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miércoles, 28 de agosto de 2013

EL MONO GIBRALTAREÑO Y LO DE SIEMPRE

Recuerdo cuando se criticaba del Régimen de Franco que sacara el tema de Gibraltar a pasear para taparse de algunos toros ‘pertinaces’ por encastados y astifinos para lo políticamente correcto entonces.

PEÑON DE GIBRALTAR


La actualidad de Pérez Galdós

Poco ha cambiado en el tiempo. Y sólo hay que leer para comprobarlo un artículo de prensa que me envió una buena amiga y que circula por las redes escrito en 1.912 por el inigualado observador social y gran maestro de la escritura, D. Benito Pérez Galdós. En él dibuja una panorámica de España y de los dos partidos que entonces se turnaban en el poder, los conservadores  y los liberales que inspiraran y lideraran en sus inicios respectivamente Cánovas y  Sagasta,  protagonistas de la célebre y mejorable Restauración borbónica reiniciada con Alfonso XII tras la Primera República y el fiasco anterior de Amadeo de Saboya, en el último tercio del siglo XIX.

Si se lee con detalle el mencionado artículo, se podrían intercambiar nombres, siglas y problemas de fondo con los actuales, aparte de las particularidades diferentes de cada época, claro.  Conservadurismo extremo de los políticos de todo signo para preservar sus canonjías, desinterés por los problemas reales que acucian a la ciudadanía, relevos sistemáticos de los mandamases, prebendas para los cesantes y ruina moral y económica generalizada de los españoles.   

Mucho ha llovido desde entonces, sí, pero en lo tocante a nuestros gobernantes parece que apenas hubiera sido un chaparrón veraniego. Como el asunto actual de Gibraltar.

El truco británico

Y entrando en él, no puedo menos que aplaudir la claridad de los ingleses cuando proclaman que siguiendo un acuerdo de su Parlamento soberano defenderán siempre lo que quieran hacer los gibraltareños en su conjunto, como súbditos que son de su Corona. Es decir que, salvo que se pronunciaran democráticamente los llamados llanitos por incorporarse a España, seguirán siendo ingleses de por vida.

Pero tan loable distinción de dignidad nacional esconde truco, claro, como casi todo lo que concierne a la política exterior secular que han seguido los británicos desde que alcanzaron la categoría de Imperio sustituyendo hace ya varias centurias al español de los Austrias y primeros Borbones.

Sin entrar en otros grandes episodios históricos: la India, Canadá, EEUU, Sudáfrica, Oriente Medio, etc., de donde salieron de diferentes maneras, nunca por las buenas, pero casi siempre con beneficiosos acuerdos comerciales que han sabido mantener en gran medida con un Mercado Común ex británico singularísimo: la Commonwealth; nos encontramos con la última salida colonial que  protagonizaron en Hong Kong. Y aquí, a pesar de sus dignas proclamas parlamentarias, no hubo nunca un referéndum por el cual sus habitantes decidieran unirse a China en menoscabo de la soberanía británica. Fue, como suele suceder en estos casos, la presión del coloso militar y económico asiático lo que hizo a los ingleses arriar su bandera. El miedo, en el fondo, y la salvaguarda de ciertos intereses económicos futuros suelen hacer buenos maridajes dentro de la cobardía de uso común en las relaciones diplomáticas. Pero en nuestro caso, desgraciadamente, España no es China, ni lo podrá ser ya nunca. Y en esa diferencia radican la tan cacareada soberanía y la dignidad británicas.

Nuestra vergüenza saharaui

Otra cosa es que a muchos españoles nos hubiera gustado que España se hubiera portado igual de bien en su momento con  el pueblo saharaui, que tenía hasta representantes oficiales en las Cortes del Régimen como ciudadanos españoles que eran de pleno derecho. Nos fuimos del Sáhara por la puerta de atrás y con el rabo entre las piernas, empujados por una muchedumbre marroquí bien pastoreada y jaleada por el ínclito Hassan II. La heroica para ellos y vergonzante para nosotros Marcha Verde.

El astuto y taimado rey alauita se aprovechó de la situación agónica del general Franco para sacar pecho perpetrando una supuesta invasión pacífica del protectorado español. Otro gallo le hubiera cantado, sin ninguna duda ni entusiasmos de ningún tipo, si el entonces Caudillo de España hubiera gozado de buena salud y de los agarres internacionales que en su tiempo tuvo. Pero ya se sabe, cuando un país se muestra débil todo son parásitos insalubres. Y los otrora aliados, si además tienen algo que pillar en la nueva situación, se ponen del lado del que puede tener  posibles, como también es moneda corriente en las relaciones diplomáticas internacionales.

En todo caso, por dignidad nacional, repito, muchos españoles sentimos vergüenza de tal cobardía histórica. Y es más, nos fuimos diciendo que en el futuro defenderíamos el acordado  referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, cosa que ni ha sucedido ni sucederá nunca libremente. Y es que la debilidad es mala cosa para defender hasta las situaciones más dignas.

Así que ahora, como antes y como siempre pasará, dejémonos de reclamaciones territoriales gibraltareñas no sea que ‘el primo moro de turno’ de nuestro Rey, con inquietantes méritos  para tan incierto parentesco, tenga la ocurrencia de montar otra marcha del color que sea hacia Ceuta y Melilla.

Primos de otro tiempo

Cuando Aznar exhibía músculo internacional y era también ‘primo’ de Busch,  España jugaba en el equipo ‘estrellibarrado’ con relativa fuerza y ocurrió el asuntito de Perejil;  el desenlace nos fue propicio. Pero ahora, con la mediocridad galopante que nos asola se mire por donde se mire, un asunto así, por nimio que pareciera, tendría quizás un resultado diferente.

 Un buen bozal y el missing Trillo

Así que, aun aplaudiendo la gallardía del ministro Margallo, tengamos cuidado con algunos monos domésticos. Sin menoscabo, eso sí, de poner las cosas en su sitio a los simios y similares que se aprovechan de la situación gibraltareña para reírse de los españoles y hacer su agosto con todo tipo de negocios ilícitos.

Y hay muchos modos de ponerles bozal a los monos para que no muerdan. ¡Oído, Picardo!               


Por cierto, ¿dónde estará el oportunista ‘sirvoparatodo’ y ‘sobretodopalomio’ Trillo a todo esto? ¿Estará nuestro  embajador en los mismos michirones  de cuando los diarios económicos ingleses nos arrean interesadamente? Conteste, please.  

domingo, 10 de febrero de 2013

FELIPE VI “EL REGENERADOR”


¡Que hermoso calificativo para ganárselo el heredero pasado un tiempo!

FELIPE VI   “EL REGENERADOR”

Como pensamos muchos, es el momento de aportar ideas tras pasarnos tantos meses criticando todo lo criticable del lamentable estado político y económico que padecemos. Y algunos le hemos hecho añadiendo que en el fondo lo que subyace es una crisis de valores tan tristísima como galopante.

 Pues bien, ahí va una reflexión a futuro sobre lo que podría ser un camino para andar en pos de una salida digna y necesaria para nuestra España.

Abdicación

Al Rey Juan Carlos, que en el pasado se ganó a pulso el aprecio y el reconocimiento general de la sociedad española cuando pilotó la Transición, y mucho más después cuando desactivó desde su mando supremo del ejército la intentona del 23 de febrero de 1.981, con todas las sombras que puedan existir;  habría que recordarle aquello tan redicho sobre la mujer del Cesar: no sólo hay que ser honesta sino parecerlo. Y él, mucho más desde su papel de Jefe del Estado. Sin entrar en detalles, por de sobra conocidos, es evidente que su tiempo ha pasado. Y eso es incuestionablemente así  porque sea como sea en realidad las apariencias le retratan. Y no sólo dentro de España, sino a nivel internacional. Alguien debería hacerle reflexionar, si es que él no está por la labor, como parece,  sobre el lastre que supone dentro y fuera de España para la regeneración que nuestra sociedad necesita.

Debería entender que las instituciones que forman el estado español han caído en tal desprestigio a todos los niveles que sólo una medida de profilaxis radical desde dentro del sistema podría evitar la ruina total moral y económica de los españoles y, además, evitaría otras radicalidades más inquietantes; que algunas tristísimas experiencias tenemos ya en España a las que no ha sido ajena su familia. Desde aquel infame Fernando VII, cuyo capricho dinástico ocasionó tres guerras civiles en el XIX, hasta su abuelo Alfonso XIII, que hubo de salir por piernas y por barco desde Cartagena por la mala gestión en el último decenio de su reinado, y al que siguió una anárquica república que propició la tremenda guerra civil que aún resuena en nuestros oídos. Precisamente en su historia familiar tiene los precedentes que más deberían hacerle pensar.  Buenos y malos, porque los  regulares no caben sino en estos últimos; son el principio de ellos. Y ahí está él.

Sin entrar, por puro practicismo, en monarquía o república, que no está el tiempo para bollos, es el momento del heredero. Cada cual puede pensar como quiera, y es evidente que nada garantiza la bondad suprema. Ni un rey ni un presidente de república son garantía de nada por sí mismos. En la historia del mundo tenemos casos para todos los gustos. Y en la de España también. Tampoco un régimen monárquico u otro republicano nos puede asegurar ahora mismo nada. Siendo prácticos, el remedio está en la reforma de lo que ya conocemos. Sabemos sus virtudes y sus defectos. Y si esto fuera una actividad privada no me cabe ninguna duda de que el cambio se haría así. Juzguen ustedes mismos imaginándose ante una encrucijada así en sus asuntos propios.

Constituyentes reformadoras y una segunda transición

Y del Rey abajo, ninguno de los que ahora están en todas las instituciones que forman del estado español. Se trataría de una segunda Transición con todas sus consecuencias. Cambio en la Jefatura del Estado, reforma de la Constitución del 78, revisión de las principales leyes que han demostrado suficientemente su ineficacia, sobre todo las referentes al juego político, sindical, empresarial, representativo y las que regulan las actividades económicas en sentido amplio; y, esto fundamental, cambio de cromos en nuestros políticos. Todos los que han estado en los últimos decenios deberían dedicarse a otra cosa, con alguna notabilísima excepción – aquellos que pudieran mirar al pasado y al presente sin temor- , y dar paso a la generación siguiente.

Gobierno técnico

Y mientras todo eso pasara un gobierno técnico tipo Italia con gente capacitada para sacarnos del tremendo atolladero en el que nos encontramos. Porque ni los que ahora nos gobiernan  ni los que actualmente aspiran a hacerlo gozan de ninguna confianza entre los españoles; al menos de la confianza necesaria para conducirnos ilusionados hacia ninguna parte. Hemos llegado a tal estado de cosas, y para saberlo sólo hay que salir a la calle y escuchar, que no nos creemos ya a nadie.

No se trata de culpar a nadie, que entre todas la mataron – a España – y ella sola se murió, sino de que tengan la altura de miras y la generosidad suficiente para hacer un acto de contrición y propicien entre todos, sobre todo los dos grandes partidos y los de mayor representación, un pacto por la regeneración seria y democrática de España y se sacrifiquen por todos nosotros, si es que alguna vez tuvieron tal idea cuando decidieron dedicarse al servicio de los españoles optando por la dedicación política.

Imaginación al poder

Todo lo demás serán chuflas y chapuzas del tipo del conocido ‘mantente mientras cobro’. Es lo que está pidiendo mayoritariamente la calle. Salgan y escuchen. Ahora, más que nunca, es necesario aquello de imaginación al poder.

Ojalá, dentro de un tiempo, pudiéramos hablar de Felipe VI  ‘ el Regenerador’ . Sería señal de que hemos salvado el tipo, la buena historia, la cartera y la vida. Otros caminos serían más ineficaces, ineficientes y, en extremo, hasta tenebrosos. Salud y que lo veamos hecho un buen Rey de España.  Este inmenso país, en todos los sentidos y en el que cabemos todos, se lo merece.   

lunes, 1 de octubre de 2012

HACIA EL FUTURO CON ESTADISTAS


En España atravesamos uno de los periodos políticos más mediocres de nuestra historia moderna. Sin querer hacer un análisis rigurosamente histórico, podríamos decir que nuestros males arrancan en los inicios del siglo XIX con el “Deseado” Fernando VII, y terminan con el “Iluminado” Zapatero y el “soso” Rajoy. Afortunadamente hemos tenido en medio algunas luces dentro de muchas sombras.

Dos ejemplares para los leones

Si aquél pasó a la historia por aniquilar el naciente, y novedosísimo para la época, liberalismo de la Constitución de 1.812, “La Pepa”, ocasionando además con su nefando y largo reinado tres guerras civiles; el calamitoso Zapatero dinamitó los consensos básicos de la ejemplar Transición española tras los cuarenta años del Régimen del general Franco, que permitió la transformación política pacífica de una sistema dictatorial de partido único – aunque al final sólo quedara la raspa- , y que, con todas las grietas que con el paso de los años se le han observado a aquel gran pacto por la convivencia, supuso en su momento una innovación a nivel mundial, analizándose en los foros internacionales más influyentes,  que nos permitió a los españoles de cualquier signo o ideología incorporarnos de pleno derecho al mundo desarrollado.

El fedatario del deceso 

Pero el heredero del liquidador del consenso, el tan ambiguo como decepcionante Rajoy, va camino de certificar el deceso de España si ni Dios ni los españoles lo remediamos, o él mismo, en un arranque de sinceridad íntima, hace mutis por el foro reconociendo su incapacidad para timonear un temporal de la envergadura del que nos azota; reconocida ya casi a todos los niveles nacionales e internacionales. Sólo hay que ver para convencernos de ello cómo empeora la situación de nuestros índices económicos y sociales semana tras semana, o leer los recurrentes editoriales de los medios de comunicación más relevantes de los países que nos deben preocupar, y hasta los cachondeos vergonzosos de los que menos, con la pérdida de respeto que todo ello supone  para nuestra vetusta nación.

Pero me temo que la alternativa más probable será la de continuar el propio Rajoy pasteleando en Moncloa, enganchado en su ya muy lejana   mayoría absoluta, aunque sea al dictado de los mandamases de Bruselas y Berlín vía un obligado rescate más o menos explícito;  y atrincherado en la nomenclatura de su partido en Génova y en las baronías regionales. Porque ahí está el meollo de la cuestión.

Un antecedente histórico

Un hombre gris de partido como Rajoy nunca será un estadista porque es física y metafísicamente imposible. Siempre mirará antes por el prisma de los intereses del partido representados en todos los que viven de él, directa o indirectamente, y los antepondrá a los de los ciudadanos. De ahí que cambie y machaque todo cuanto sea menester para no tocar a sus conmilitones y adláteres varios. Pero  no sólo eso, sino como entre colegas se entienden, tampoco hará nada de lo que debe porque sus rivales políticos en los diferentes partidos están de acuerdo en lo de mantener todos los pesebres de la denominada casta política con el fin de perpetuarse. Así pasó, por ejemplo, en la larga y entonces esperanzadora Restauración monárquica que siguió a la caída de la I  República, en el último cuarto del XIX, con los partidos conservador y liberal de Cánovas y Sagasta. Fueron relevándose sin atajar la gangrena purulenta de la sociedad española hasta que el ‘semigolpe’ de estado - por la anuencia del abuelo de Juan Carlos I-  del general Primo de Rivera puso fin momentáneamente a lo que fue derivando, como ahora, en una mentira colectiva. Para ser objetivos hay que recordar, sin embargo, que aquellos gobiernos tuvieron que lidiar con guerras carlistas, el desastre del 98, los cambios a todos los niveles que supuso la enaltación del anarquismo español y la eclosión del socialismo mundial, con  la revolución y dictadura  comunista bolchevique rusa y la primera gran guerra mundial como telones de fondo. Además de la gran crisis económica del 29 que arruinó al mundo desarrollado.

Éstos de ahora lo tienen mucho más sencillo. Les bastaría con tener sentido de estado, porque sólo tenemos las consecuencias de una gran crisis económica mundial, parecida en su importancia a aquélla,  sumada a los males endémicos sociales y económicos y otros más recientes que han anidado intoxicando a España.

Enanos mentales ‘versus’ estadistas

Necesitamos no sólo un hombre de estado para que nos gobierne – un Príncipe político decíamos hace unos meses en otro artículo- sino toda una pléyade de estadistas en el gobierno y en la oposición que sean capaces de reinventar España para ganar el futuro, imaginándolo. Los hombres de partido son escasamente capaces de administrar un país hasta que lo arruinan, comiéndose la herencia que otros les dejaron- como en las familias o empresas- y sólo los verdaderos estadistas son capaces de dirigir una sociedad adivinando su mejor futuro, y de echarle el coraje y la tenacidad suficientes para dirigirla con pulso firme hacia su plenitud.

Imaginando futuro

La primera cualidad de un estadista debe ser la de hablar claro a los ciudadanos mirándoles a los ojos y enfrentándose sin tapujos con la realidad.  La segunda ilusionándoles con un camino común y una meta satisfactoria para la gran mayoría. Y encabezar, ésa sí, una esperanzadora manifestación nacional hasta la victoria, o vaciarse al menos en el intento.

Y, el primer paso para ello debía ser que los partidos perdieran el poder total que tienen sobre vidas y haciendas. Pensemos que en los países de democracias más maduras casi nadie conoce a sus líderes. Se les exige y se piden cuentas a quienes gobiernan, que no coinciden con los anteriores. Los partidos no intermedian entre ellos y el pueblo, y por eso son más libres para hacer lo que deben.   

Y, ¡ojo!, hablamos de estadistas democráticos, no de dictadores. Hay algunos ejemplos notables en la historia política mundial de los últimos setenta años.      
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