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lunes, 2 de abril de 2018

ISCO Y MESSI O LA IMPORTANCIA DEL MEJOR



Decíamos que contra Alemania nuestra selección tuvo luces y ciertas sombras, y ahora añadimos que contra Argentina reiteramos alguna, aunque corregimos otras. El tema del medio centro, con Thiago, continuó flojeando, de ahí que en la primera parte nos llegaran con excesiva facilidad por el centro, y de haber contado con alguien resolutivo al borde del área quizás ahora estaríamos hablando de otras cosas.
Sí, no nos engañemos, con Messi hubieran hecho algún gol más y entonces no habrían entrado los de Lopetegui en la segunda parte con la facilidad con que lo hicieron; ellos se hubiesen cerrado para esperarnos a la contra. Es la decisiva importancia de que juegue o no el mejor del mundo. Esto no es restar brillantez a la goleada de Isco y compañía, que hicieron méritos sobrados, sino tratar con cierta objetividad lo engañoso que puede ser un resultado en el fútbol.
En la cara buena de la moneda nos encontramos con la corrección del juego horizontal y de ronditos. España fue más vertical y el marcador reflejó tal circunstancia. Isco, como ejemplo, halló la excelencia jugando de media punta —casi de segundo delantero—, que es donde mejor partido puede sacar a sus amagos, caños y excelsa clase. Y de ahí deriva la pregunta de la mayoría como consecuencia de sus tres goles: ¿Por qué no es titular en el Madrid? No es muy complicado deducirlo.
En primer lugar están los sistemas competitivos tan diferentes de la selección y de su equipo. Nuestros seleccionados se asocian continuamente hasta encontrar un hueco preciso, como vienen haciendo desde Luis Aragonés. En el Madrid los huecos se buscan a base de velocidad, arreones y ‘cristianazos’. Y en esa diferencia hallamos la segunda explicación. Isco requiere pausa para su juego y eso lo encuentra con jugadores tipo Busquets o Iniesta.
De ahí, y en segundo lugar, encontramos la idiosincrasia de sus compañeros. Su puesto ideal en el Madrid sería jugar cerca de Cristiano para combinar, filtrarle balones y habilitarle espacios, pero para eso cuenta Zidane con Benzema, que además hace tan bien ese papel que hasta se está olvidando de golear. Por otra parte, un jugador como Isco requiere que el equipo juegue casi para él, y eso en su club es un imposible.
Finalmente, está lo que tanto hemos comentado: sus propias características. Alguna vez recordamos a Guti, afirmando que tenía tanta clase como él, si no más, y nunca fue titular indiscutible en el Madrid de Raúl y de los galácticos Coinciden también en el protagonismo personal. Ni el madrileño entonces ni el malagueño ahora representan al futbolista gregario porque respiran por sus egos. Y así llegamos a la complicación de liderar cualquier club grande. Para ello se requiere ser uno de los mejores del mundo, casos de Messi, por encima de todos, y de Cristiano, que a goles no le gana nadie.  El Barça puede jugar en torno al argentino y el Madrid para el portugués, y en esas categorías Isco ni está ni se le espera.  Todo lo demás es darle vueltas retóricas a lo mismo: es un extraordinario futbolista, sin ninguna duda, pero si aquellos son la primera fila él estaría en la segunda cuando luce sus mejores destellos y claramente en la tercera si se empeña en marear la pelota.
Como colofón, Cristiano es capaz de llevar en volandas a su equipo en la Champions, ahí están sus registros goleadores, y  Messi, como en Sevilla y tantas otras veces, se basta para levantar un partido en pocos minutos perdiendo de dos o más. Por eso, afirmo sin reparos que si hubiese estado contra España el resultado del pasado martes sería otro.
Cuestión distinta es cómo les irá a unos y otros en el próximo mundial. Argentina, de llegar a Rusia su media docena de puntales en buena forma, como la que exhiben ahora Banega, Agüero y Messi, será una de las mejores selecciones. Portugal dependerá básicamente de Cristiano, aunque dada su soledad será difícil que tenga un papel relevante. Isco, sin embargo, sí puede llegar a cotas muy altas porque en la selección está rodeado de una docena de futbolistas que son y serían titulares en las mejores selecciones del mundo: Busquets, Ramos, Piqué, Alba, Iniesta, Carvajal, De Gea o Silva, por citar a los fijos, o son los mejores en sus puestos o lo comparten favorablemente en el peor de los casos. Pocos combinados pueden decir lo mismo.     

martes, 12 de septiembre de 2017

LA TABLA MANDA


En pretemporada el Madrid fue notablemente mejor, pero una vez iniciada la Liga la tabla es la que manda. Decíamos que dos resultados pueden cambiarlo todo en el fútbol, y así ha sido. El Barça aún no ha encajado un gol y comanda la clasificación, con tres victorias en tres partidos, y los merengues se han dejado cuatro puntos en casa. Esos empates con sabor a naranja amarga, ante dos magníficos Valencia  y Levante, han variado el panorama; las urgencias, ahora, por Chamartín.
Y como esto es fútbol, que decía Vujadín Boskov, las cañas de hace unos días se ha vuelto lanzas contra Zidane. Las rotaciones que antes lo encumbraron con razón ahora lo lancean con oportunismo. ¿Y cómo no?, también asoman los árbitros por la garganta profunda de don Florentino, que ha redescubierto el ancestral vicio tan futbolero como absurdo de buscar fantasmas si las cosas no salen a nuestro antojo. Y cuando un personaje así enarbola esa obviedad, que en su caso sí es más que un presidente de club, se convierte en banderín de enganche para los papistas que pretenden ir  más allá que el mismo Papa. 
¿Que el colectivo arbitral español es mejorable? ¡Toma; pues claro! Igual que lo son nuestros clubes y hasta el lucero del alba. ¿O no ha sido manifiestamente mejorable su gestión al frente del Madrid a lo largo de tantos años, como él mismo reconoció al dimitir en su primera etapa? Y hasta sus mejores futbolistas: Zidane cabeceando el pecho de Materazzi en su último Mundial, aunque le insultara a un familiar,  o el propio Ronaldo empujando al árbitro que lo expulsó, por mucho que hubiera errado.  Así es el fútbol de mejorable, como todo en esta vida.
Pero volviendo a la Liga, el Barça ha remontado el vuelo en el terreno de juego —más arriba el patio sigue mojado— con la base del equipo de antes de los fichajes, fuga y desvaríos, y su máxima figura en plan estelar. Messi, que con Argentina no levanta cabeza, ha retomado el mando y nos ha puesto a todos de acuerdo en que sigue siendo el mejor. Igual que sabemos que un Real sin Cristiano es más romo que agudo.  Contra el Levante me pareció seguir viendo a Argentina ante Venezuela; atasco monumental en el centro y en las inmediaciones del área rival y nadie para el remate dentro de ella. Y es que, si a Messi le pones al lado a Dybala, y a Banega de media punta también, le cierras caminos y diagonales hacia el gol. Como ocurrió en el Madrid contra el Levante, con Asensio, Lucas y Kroos estorbándose,  o el propio Benzema mientras estuvo e Isco cuando salió, por no hablar del batiburrillo por la izquierda con Marcelo y Theo compitiendo por idéntico espacio. Sampaoli y Zidane tendrán sus razones para esos galimatías, pero como son inteligentes supongo que no repetirán tales inventos.
Valverde, eficiente y perspicaz, al fin puso a Deulofeu en su sitio, por la derecha, y liberó a Messi, como ya hizo Guardiola, para que jugara donde quisiera sin arrancar desde la banda, y ambos lucieron sus mejores cualidades con Suárez cayendo más a la izquierda. El seleccionador argentino debería tomar nota.

Y lo de Bale es de record calamitoso. De aquel extraordinario lateral izquierdo goleador en Inglaterra, donde mejor ha lucido, a extremo por la derecha y el sábado a delantero centro en el Madrid. De muy bien a mal y peor. Un futbolista sobrado de egos y presencia física con piernas de cristal, que debería haberse dedicado al tenis, por su individualidad, y no a jugar de lo que sea para un lucimiento básicamente imaginado; camino de rubricar a Laurence Peter con lo de ir ascendiendo hasta alcanzar el máximo grado de incompetencia. Pero más culpa tienen sus cómplices. Pérez, el presidente-director deportivo, por no enmendarse, vendiéndolo, para deshacer el entuerto de su fichaje, en vez de largar a Morata —al final tendrá que regalarlo como a Kaká—; y Zidane, que sabe mejor que nadie de qué va esto, por secundarle. Morata no se hubiera ido y el Real Madrid tendría mejor plantilla que el año pasado, pero sin su canterano más rentable ya pueden encomendarse a la Almudena para que el regalo que dejó Ramón Calderón, Cristiano, no falte mucho. Los goles, razón suprema del fútbol, no se marcan con el glamur, vendiendo camisetas, en el palco, en la pizarra ni en los despachos. 
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