochenta minutos la parcela teórica de los interiores blaugranas, con Mascherano un pelín más retrasado merodeando el círculo central. Y el vasco, pasmado en la banda, no supo o no pudo sacar a su equipo de la cueva, nunca mejor definido el espacio que pisaron, para dar alas a sus grandísimas posibilidades. Ahí estuvo la primera clave.
Y la segunda en la banda izquierda barcelonista, confiada solo a Umtiti, con Neymar de punta e Iniesta de volante de apoyo. Era previsible un roto descomunal por la velocidad de los delanteros rivales, pero el técnico vasco despreció tan evidente tecla.  Verrati, ese talentoso que nunca pasará de proyecto de figurón, amagó varias veces con lanzar por ahí a Moura, pero se daba la vuelta para buscar a Cavanni o Drexler, en quienes seguramente confiaba más. Cualquiera de ellos por esa banda hubiera podido ganar el partido. En fin, un desastre descomunal que podría traer a don Unai de vuelta a España para reinventarse. El fútbol tiene esas cosas. Una trayectoria envidiable tirada por el desagüe de una cagalera descomunal, en un partido que pasara al anecdotario vergonzante del fútbol.  Hasta el excelente y calladito Iniesta reconoció que el planteamiento contrario facilitó la histórica remontada.
Al margen de esas realidades, solo queda aplaudir el hito culé y celebrar que por fin se atisba cierto relevo al irrepetible Messi, aunque todavía le quedan años del mejor fútbol que se recuerda.  Neymar, a quien hemos criticado su infantilismo, teatro y absurdas actitudes chulescas, se coronó el miércoles como el otro yo del fenómeno argentino al encender la llama del ánimo culé.
El Madrid también jugó con fuego en Nápoles, con la lumbre fría de la indolencia en una primera parte irreconocible de los artistas de Zidane.  Aquí compitió igualmente el ánimo; ese talismán que por cualquier circunstancia del juego pone alas o plomo en las botas.  El mago que hizo brotar el genio blanco fue de nuevo Ramos, tan discutido por propios y ajenos como jugador imprescindible en los últimos años merengues.
En los momentos difíciles es cuando un líder debe demostrar que lo es, y el de Camas no se arruga. Ramos, sin ser un virtuoso del balón,  pero sí uno de los defensas más dotados técnicamente, tiene la fuerza de los elegidos y un corazón futbolero tan grande como ese Pizjuán que acoge vergonzoso los insultos de los descerebrados que no le perdonan su enorme personalidad. Y demostró también la raza que lo distingue al apagar el ánimo de los rápidos futbolistas napolitanos y el incendio de sus  camorristas en la grada.  El sevillano es un referente en la historia del fútbol español porque se recordarán durante decenios sus goles cabeceros.
El ánimo y el liderazgo estuvieron presentes también en el Atlético de Madrid de Granada. Sin Gabi, que es quien lo insufla y ejerce, pareció un equipo menor frente al correoso y aseado equipo nazarí. Koke, el relevo racial de Gabi, frotó la lámpara para que apareciera al final el genio de Griezmann. Ese portento que deberá salir más en Europa si quieren hacer historia. Mimbres tiene Simeone, pero deberán ser menos guadianescos que en la Liga.

Nuestra fortuna es que, un año más, coparemos los mejores equipos de la Champions, con permiso del Bayern. Y tres de ellos con posibilidades de orejona, aunque si el Sevilla de Sampaoli pasara el fielato inglés, el ánimo que decíamos los colocaría en el sprint.  El próximo técnico del Barça, Messi mediante, tiene en Leicester un reto decisivo. Y él lo sabe. Puede ser su mecha. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

ESTILOS Y CARNAVAL


El ser humano es resistente al cambio. Una vez acordonados por las zonas de confort y seguridad de las rutinas diarias, abordar nuevas metas supone un esfuerzo triple: desgajarnos del entorno inmediato, imaginar la nueva situación y el esfuerzo mental y físico para superar las inevitables inseguridades.
Con tres cromos, anda Simeone cambiando la cara de su Atlético. Y no es fácil. La variación es sencilla sobre el papel, pero lo que implica está siendo difícil de digerir para un sector de sus aficionados; incluso para algunos futbolistas titulares.
Gabi, este todoterreno futbolístico tan racial y jugador de club como emblemático, se quejó al principio de temporada de estar solo ante el peligro, porque Koke, su nuevo socio en el eje, es más volante de ataque que medio centro. El pulmón prodigioso rojiblanco estaba refugiado en el esquema que le permitió resurgir de sus cenizas, con Tiago o Fernández de escoltas.
La transición colchonera hacia un juego más vistoso, con dos volantes creativos como Saúl y Carrasco, le costará este año perder opciones en la Liga. Pero a cambio, en la Champions, donde es más fácil aprovechar la fantasía de tales alfiles, le permitirá más opciones para ganar al fin su primer gran título europeo. El otro día se vio en Alemania con una victoria contundente. Ahora mismo, parece el equipo más poderoso en la competición reina en Europa.
Por Barcelona también soplan vientos de cambio. Unos dicen que de técnico y otros de ciclo. Pero yo creo que esto último se produjo hace tiempo.  Luis Enrique tuvo que lidiar con la sustitución de Xavi, el faro que alumbraba el exitoso sistema anterior, y eso es más imposible que difícil. Sin la autoridad de Pujol y la batuta de Xavi, con un Iniesta desubicado del lugar que le hizo grande, en la media punta por la izquierda, y con Busquets con algunos años y achaques de más, el Barça tenía que reinventarse. Y en ello ha estado en los últimos tres años. La suerte blaugrana ha sido hallar en su tridente atacante mágico el ungüento que aliviaba carencias. Pero al final se impone la realidad.
Al minero asturiano le han ido trayendo inventos: Rákitic, André Gómez, Arda, Denis, Umtiti y el repescado Rafinha, supongo que con su bendición, pero el agua siempre va a lo hondo sin pedir escrituras. Ninguno de ellos, ni el propio Iniesta centrado en el medio campo, pueden sustituir a los verdaderos dueños del fútbol de autor que los hizo grandes: el Xavi majestuoso y clarividente, el mejor y más sólido Busquets y el ingrávido y  sorprendente Iniesta. Quizás le faltó a la dirección técnico culé imaginar recambios en Thiago y en Sergi Roberto, pero al primero lo dejaron marchar y el segundo ha tenido que taponar la salida de Alves; otro solista de aquella extraordinaria orquesta. Y ahora, con una temporada para olvidar, tendrán que refundar el sistema y el juego, pero deberán fichar a un prestidigitador. ¿Sampaoli?, puede ser, miren su atractivo cambio de piel al Sevilla.
Y el Madrid sigue respirando bajo la elegante sordina de Zidane. Domar egos es el primer mandamiento de cualquier técnico de un grande, y eso lo hace bien el francés; es su éxito, por encima de otros evidentes aciertos, e incluso de algunos errores. Algunos echamos de menos un sistema claro de juego —la gran carencia blanca para ganar en fiabilidad—, pero estoy  convencido de que el único que quieren en el Bernabéu ahora es marcar más goles que el contrario.  Como siempre ha sido, pero con letra y música detrás y no como sea. Habrá que dar tiempo a la callada labor de Víctor Fernández en su búsqueda de nuevos talentos, y hay algunos que apuntan alto, como Vallejo, pero es necesaria la paciencia. Cristianos, Casillas o Raúles no salen a diario, y en este Madrid idólatra, donde el culto al mesías de turno y las prisas son santo y seña, es una amenaza.
La mayor transmutación de sus aficionados es escuchar en su mítico estadio el vulgar “¡Vamos campeón….!”, que suena hasta en los campos más modestos con la letra en los electrónicos, en lugar del glorioso y distinguido “Hala Madrid”.  En ese matiz, que a algunos nos avergüenza, reside la diferencia. ¡Qué lástima de afición anestesiada! Con la que hizo grande a este incomparable club, algunos, de corto, de largo, palqueros y medianías, estarían tiempo ha pastando en otros verdes.

Mientras, ¡que siga el carnaval!       
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