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jueves, 12 de junio de 2014

NI REYES ANTIGUOS, NI REDENTORES, NI BANDERAS VIEJAS

La generación española posterior a la Guerra Civil y a la II Guerra Mundial tenemos la suerte de no haber sufrido aquellas calamidades y las experiencias de conocer los pros y contras de un régimen autoritario y de vivir una transición ilusionante hacia una democracia, con sus luces y sombras, dentro de la singularidad que representó hacerlo en paz; eso que ahora se menosprecia aunque contara con reconocimiento mundial. Las sociedades democráticas que nos rodeaban por lo que suponía de llegar a puerto tras una larga travesía y quienes navegaban aún las aguas procelosas de la ausencia de libertades públicas, algunos hermanos de lengua aún siguen, por el ejemplo. Y por todo ello tenemos cierta perspectiva.

Un rey moderno



Juan Carlos I supo estar a la altura de las circunstancias y devolvió la soberanía al pueblo renunciando al inmenso poder recibido de Franco. Y fue para la inmensa mayoría el adalid que posibilitó la Transición, desde entonces con mayúscula. De ahí la excelente imagen que se ganó dentro y fuera de nuestro país. Pero el tiempo ha pasado para todos y para él también. Un tiempo que ha ido emborronando logros históricos por la corrupción en demasiados altos niveles españoles y que a él también le ha enfangado.  Y ahí comparte las culpas con quienes desde el poder político no han sabido ni querido poner coto a desmanes de todo tipo. Si los políticos españoles son mal vistos por los ciudadanos, desmérito que se han ganado a pulso desarrollando una democracia muy débil, él tampoco ha sabido reverdecer el faro que iluminara el futuro de España y su imagen se ha ido deteriorando hacia la de un rey anticuado. Lo mejor que ha hecho sobre todo en el último decenio ha sido el de abdicar.

Si nuestro futuro fuera una monarquía, que es lo legalmente establecido en la Constitución que se dio mayoritariamente el pueblo español en referéndum en 1978, necesitamos que su sucesor se gane el título de Regenerador; Felipe VI el Regenerador le llamábamos desde esta tribuna en febrero de 2013. Hace más de un año que la abdicación era necesaria tras truncarse la esperanza que suponía para millones de españoles de todo signo la llegada de Rajoy a su omnímodo poder, tomando los derroteros de la misma ruina social del gobierno anterior, y la imposibilidad del propio monarca para propiciar un cambio de rumbo por falta de carisma y de fuerza moral.

Necesitamos un rey moderno que sepa desde su primer y segundo plano, como meramente representativo, impulsar el cambio social que España necesita. Y el primer escalón de tan difícil escalera es el de ir recuperando los valores perdidos. Pero su padre tampoco lo tenía más fácil en noviembre de 1975.

Banderas viejas

Si por el contrario nuestro futuro fuera una hipotética república, desde luego no pasaría por enarbolar la bandera de la II República española de abril de 1931; ese régimen que por fas o nefas acabó enfrentando a media España contra la otra mitad dando lugar a la peor calamidad española conocida.

Sin entrar en culpas directas o inducidas, que para eso están los numerosos análisis a mano – unos más objetivos que otros pero que aproximándose a ellos en conjunto y sin prejuicios dan una idea muy aproximada de la realidad-, hay unas cifras tan aterradoras como indiscutibles. Nuestra Guerra Civil produjo más de medio millón de muertos, la mitad de ellos en el frente y la otra mitad en las dos retaguardias al margen de hechos de guerra. Redondeando, y dentro de la vergüenza que tanta sangre derramada supone, hubo sobre ciento veinticinco mil víctimas represaliadas bajo esa bandera tricolor que ahora tan alegre como ignorantemente alzan algunos. Y sin entrar en juicios ni valoraciones sobre ellas ni en las similares ejecutadas por el bando de enfrente, siempre es el momento de decir, como hizo el presidente republicano Azaña tras el salvaje enfrentamiento: “Paz, piedad y perdón”. Y de tener mucho respeto hacia sus descendientes, al que ahora faltan quienes enarbolan cualquier bandera manchada de sangre.

El propio Anguita, comunista y republicano, ha dicho, y muy bien, que la supuesta tercera república no llegará con manifestaciones folklóricas ni con celebraciones bajo esa bandera morada y tricolor reivindicando la II República. No sé en qué sentido lo dice, pero en todo caso sería imprescindible olvidar de una vez la peor etapa moderna de nuestra historia y mirar hacia adelante sin facturas pasadas y reflexionando sobre qué futuro queremos. Eso que hicimos ya una vez en aquella Transición que ahora necesita actualizarse. Y en el supuesto de que fuera en una república deberíamos mirar dentro de las diversas variantes de nuestro entorno libre.

Los redentores

Y, finalmente, sería bueno y muy oportuno aquello de “abtenerse redentores”, porque la mayoría ya no nos los creemos. Por muchas medios modernos de comunicación y redes sociales que sepan manejar. Los aspirantes, que los hay con coleta y sin ella, deberían valorar con Rosa Díez que muchos españoles se han sacrificado para que ellos puedan decir ahora en libertad lo que piensan.  

Es el tiempo de reflexionar sobre el futuro desde la legalidad elegida y sin prisas, que nunca son buenas. Sin regímenes asamblearios, por muchas simpatías que ciertos movimientos sociales generen, porque son caldos de cultivo de demagogias inquietantes. De ahí han salido algunos líderes populistas que han llevado a sus conciudadanos al desastre. Y mucho más en una sociedad que celebra sus fiestas demasiadas veces con enfrentamientos populares entre fuegos y ensalzando diferencias en lugar de coincidencias: moros y cristianos, blancos y azules, rojos y negros, cartagineses y romanos y de arriba o de abajo, etc.  

Recordemos lo parecido que suenan un cohete o un petardo y un tiro. Los lobos travestidos de corderos, la sencillez de generar manada irreflexiva entre el desconcierto y la desesperanza, y que el rojo sangre es uno de nuestros símbolos.   

miércoles, 17 de julio de 2013

LISTOS DE PAPELES

Mariano Rajoy
Así deberían estar los que meten la mano donde no deben en un país decente. Y más liquidados aún quienes promueven y sostienen tal estado de cosas. En la corta historia de nuestra democracia hemos tenido ejemplos de tan lamentable situación en demasiados partidos políticos, y contra lo que la decencia, la vergüenza y el sentido común dictan, nunca ha ocurrido lo que debería. Es decir, que tanto los pringados directamente como quienes han convivido con ellos siendo responsables de tales organizaciones políticas ni han dimitido, mal menor, ni han ido a contar días a donde deberían haber ido, que no es otro sitio que un encierro digno y de duración suficiente para que reflexionen y sirvan de escarmiento ejemplar. Y así ha sido y sigue siéndolo con escasísimas excepciones a pesar del tremendo daño que hacen al país al que dicen servir y a los ciudadanos que los mantienen con sus impuestos.

Un suponer

Ustedes imaginen que nos enteramos de que cualquier jefe de gobierno de cualquier país de nuestro entorno ha estado cobrando dinero negro de su partido en una etapa anterior a ocupar el puesto que ahora ostenta. Pensaríamos, sin duda,  que ese sujeto es un sinvergüenza, su partido una cueva de chorizos y el país que aguanta tal cosa sin que dimita y el partido haga una profunda remodelación de estructuras y de principios, además de pedir los perdones correspondientes y devolver el dinero sustraído a la hacienda pública, una nación sin convicciones morales de ningún tipo y sus ciudadanos una manada de borregos.

Pues eso mismo es lo que puede pasar con España por el camino que vamos. Ojalá no demos lugar  a que individuos de la catadura del presidente actual de Venezuela, un espécimen que atiende por Maduro, se permitan seguir diciendo a los cuatro vientos que pueden detener el avión en que viaje Rajoy para ver si lleva a bordo el dinero que roba a los españoles. La clave de todo ello va estar en el resultado final que arroje el asunto de los papeles del extesorero del PP; que tengamos suerte y todo sea falso.

Deducción lógica  

Sin prejuzgar que sean reales o no las acusaciones del tal Bárcenas y la autenticidad de sus manoseados papeles, hay sin embargo una reflexión lógica que aclara bastante la verosimilitud de este nuevo escándalo económico político.

Veamos, si tan limpios de toda iniquidad están Rajoy y compañía no se entiende que sólo cuando el antiguo tesorero del PP ha dado con sus huesos en la cárcel y empieza a soltar lastre mal oliente amenazando con más porquería, sea cuando empiezan a llamarle delincuente y otras maldades. Lo natural hubiera sido que desde el principio, hace ya unos cuantos meses, le hubieran puesto una querella por calumnias, al menos, cuando no por otras cosas mayores. ¿O es que no les chocaba lo de que este individuo tuviera tantos millones de euros fuera de España sabiendo a lo que se había dedicado durante los últimos veinte años? Porque no creo que los altos cargos del partido puedan amasar trabajando honestamente las docenas de millones del elemento en cuestión.

Lo que nos dicta el sentido común es que durante todo este tiempo han estado pasteleando con él, con el compañero Arenas como  pastelero mayor del reino de por medio junto con otros compinches haciendo de hombres buenos para evitar males mayores para toda la banda ¿O no? Y este pequeño detalle producto de un razonamiento de lo más corriente nos lleva a la triste conclusión del refranero: “cuando el río suena, agua lleva”.

Nadie en su juicio normal puede creerse que en España se puede amenazar al Presidente del Gobierno y al partido que lo sustenta con temas tan criminales sin recibir a cambio una querella como una catedral, cuando no fuera también acompañada de otras acciones más tajantes en lo inmediato. Y el individuo que ahora les tiene en jaque lleva haciéndolo demasiado tiempo sin que ninguno de los aludidos haya tomado las medidas drásticas que cualquier persona normal hubiese acometido. Conclusión, siguiendo la lógica: en lo que muestran los dichosos papeles hay más de verdad que de mentira. Por eso, como dice la canción, hay muchos y muy notables trincones entonando eso de ¡’Mieeedo, teeengo mieeedo’!

Capados de futuro

De todos modos, en el pecado llevan la penitencia. Porque dudo mucho que en el futuro inmediato sepamos la verdad de toda la inmundicia que ahora tira por tierra la imagen de España y de sus soportes políticos, y mucho más que alguien pague las obligadas consecuencias que debería, pero lo que sí tengo claro es que toda esa gente que aparecen señalados en los papeles de marras están también listos de papeles del mañana. Esta gente tiene el futuro político más negro que una noche sin luna.

Y claro, ahora se trata de repartir estopa para todos lados. Que si Aznar en la sombra, que si Aguirre azuzando, que si Gallardón a la espera, que si raras conspiraciones de no se sabe muy bien quién para cargarse a Rajoy, etc.; los movimientos deslavazados y nerviosos del que huele su propia chamusquina o quiere hacer méritos ante los jefes  y no tiene otros argumentos para defender la posición.

Un disparate indignante


Lo más indignante, sin embargo, no son las excusas baratas de los anteriores, sino que un dirigente como González Pons tenga la impiedad y desvergüenza, por no usar palabras mayores, de decir que el PP es Miguel Ángel Blanco (qepd) y no Bárcenas. ¿Cabe mayor indignidad? Deje usted con Dios a los que a fin de cuentas pagaron con la vida su honesta militancia, vilmente asesinados por criminales sin perdón humano posible, y no los mezcle con personajes de larga y siniestra mano que ustedes mismos, sin  que nadie les obligara, han mantenido en el partido en puestos de la máxima confianza y muy bien pagados por cierto hasta hace cuatro días. Se ha cubierto usted de miseria, D. Esteban. ¿Tanto tiene que tapar? 

jueves, 22 de noviembre de 2012

AHORA HABRÁ QUE SUICIDARSE. ¡QUÉ CANSERA DE POLÍTICOS!


Como todos los chapuceros, sus señorías, ilustrísimas y excelentísimos andan ahora tratando de parchear un acuerdo de mínimos sobre el cacareado asunto de los desahucios. Al margen de sus dramáticas consecuencias en demasiadas ocasiones, éste es un problema surgido entre personas físicas y jurídicas que en un momento dado y voluntariamente llegaron al acuerdo de suscribir un crédito hipotecario para financiar una vivienda. 

El trigo y la paja

Cuestiones diferentes son que al hipotecado le hayan ido mal las cosas, como lamentablemente a tantos, o que la familia haya pasado por alguna circunstancia negativa excepcional extrema.  Pero también hay demasiados que quisieron comprarse una casa sin muchas perspectivas de futuro y sin haber ahorrado antes casi nada.  Nadie les obligó.

Y también hay que distinguir entre que el banco de turno le diera el crédito alegremente, como sucedió ruinosamente tanto, o que les pusiera condiciones abusivas; lo que ha sucedido tantas veces, pero menos en aquellos años del “crédito fácil, entre, vea y elija”, cuando la competencia entre todas las entidades financieras para captar créditos hipotecarios eran feroz. Ahora sería otro cantar.

Agravios

Efectivamente, habría que aliviar la situación de las familias menos favorecidas y con cargas personales de difícil amparo fuera de la vivienda familiar. Y ahí debería intervenir el Estado. Pero cuestión bien distinta es legislar genéricamente para  casuísticas derivadas de relaciones económicas privadas originando con sus efectos agravios comparativos enormemente perjudiciales para la generalización de los valores humanos en la sociedad y las buenas costumbres. Que nunca han sido  valores reconocidos ni costumbres aconsejables la imprudencia económica ni el gasto excesivo.

Porque, como decía acertadamente el otro día el forero “Delgado” en un comentario a mi anterior colaboración, ¿qué pensarán ahora quienes se dejan la piel  para pagar  honestamente su vivienda? Habrá muchos que estén en la situación que ahora se ampara y que vean su esfuerzo estéril pudiéndose tomar vacaciones.

¿Y quiénes en lugar de comprar una vivienda decidieran alquilar por mera prudencia en el gasto? Pues dirán que les permitan también a ellos no pagar durante dos años el alquiler por aquello de las circunstancias. ¿O no?

Las chapuzas y los valores

Pero  claro, estos disparates son moneda corriente en la generalizada mediocridad actual de nuestros políticos. Acostumbrados, como están, a que el tinglado se mantenga mientras ellos cobren haciendo todo tipo de chapuzas, cuando no cosas peores.

Quienes nos desgobiernan ahora y los que se oponen para conseguir desgobernarnos después, que aunque parezcan distintos son casi todos iguales, son la peor lacra política que ha mamoneado a nuestra querida España y sus derivadas desde que se implantó la actual ‘partitocracia’ allá por 1.978.

En lugar de hacer políticas que nos ayuden a madurar democráticamente  en base a una libertad con mayúscula basada en la plena responsabilidad de nuestros actos y poniendo al Estado al servicio del progreso, se dedican a chapucear los valores que deberían procurarnos avanzar en esa dirección y a engancharse ellos y sus paniaguados a las ubres estatales sangrándonos hasta la desesperación con impuestos de todo tipo para mantener sus estatus.

Otro ejemplo con sangre

Miren, si no, el ejemplo de esa sociedad pública del ayuntamiento de Madrid, por poner uno sólo y de actualidad – hay miles en todo el Estado- que mantiene decenas de gerentes, docenas de empleados y centenares de millones de presupuesto y púas, dedicada a alquilar media docena de locales públicos – por muy grandes que sean- otra media docena de veces al año. ¿Es que no hay funcionarios de carrera en tal institución que podrían llevar con la gorra un negociado – ni siquiera departamento ni concejalía- de ese mini calibre? Pero claro, es más fácil sangrar a los ciudadanos con impuestos y tasas mil que largar a los enchufados “por si acaso saben cosas con papeles, las cuentan y se nos pueda ver el culete”.  Esta clave se les escapó hace poco a dos ilustres diputados hablando por lo bajini en el Congreso; uno popular y otro socialista. Y así en la mayoría de CCAA y  Ayuntamientos.

La Ley Hipotecaria, que data de 1.909, habría que cambiarla, ¡claro que sí!, pero no ahora porque haya tenido consecuencias dramáticas dadas las circunstancias, sino que hace mucho tiempo se debería haber abordado.  

Y la limpia de las miles de sociedades públicas, fundaciones, etc., absolutamente estériles,  también, que a ello se comprometió ese defraudador de tantas esperanzas que atiende por Rajoy. Y tantas otras cosas.

La cansera

Dirigir el futuro cambiando estructuras obsoletas lo hacen los estadistas: grandes políticos. Arruinar el presente viviendo de las chapuzas lo hacen los partidistas: polítiquillos de baja estofa.

¿Se imaginan ustedes a nuestros lumbreras políticos actuales, o los más recientes, dirigiendo cualquier empresa? Grande, mediana o pequeña, sería igual; como también han demostrado largamente. Véanse muchas Cajas de Ahorro y multitud de empresas públicas como desgraciados ejemplos. Unos inútiles, en su mayoría.

Y claro, así estamos: arruinados. Quien tiene posibles echándose mano a la cartera por si el Estado se la termina de pulir; cuando no robar. Los PYME con unas ganas locas de echar la persiana hartos de que los chuleen con todo tipo de inspecciones sangrantes. Y muchos de ellos y autónomos pasándose a la economía sumergida porque no hay manera.  Los parados, sin esperanza alguna de encontrar trabajo. Los comedores sociales llenos.  Los jóvenes que pueden largándose adonde se les valore. Y nuestros socios europeos y el mundo señalándonos asombrados.

¿Qué dónde están los descastados de la Casta? Pues en sus elecciones, sus referéndum, sus trinques por ciento y buscando criminalmente nuestro dinero hasta debajo de las piedras. El mayor problema es que te robe un tonto: te, y se arruinará. El listo permitirá que sigas ganado dinero en su beneficio.

Deberá haber más suicidios, o cosas peores, si cabe,  para que intenten hacer algo de provecho. ¡Qué cansera… de políticos! Como diría el admirado poeta murciano de Archena Vicente Medina.            

miércoles, 10 de octubre de 2012

MANO DURA Y LIBERTAD


Todavía vamos de ida en el péndulo social y político nacional. Tras la evolución pacífica que supuso la Transición, los españoles iniciamos un viaje pendular que nos ha llevado invariablemente hacia el otro lado del compás. Cualquier atisbo de aplicación natural de  normas es tildado inmediatamente como franquista. Esto ocurre en política, en las empresas o instituciones y en la sociedad en general; incluso muchas veces en las familias.

Es la simplificación ignorante de quienes confunden el culo con las témporas y tienden a pensar que la única democracia es la asamblearia o la representada por la ambigüedad, dejadez o simple tendencia al pasteleo o la cobardía del responsable de turno.

Muchos pensamos desde un criterio absolutamente liberal que a mayor libertad más responsabilidad, y que a mayor responsabilidad más compromiso con la organización reglada y pacífica de una sociedad. Igual  que cuanto mayor sea el relieve social más graves han de ser también las consecuencias de sus actos.

La libertad en las democracias maduras

Las naciones democráticas más antiguas y consolidadas tienen los códigos penales más duros de lo que se dio en llamar, en confrontación con las dictaduras de todo signo especialmente las comunistas, el mundo libre. Y eso tiene su confirmación en la dureza de las penas aplicadas por delitos de todo tipo: desde los criminales a los defraudadores fiscales pasando por terroristas, violadores,  pederastas, delincuentes de cuello blanco, estafadores, corruptos, etc. Y, ¡ojo¡, alteradores del orden callejero en cualquiera de sus facetas que, impunemente, destrozan los bienes públicos y coartan la libertad de los demás. Y eso por no hablar del descrédito general de cualquier político o gobernante que simplemente mienta a sus ciudadanos. Como se dice por cualquier rincón español cuando nos enteramos de noticias al respecto procedentes de EE.UU, el Reino Unido, Francia o Alemania: ¡igüalico que por aquí!

Esas sociedades democráticas han resuelto con la aplicación rigurosa de la ley o de la decencia nacional algunas de las cuestiones más peliagudas que se les han planteado. Desde grandes estafas o corrupciones a terrorismos o provocaciones de otros países invadiendo su soberanía. Es sencillo imaginar qué ocurriría si cualquiera de sus partes quisiera separarse del todo por las bravas o por una política de hechos consumados largamente larvada. Probablemente no ocurriría  porque  sus gobernantes no darían ni hubiesen dado lugar: ¡igüalico que por aquí!, de nuevo.

El equilibrio

Aunque parece manida, no ha perdido  un ápice de valor la conocida aseveración de que la libertad de cada cual termina donde empieza la de los demás. Y tampoco es muy discutible que lo contrario al autoritarismo de una parte es la anarquía, que no es de nadie. Como también es muy cierto que en los puntos intermedios está la virtud. Y esa virtud en política debería estar en una democracia liberal seria alejada de cualquier extremismo. Y en donde la ley y las normas sean aprobadas por nuestros representantes legítimos salidos de las urnas, que no de los partidos que se reparten el bacalao miserablemente. Aparte de que la igualdad de todos ante las leyes y reglamentos, y la de oportunidades reales para desarrollar cada cual sus potencialidades,  estén basadas en una auténtica separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y en una justa visión no paternalista del reparto de la riqueza, con criterios objetivos entre los que más y los que menos tienen. Sin llegar, claro está, al enquistamiento endogámico o a la confiscación efectiva de los posibles que cada cual pueda alcanzar con su esfuerzo; ¡igüalico que por aquí!, reitero.

¡Cuánto golfo!

No es necesario aclarar, pienso, a cuento de qué viene todo lo anterior. Seguramente tendríamos mil ejemplos comunes que están en el imaginario popular. Políticos embusteros de antifaz y adláteres de trinque, descaro y mamandurria; corruptos todos. Sindicalistas piqueteros, empresarios y financieros golfos de prebenda, influencias  y subvención; sinvergüenzas probados. Altísimos funcionarios de pesebre, ilustrísima y prevaricación; cánceres sin escrúpulos ‘metastásicos’; o simples getas que andan por la vida sin dar golpe viviendo de quien trabaja y paga impuestos; listillos que si hubiera justicia social auténtica serían pasto de escarnio público.

Personalmente firmaría cualquier deseo secesionista de quien quisiera, sin problemas; pienso que España no los necesita. Pero si fuera gobernante tendría que defender a la mitad de ciudadanos que no quiere tal cosa; españoles que han contribuido allí, y desde aquí, al desarrollo de esas sociedades trabajando, consumiendo y con sus impuestos.

Y les crujiría con ganas a los golfos de toda condición – cuanto más altos más fuerte-  y a los que impidieran el ejercicio de su libertad a los demás: pasear, trabajar, circular, descansar, a disfrutar de lo suyo, etc.  A los políticos partidistas los pondría a currar de verdad para todos y a pan y agua un tiempo ¡Por inútiles peligrosos!

Mano dura

Así que, aunque alguien me llame franquista por ignorancia de aquello, o peor; desde mi más absoluto liberalismo ejerciente, exijo, porque contribuyo con muchísimos más, que mucha mano dura con los que atenten contra la libertad, la honestidad, la paz, la propiedad, el futuro, la unidad, la justicia, la  concordia, la igualdad y el bienestar de los españoles; ciudadanos que mantienen el tinglado nacional con el rendimiento de cinco de sus doce meses de trabajo al año.Y cuanto más grande sea el mono, más leña, que hay más goma.

La libertad se legitima cuando se defiende.

Y para eso no hace falta un dictador, contra lo que piensan algunos. Basta con  demócratas convencidos, estadistas,serios, inteligentes y ‘con un par’; como tantos ha habido en la historia reciente del mundo. ¿Necesitan ejemplos?

Cuanta más libertad, más mano dura en aplicación de las leyes – cuantas menos y más claras mejor- y de la responsabilidad que cabe exigirse.

Y no nos rasguemos ninguna vestidura por ello; que esa es otra hipocresía nacional.
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