Hoy
les pido a nuestros queridos lectores que me permitan un desahogo nostálgico en
aras a reivindicar la belleza que hay alrededor del fútbol. Viene esto a cuento
de media hora excepcional que vi el otro día en la vuelta de Copa entre la Real
Sociedad y el Barça.
Los
he comentado con algunos amigos que todavía se sorprenden de que a muchos nos
deleite la exquisitez del juego blaugrana cuando lo hacen con los mimbres
básicos de la Masía, puestos en su máximo valor por Guardiola en su club y por Luis
en la Selección. Ver jugar a uno o dos toques a media docena de jugadores
en medio campo o en las áreas tal vez sólo sea valorable, aparte de su belleza
nada natural, para quienes sabemos la dificultad de hacerlo por haber sido
torpes hasta la reiteración intentándolo en nuestros años mozos. Lo más difícil
junto al gol.
Y
suele coincidir su negación con quienes antes que del fútbol son madridistas
irredentos. Y claro, olvidan que los blancos también han tenido épocas en las
que brillaban con un juego tan bello, aun en la diferencia.
Yo
iba con mi padre al antiguo hotel Regina en la calle de Riquelme, vecino
nuestro por vivir en la plaza de San Nicolás,
a ver los partidos en blanco y negro de Copa de Europa del Real Madrid
de Di Stéfano y Gento. Y también, más tarde, tuve la ocasión de verles en directo
en la vieja Condomina; cuando el Real Murcia de Lalo, Marsal y compañía.
Mucho después volvía ver en directo muchas veces a otro Madrid que encandilaba;
el de la llamada quinta del Buitre.
Y a otros ‘Murcias’ que también brillaban en cualquier división: el de tercera
de Martín y luego Mesones con José, Ruiz Abellán, Murciano, Añil, Valenzuela, Canito y compañía; con el Cartagena de Fiol, Baby, Ginesín, Juanete, Melenchón, o García dándolas
todas. O el de segunda pimentonero del mismo
Felipe con algunos de los anteriores y otros como Juárez, Cristo, G. Soriano, Vera Palmes, Ojeda y
similares; o el de primera con varios de los citados, habiendo subido de la de
bronce a la de oro en dos años. Luego disfrutamos de los Vidaña, Guina, Figueroa, Manolo, ‘los Sánchez’, Ramírez, etc., y también salíamos, como
en aquellos viejos tiempos, jugando a la pelota con cualquier bote tratando de
emular lo que habíamos visto. Como ocurre cuando se ve una buena faena de un
buen torero, que sale uno dando pases de ensueño a la calle.
Y en
otra dimensión, paralelamente, hemos disfrutado del Barça de don Johan – y antes del Ajax y de
Holanda como jugador -, del Madrid de Zidane,
del Milán de Sacci, o mucho antes
del Brasil de Pelé. Y nadie puede
discutir la belleza del fútbol que desplegaban. Pues eso les digo a mis
queridos amigos, madridistas confesos y convictos como yo mismo lo he sido
siempre: que el fútbol bueno no está reñido con los colores. Es más, engrandece
a los propios cuando uno lo reconoce en los demás, añorando que nuestro equipo
no lo haga igual de bien como tantas otras veces.
Últimamente
se ha puesto de moda contraponer el fútbol fulgurante del contragolpe blanco. Y
lo hacen algunos pareciendo que eso lo hubiera inventado un monosabio
portugués, de cuyo nombre no quiero acordarme, olvidando que jugar a la contra
es tan viejo como el propio fútbol. Que le pregunten al Atlético de Luis, de jugador y técnico, por no hablar de los balones
largos de los ingleses; la cuna de nuestro juego. O de cómo los italianos
tienen cuatro Copas del Mundo.
En
fin, amigos, que ganando todo es aceptable, pero emocionar sólo está al alcance
de los elegidos. Y el Barça de Pep, como la Selección de Luis o de Del Bosque han sido equipos
legendarios; de los que marcan época, tal y como los que de verdad saben de
esto señalan. Los últimos en hacerlo, esta misma semana, han sido los
extranjeros Lippi y Pellegrini. Como antes Pelé y muchos
más. A ver si en Brasil seguimos haciendo historia este verano.
Brindo
estas líneas a amigos del alma como Paco
López, Pepe Castillo, Pedro Manzanares, Pedro Conesa, Roberto Luengo, José
‘el Torres’, Enrique y Pedro López, Paco Vera, Alfonso Morcillo
o Jesús Belascoaín, entre otros; que
quieren que el Barça pierda hasta en los entrenamientos. Jajajaja ¡La política es otra cosa, joer!
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